Patricia Romero | Amarillo Nápoles
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Amarillo Nápoles

Amarillo Nápoles

Queridas lectoras,

 “Porque creo que los lectores leen mis libros mejor de lo que yo los escribí” es una frase de la autora de El verano que mi madre tuvo los ojos verdes por la que voy a colarme para transformar la “fealdad” de su relato en una visión lírica del perdón, la maternidad y el amor. La historia de Aleksi y su madre es un ejercicio naturalista. Describir así la culpa, el miedo y la muerte, tan desnudos y descarnados, ofrece un espectáculo feo aunque enseguida se intuya una grieta muy sutil que permite evadir lo real y dar con un mensaje más benévolo porque, —¡qué demonios!— nunca hay una certeza absoluta en lo que los escritores escriben. Cosa distinta es aquello que, si son talentosos en su oficio, invocan en el pensamiento y el corazón de quienes leen. No hay verdad más pura que la que se despierta en el espíritu de un lector que ha caído en las páginas de un libro bien escrito. Y este, señoras mías, es uno de esos casos.

He aquí mi verdad sobre El verano que mi madre tuvo los ojos verdes. 

Amarillo. Más amarillo. Muy amarillo. Amargo. Cálido y primario. Amarillo como el sol, como el oro o un campo de trigo agostado. El color incondicional de la luz que, aun siendo símbolo de optimismo, claridad y energía, también proyecta sombras y evoca traiciones. Es un color de paradojas, alegre y desconfiado, sagrado y estigmatizado. Todo a la vez. El amarillo será siempre el color de la alegría de los inocentes. Y siempre el color de los incomprendidos. 

Queridas amigas, hoy me siento cubierta por una fina capa de óleo amarillo Nápoles.

He imaginado a Aleksi recluido voluntariamente en un sanatorio, primero porque podía permitírselo y segundo porque necesitaba relacionarse con otros que no lo juzgaran para esquivar así la perniciosa soledad que se estaba cebando con él los últimos años. Decía que quería dedicar el tiempo que le quedara a pintar la memoria de su madre. Llenaba lienzos de amarillo y otros colores, casi siempre primarios, salvo el rojo. Nunca empleó el rojo. Creo que ha tenido demasiado atascado el color de la sangre. Creo que es un sentimiento que ni siquiera le pertenece del todo a él. Que le viene de lejos. 

Mi mente, mucho más inflexible que la suya, me hacía juzgarlo y lo que es peor, me llevaba a compadecerlo al intuir que su fin se acercaba; entonces percibí el tono anaranjado del sol de poniente de su vida pegado a mi piel, haciéndome brillar como a El Dorado. Como una colonizadora, yo aspiraba a la riqueza mental de Aleksi sin importarme la memoria o la locura; pero alguien me dijo alguna vez que, ante el comportamiento de un genio, no cabe la esperanza ni el juicio sino sólo la observación modesta de sus actos, sin intentar ahormarlos con estrechez de miras y mediocridad. 

—¿Por qué pintas, Aleksi? —le pregunté.

Me sirvió la mitad del contenido de una de sus grandes botellas de cerveza eslava en una de las tazas de porcelana ucraniana de su bisabuela. 

—Mi bisabuela, —me contó— se llevó una de estas piezas —dijo observándola entre sus dedos como si se tratara de un tesoro sacro— a Siberia, cuando fue deportada con sus padres a uno de los gulag que compusieron aquel macabro archipiélago histórico. Se la escondió bajo la roseta del generoso moño trenzado, bajo los pliegues del vientre, de los senos y, cuando le raparon el cabello y la despojaron de sus ropas, se las ingenió para esconderla en el jergón de paja que le hacía las veces de cama. Que aquella taza de porcelana blanca y flores de girasol sobreviviera al campo de trabajo ruso fue tan milagroso como que lo hiciera ella. 

Cada vez, al brindar con ella por un nuevo año y una buena muerte, mi bisabuela rememoraba cómo fue, una por una, deshecha en llanto, estrellando contra el suelo las piezas de porcelana de la vajilla de su ajuar minutos antes de ser privados de su libertad y de su dignidad; todo con tal de que los perros del Régimen no expoliaran su pasado. Superó como pudo el dolor lacerante de la impotencia y ocultó lo poco que pudo salvar. Mi abuela y mi madre se complacían en imaginar cómo, el hecho de estar bien entrada en carnes, había sido de alguna utilidad para mi bisabuela. 

