Patricia Romero | El manuscrito de fuego
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El manuscrito de fuego

El manuscrito de fuego

El manuscrito de fuego

La rehabilitación del edificio ha silenciado incluso las voces de los fantasmas. Y es que el aire de la sierra donde se asienta el antiguo sanatorio militar, se ha convertido en un bien inestimable desde que una cúpula tóxica cubre el cielo de la ciudad. Los que no pue-den pagar un purificador peregrinan allí donde el aire es compatible con la vida. Hay casu-chas bordeando la sierra, un asentamiento espectral al amparo del hospital, más vivo que cuando fue relegado al abandono.

«El guerrero no cesa de presentar batalla; pero se aparta a veces del muro de escudos y permite que otros ocupen su lugar».

Acaba mi turno en urgencias tras horas decidiendo qué tratamiento administrar a cada paciente en función de su probabilidad de sobrevivir. Echado en el sofá de casa, trato de conciliar el sueño. Ella está por llegar y siento su ausencia más que en ningún otro momen-to del día.

«Los guerreros apoyan sus escudos superpuestos para formar una sólida pared de ma-dera y hierro. La protección es potente ya que cada soldado se beneficia de la protección del escudo de su compañero y del suyo propio».

Al despertar siento una especie de presagio físico. No es muy científico, pero describe a la perfección la náusea que siento, después de una siesta insatisfactoria, atascada en la garganta y haciéndose un nudo que me ahoga. Ha anochecido y ella debe estar a punto de llegar. Arrastro los pies por la casa encendiendo luces, como si las ventanas iluminadas le sirviesen de faro. Tengo miedo de que la persona que regrese sobre la bici de mi mujer sea una impostora; miedo de haber perdido la capacidad de reconocerla. Las luces me hacen creer que estamos a salvo.
Desde la casa se intuye la actividad del hospital vibrando con ritmo frenético y mientras observo, ella llega y descabalga despacio de su bici. Tiene unas piernas eternas que ha-blan de la fortaleza de su ser. Mi imaginación se inflama solo con que ella baje de su vieja Kronan. Me sacude la mansedumbre con la que me protejo de la muerte y de las decisio-nes salomónicas del triaje en el pabellón de urgencias. Me devuelve la condición humana con la que salí al amanecer como médico —no como héroe—.

«El guerrero se abraza a aquellos con los que comparte batalla, bebe de la misma bote-lla, come del mismo plato y alimenta su espíritu sabiendo que no está solo».

Cenamos y bebemos algo de vino. Ella alza su copa y busca la mía. Yo parezco un signo de exclamación materializando mi desamparo ante los acontecimientos. Mis brazos caen pegados al cuerpo magros y sin gracia. Cada jornada, supone tragar píldoras que se me adhieren a la garganta y que solo se disuelven al final del turno. No es por tratar de paliar a destajo el sufrimiento de los pacientes, sino por tener que enfrentarme a una admi-nistración sin capacidad de resiliencia o liderazgo.
Hace tres meses que me sancionaron por robo. En realidad, contravine la norma de inte-rrupción forzosa de embarazo en caso de evidencia de exposición tóxica. Nunca lo supie-ron. Los embriones han de ser eliminados antes de nacer si existe la mínima sospecha de que el feto pueda desarrollar la Malformación. Así se controla además el crecimiento de una población condenada a no poder respirar. Ser de una clase desfavorecida como el caso de mi paciente empeoraba las cosas.
Quería llamarla Inma —me dijo la madre llorando—. La rabia me hizo obviar las restric-ciones para ayudarlas. Le practiqué una amniocentesis básica para determinar si el feto había desarrollado la enfermedad. Era una niña, estaba sana y tenía que sacarla adelan-te.
Aquella noche, llegué a casa tarde y alterado. Mi mujer que conocía bien los orígenes del sanatorio me ayudó a buscar una solución. Existían, en el edificio principal, habitacio-nes de aislamiento para los veteranos, achacados de tuberculosis, que debían permanecer aislados.
Encontré el ala de aislamiento y dejé a la mujer en una de las habitaciones con la pro-mesa de suministrarle alimentos y agua; le presté un viejo ejemplar de El manuscrito de fuego que siempre tenía en mi taquilla y un móvil de prepago. El día del parto llegó pronto y con un simple mensaje: “Inma”. Volé hasta el cuarto recogiendo a mi paso cuanto era capaz de recordar que necesitaría para atender un parto. Solo era un médico atribulado por los pasillos. Estaba agachada, salvando el volumen de su vientre entre las rodillas mientras apoyaba la cabeza entre las manos y el pelo le caía húmedo hasta el suelo. Es-taba tan dilatada que la coronilla morena de Inma sobresalía de ella como un sol naciente. A dos indicaciones mías, Inma salió a la luz del mundo. Estaban sanas, pero no salvas.

«El guerrero renegará de los traidores que huyen presas del miedo y de los que están dispuestos a apuñalar por la espalda al amigo».

Un funcionario de cabeza ridículamente pequeña detectó que yo había cogido material que no había utilizado, ni reintegrado al depósito. Con el talante del necio que espera re-compensa, me denunció. Pero poco pudieron hacer más allá que castigarme por robar un poco material para suturas. Nadie reparó en la mujer que abandonaba el hospital, aferrada a una bolsa de basura. Inma llegó a su hogar, envuelta en ropa sucia de hospital. Puede que la sombra de un viejo soldado caído las escoltara.
Al llegar a casa aquella noche, lloré sobre sus largas piernas. Quizá debo respirar pro-fundamente porque el mayor problema no es la escasez de aire. El manuscrito del fuego dice que, si un guerrero puede acabar con diez enemigos y dar muestra de ello, entonces diez de sus hombres podrán con cien y cien de estos, con mil. Ella es mi soldado número uno.

«El guerrero ama hasta el último aliento. Y siempre vuelve a lo que ama, regresa al ho-gar y el corazón de ese hogar habita en el interior de su esposa».

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