El síndrome de Hybris
Mary se ha quedado dormida, rendida ante la disputa de Lord Byron y Percy, su marido. Quién podría culparla. Yo también quise evitar el duelo de egos entre tan ilustres pensadores y huí del salón mucho antes. Discutían sobre diversas doctrinas filosóficas, entre otras, la naturaleza del principio vital y la posibilidad de que, descubierto tal principio, pudiera transferirse artificialmente a la materia inerte. Sin embargo, pese al hastío que le provocó a Mary la elucubración de los caballeros, aquellos devaneos depositaron en ella, en su genio literario, una semilla.
Yo, mucho más mundana, me evadí por completo de tan elevadas especulaciones; lo hice prendida del brazo del refrescante aunque tímido doctor Polidori que, sufriendo los constantes desplantes por parte de Byron, no pudo elevar la voz siquiera una vez en toda la velada, para decir que había terminado con cierto éxito y satisfacción personal su “Moderno Edipo”. ¡Pobre!, de sobra sabía él que, oculto entre las sombras, el Moderno Prometeo de Shelley habría de llevarse todos los aplausos. Los que de verdad cuentan: los del público.
A Mary, en su duermevela, se le cayó al suelo el ejemplar de Paraíso Perdido de John Milton que leía, y mucho me temo que en su frugal sueño, se apoderaron de ella las implacables sombras del juicio con el que Dios condena a Adán y Eva por transgredir las normas… Inmerso en una angustiosa y muy desesperada pena, Adán lleva a cabo uno de los más desgarradores lamentos de la historia de la Literatura:
«¿Te pedí,
por ventura, Creador, que transformaras
en hombre este barro del que vengo?
¿Te imploré alguna vez que me sacaras
de la oscuridad y me pusieras
en este maravilloso jardín?».
Y estas son las palabras precisas y prestadas con las que Mary encabezará la publicación de su Frankenstein o el Moderno Prometeo, en marzo de 1818. Una de las obras más importantes de la literatura inglesa del Romanticismo; aunque eso, ella, lo ignorase todavía.
Queridas lectoras, tengo la sensación de que, a cada página que leo, una criatura se va formando en el seno del libro, a miembro por página y que soy yo, lectora y cronista, el resultado de esa gestación. Página a página, parte a parte, me voy construyendo desde las entrañas de papel y tinta para despertar como un ser incompleto y afligido.
Frankenstein es una historia en la que el dolor constante de la culpa orada el corazón y el cerebro, porque así se sentía Mary, intuyo; y lo hace gota a gota como una penosa tortura. Frankenstein es un libro de indagación mucho más filosófico que científico, más antropológico y psicológico que el cuento fantástico, o de terror, al que comúnmente se lo reduce. La estética del gótico victoriano lo adapta con facilidad a los apetitos de la época y también lo proyecta a nuestros días tanto en estilo como en contenido. El Frankenstein de Mary Shelley es una obra que abraza el espíritu del Romanticismo a través de la emoción, la observación de la naturaleza, la soledad y la moralidad, convirtiéndose en un pilar fundamental de la literatura romántica. Pero también subyacen a la historia aspectos claves atemporales de la condición humana que nos permiten entender qué significa vivir como humanos, más allá de la biología que nos contiene.
Solo la naturaleza aplaca el dolor de la existencia, observa el Romanticismo. Y sin embargo, es precisamente la naturaleza —la humana— la que busca el avance a través de la ciencia convirtiéndolo en culto y obsesión, para acabar desembocando en el más desgarrado nihilismo, desposeyendo a la vida, a la existencia humana, de todo propósito o significado. Solo la naturaleza aplaca el dolor; lo sublime de lo natural, el sentimiento de asombro ante la grandeza inescrutable de la naturaleza y el temor ante su fuerza indómita. Mary, a través de su creación, trata de explorar lo que hay, en términos absolutos, bajo la piel humana, y hace que nos cuestionemos si hay desgracia en el origen de la Maldad. La criatura de Frankenstein, a la que ni tan siquiera se le otorga un nombre de pila, verbaliza en incontables ocasiones esta duda:
Otras lecciones quedaron grabadas en mí, incluso más profundamente. Conocí la diferencia de los sexos; y cómo nacen y crecen los niños; y cómo el padre disfruta de las sonrisas de su hijo, y de las alegres locuras de los muchachos mayores; y cómo toda la vida y los cuidados de la madre se depositan en esa preciosa obligación; y cómo la mente de la juventud se desarrolla y se adquieren conocimientos; y supe de los hermanos, y las hermanas, y todas las infinitas relaciones que unen a unos seres humanos con otros mediante lazos mutuos.