Así comenzó nuestra herida familiar—el gesto de pesar dobló la espalda de Aleksi, acobardada hacia delante. El rencor y el odio a la madre patria que nos abandonaba y para la que no hallaríamos perdón posible se apoderó de todos nosotros haciéndonos vivir en una insidiosa sensación de desamparo. Este tipo de heridas se infectan, canalizan los humores bajo la piel, aparentemente sana y perduran durante generaciones —la voz de Aleksi en este punto de la historia se tornó sombría. —Tal vez pinte por ella, por el volumen que deja en mí su ausencia, ausencia que se une a la de mi hermana, a la de Moira, a la de mi madre que inmortalizó mi rabia, tornándose bella en el último verano que compartí con ella.

—Pinto porque el amarillo rabioso se me sale de los ojos. Es el color de la luz que envolvió a mi madre todo aquel largo verano. Desde que me enteré de que estaba enferma, que iba a dejarme solo sin ejercer de madre, tomé conciencia de mi propio miedo. Yo solo era un niño, uno “enfermo” y poco común que superaba a su madre en casi todo. Tardaron mucho en definir mi mal y acotarlo en términos clínicos. La pintura me salvó hasta de los calificativos con los que, durante mi niñez y juventud, me desdeñaron los que tuvieron que cuidarme. Dejé de ser un loco enfermo para ser un genio, un talento, un artista cotizado —su rostro se iluminaba con cierto grado de orgullo, casi diría que vanidad. —Pinto impelido por la misma rabia que me hacía despreciar el cuerpo de mi madre; dolía su mediocridad que la afeaba ante mis ojos febriles; la odié por no saber retener a ningún hombre a su lado, quizá, de haber tenido cerca a un hombre, mi mente infantil no se hubiera fragmentado como la luz que traspasa un prisma de refracción. Pero, ¿¡qué demonios voy a conjeturar yo si mi mente no opera con normalidad!?

Tras esta reflexión estuve a punto de perderlo, inmerso en su océano de óleos cálidos. Tenía que recuperarlo. Para seguir hurgando en él, en su herida. Lo arrastré de nuevo a la luz que persiguen los amarillos de sus lienzos, expuestos ante mí, sobre la blanca tersura de la habitación que ocupa en el sanatorio. 

Aleksi, ¿qué fue lo que cambió al enterarte de que tu madre estaba gravemente enferma?

—Aquel día en que madre se sinceró conmigo fue como si en realidad frotara una lámpara mágica. La enfermedad le soltó el pelo, retiró el velo que empañaba sus ojos, se llevó todo ápice de la grasa que tantos años de vulgaridad con cerveza cernían sus miembros como una boa constrictor; brotó de ella una mujer espléndida, finita, frágil e inalcanzable. Entonces, supongo que se convirtió en mi musa. Mi éxito. No puedo tenerle rencor a mi musa, ¿no?

Y aquella pregunta que no esperaba respuesta me selló la boca; por primera vez en mi historia como cronista, se me habían quitado las ganas de seguir indagando para tener una historia que contar.

Los ojos de Aleksi refulgían y su historia, que no está expresa en ninguna de sus obras, latía, protegida, bajo su piel.                                                                

La bisabuela de Aleksi rezaba cada noche en voz baja aunque en la antigua URSS rezar no estuviera permitido. “Aquel paraíso comunista era un país sin Dios—me explicó—, pero la vieja rezaba. Y siempre rogaba por lo mismo: alcanzar una buena muerte.” Resultaba extraño para el Aleksi etiquetado de enfermo, más aún siendo un niño, pero el genio consagrado lo entendió a la perfección. Aquella mujer emparentada con él a través de la madre, había enterrado hijos, había visto morir a amigos, había sufrido el exilio. No temía a la muerte, temía convertirse en una carga para los suyos. Su oración no era por morir, sino por morir bien. A su abuela, a su madre y ahora a él, hijo y padre de su obra, les pasaba un poco lo mismo. No les importaba morir. Sólo querían hacerlo en paz.