Y a la criatura la invadió sin remedio la angustia. Se rindió a la ira, el miedo… la maldad. Y sí, también lo poseyó la culpa.
Mary deja claro muy pronto en la novela que la mirada de Víctor respecto del acto de crear es aberrante y miope. El hecho de otorgar existencia no ha de ser lo único que importe. La criatura, abandonada a su destino queda huérfana, obligada a una vida solitaria por el rechazo que provoca hasta en su propio creador. Surge aquí en términos muy básicos la principal de las hipótesis de la teoría de Rousseau: ¿Es la sociedad entonces la que pervierte a un hombre, bueno por naturaleza?
Pero antes de enzarzarnos en semejante discusión de la que puede que no obtengamos unanimidad en la respuesta, conozcamos algo de lo que hay, en términos filosóficos, detrás de la identidad del yo. ¿Quiénes somos en realidad? ¿De qué estamos hechos? ¿Qué es el yo? ¿Qué convierte a la creación de Frankenstein en un monstruo? Víctor lo construye cosiendo partes del cuerpo de muchos individuos sin que la criatura conozca su propia identidad. La naturaleza compuesta de esta, su carencia de una identidad mental y física singular es un elemento importante de su monstruosidad.
Inventar no consiste en crear de la nada sino en construir desde el caos. Toda invención, cualquier creación, da forma a sustancias oscuras e informes pero no puede hacer que exista la sustancia en sí misma. El amor es inherente a la sustancia. Calor vital le dicen. Algo que el galvanismo no podría imitar, a ningún precio. La moraleja del cuento en lo que a este tema se refiere es simple: La criatura de Víctor Frankenstein debía ser horrorosa porque absolutamente horrorosos debían ser todos los intentos humanos por imitar la fabulosa maquinaria del Creador del mundo.
Si tomamos la noción de Mary de monstruo y le sumamos los conocimientos genéticos actuales llegamos fácilmente a la conclusión de que, siendo seres heterogéneos biológicamente, todos tenemos algo del monstruo de Frankenstein. Y en todos y cada uno de nosotros nace la necesidad de un creador benévolo, indulgente y compasivo que nos ampare y evite que aflore en nosotros la monstruosidad intolerable para la sociedad. Si aceptamos que en parte somos hijos de una creación, engendros que necesitan de la generosidad de un padre para ser aceptados primero y la mejor versión de nosotros mismos después, podemos explorar con menos prejuicios y mayor facilidad la idea de la esencia compuesta de la criatura y la lucha de Viktor con su creación.
Y como sucede con todas las grandes obras con un claro sesgo visionario, me cuesta evitar, queridas lectoras, que Frankenstein me arrastre hasta un dilema del todo actual: ¿O no es acaso la recién nacida hija de la electricidad, la Inteligencia Artificial, una criatura a un paso de la monstruosidad debido en gran parte a nuestra intransigente arrogancia?
Diferentes individuos, fragmentos de pensamiento que provienen de distintas cabezas, la criatura desconoce su propia identidad y, por ende, desconoce su espíritu, la más pura expresión de su esencia.
Adán, en el Paraíso perdido de Milton fue concebido perfecto por Dios, como una criatura vulnerable protegida por el amor incondicional de su creador.
¡Maldito Creador! El autor Masahiro Mori en El valle inquietante describe cómo los humanos podemos sentir una fuerte conexión empática hacia criaturas que no se parecen mucho a nosotros, ni a formas de vida familiares pero, a medida que las representaciones se aproximan a la forma humana entran en el valle inquietante donde leves desviaciones de nuestras expectativas pueden generar sentimientos de aversión o repugnancia. Víctor, otorgando la fisonomía antropomórfica a su criatura, le priva de la comunión con los demás, convirtiéndolo en un monstruo. Víctor cometió el error de no otorgarle el beneficio de la duda a su criatura. Y le negó la capacidad de desarrollar la inteligencia y la compasión.