Puede que Aleksi se obsesionara entonces por buscar belleza dentro de lo inevitable. Y así se escribiera una historia en la que la muerte une a una madre y a un hijo que no supieron conciliar sus versiones del amor a tiempo. Tuvieron poco tiempo para quererse pero, como sucede con los amores verdaderos, precisamente en lo efímero, son capaces de dignificar la existencia de quienes lo han sentido. Redención. Paz.

Que bajo la crueldad pueda brillar un ápice de poesía y que, entre el odio y el amor o al menos la ternura, exista una leve membrana ciega, es algo que Tatiana Țîbuleac sabe manejar con destreza narrativa. 

La principal obsesión de Aleksy, que habita un infierno, es el rencor extremo hacia su madre, a la que ve como un verdadero engendro moral y físico. 

Ella sola ha escogido, como sus ancestros, una vida de desarraigo en el exilio, con apenas familia y sin amigos. La enfermedad mental del hijo lastra las escasas posibilidades de ser felices hasta que la inminente muerte de ella, toma partido y lo hace, contra todo pronóstico con belleza y amor; el que no se supieron profesar mutuamente todos los años previos. Tuvieron que ser capaces de condensar su existencia en un último verano juntos y ser, al fin, una familia de verdad.

Que el relato se narre en pasado me hace pensar en una historia recreada, puede que inventada por el propio genio heroico de Aleksi. Los personajes mienten, los genios psicóticos lo hacen con maestría, sobre todo si son víctimas del rencor. Es Aleksy quien nos cuenta su biografía, cuando las cosas ya han cambiado espectacularmente para él, al menos en lo material; con su madre, su abuela, y todas las mujeres de su vida —ningún hombre— muertas.

La energía del odio y el amor es la misma.

Se puede amar desde la luz, o desde la ausencia de esta, porque la sombra no existe como tal. Para entenderlo, solo hace falta hacerse con uno de esos prismas de refracción de la luz; hacerlo brillar en siete colores distintos para entender la naturaleza de la luz, del amor e incluso del odio.

—Yo siempre te he querido, Aleksy. De la única forma que sé hacerlo pero te he querido, siempre. —le había dicho la madre más de una vez mirando el sol ponerse en la campiña francesa donde quiso decirle adiós a la tierra.

—¿Y qué forma fue esa de querer, madre? ¿Relegar mi precaria educación a una institución psiquiátrica, reduciendo aún más mi insignificante existencia? —le pregunta ahora buscándola en el cielo porque nunca fue capaz de hacerlo en vida, en los últimos días de su estrecha vida. 

—Desde que naciste Aleksy, tú me quisiste con odio. (Ella le responde a través de las voces que aún puede escuchar en su cabeza. Aleksi ha domado a sus demonios con los pinceles pero ahí están, cobrando cuerpo, materializándose en función de las preguntas que se hace). —Yo te di de mamar hasta la aniquilación; los pechos me sangraban de la rabia con la que me mordías; todo el mundo me aconsejaba que lo dejara, que el daño sería irreparable pero yo desatendí aquellos consejos, desoí el dolor de mi propio cuerpo y te di de mamar para asegurarme de que comías. Era mi forma de quererte, Aleksi. Enseguida supe que todo mi amor y todo mi sustento, que toda mi sangre derramada no sería suficiente, no para ti. 

En toda escritura hay un acto de arrepentimiento, de disculpa, de perdón y también de miedo. 

“Escribí ese libro para mi hijo y también para mi padre”, le contó TT a un colega. “Porque el concepto de maternidad me golpeó. Pensé que no sería capaz de sacarlo adelante, que no sería una buena madre. Y también lo escribí para pedir perdón a mi padre, para decirle cosas que no supe decirle en vida”.

Busquen entre los demonios que las vuelven locas, queridas lectoras; tal vez, entre las luces y las sombras de los juegos chinescos que se proyecten, descubran un genio dormido esperando a su verano para despertar. Maten al padre, a la madre o a quien les haga vivir con el miedo que no les pertenece y que les impide pintar su amanecer de brillante amarillo Nápoles.

Siempre vuestra,

Lady Cherrytree

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