Aristóteles sentó las bases sobre la definición de monstruo: desviación de la esencia normal de una especie. La naturaleza humana depende de un proceso de desarrollo que se despliega a lo largo del tiempo y necesita de la compañía y del amor del otro.
Nacer distinto, odioso y terrorífico condiciona inevitablemente esa plenitud y la felicidad. Condenado. Víctor llevó a cabo su experimento y después huyó despavorido. Abandonó a su criatura. Qué clase de monstruosidad es ésta. Abandonó la mente y el comportamiento de un recién nacido y lo arrojó solo al mundo en un cuerpo de adulto contrahecho, a demandar amor con la fuerza de un cuerpo y una mente maduros. Catastrófico. No hay inocencia, sólo ansia, violencia y miedo. Ira y venganza. Maldad. No es culpable intelectualmente pero es perverso por puro instinto de pertenencia, más que de supervivencia.
Hay una relación clara entre el fracaso de Víctor al no sentir empatía, con la cobardía moral de evitar la responsabilidad por las acciones propias o por los resultados que se derivan de la investigación. Y es que Víctor no persigue el conocimiento sino la gloria personal, el poder, la fama. Su ambición lo lleva a convertirse en un monstruo, mucho peor que la criatura que crea. Víctor fantasea con encontrar la piedra filosofal, sustancia con la que los alquimistas sueñan alcanzar la vida eterna. La moraleja: La tecnología, la ciencia, persiguen la gloria y la fama; el poder; no la mejora de la condición humana. Este narcisismo e incapacidad de comprometerse con otras criaturas más allá de lo útiles que puedan resultar y su deseo de gloria son el defecto fatal. La hybris del científico loco.
El castigo a tanta arrogancia, a diferencia del que sufre Prometeo, no será un castigo divino sino las consecuencias inevitables de sus decisiones erróneas.En nuestros días, la cuestión que obsesionó a los filósofos desde la Antigüedad ha dejado de ser teorética, un mero ejercicio de conocimiento, sin proyección práctica, para convertirse en algo urgente, casi desesperado. Si creamos “máquinas humanoides” capaces de pensar como nosotros… ¿Qué nos diferenciará de todo lo creado por nuestra mano y antojo? ¿Qué nos definirá como individuos, como especie?
Dice la IA de Google de nosotros: Homo sapiens, es una especie de primate bípedo con un cerebro altamente desarrollado, lo que le permite el pensamiento abstracto, el lenguaje complejo, la autoconciencia y la creación de cultura y tecnología. Se caracteriza por su capacidad de razonar, sentir y modificar su entorno de manera intencional.
Como buena romántica, voy a aferrarme a la estela de la escurridiza alma humana… en el ejercicio para evitar caer en el fatalismo, queridas amigas; el problema acecha pero nos concede aún, algo de tiempo. Lo Artificial está asomando y parece del todo imparable pero aún, insisto, tardará algún tiempo en llegar para quedarse. ¿Quienes queremos ser en relación a esas criaturas-máquinas, aberración de nuestros pensamientos, reflejos desvaídos de nuestro sentir… El tiempo pasa y el reloj cuenta, tic-tac… Necesitamos tiempo para asimilar una realidad que nos supera.
Pero tened esto en cuenta: Si abandonamos nuestra dimensión espiritual, la que otorga sentido a nuestras acciones y creaciones, corremos el grave riesgo de convertirnos en la máquina que hemos creado.
Volviendo a la novela, a su fin y final, el alma clara de Mary libera al creador y a la criatura de su Mal. El Polo Norte, que simboliza el gélido entumecimiento de los sentimientos dada la obsesión vengativa de ambos protagonistas es el contexto perfecto en el que se encumbra el carácter del capitán Walton que desde el comportamiento más sencillo posible, ofrece la némesis perfecta a Víctor y también al monstruo; el verdadero sentido de la humanidad, el consuelo y la generosidad de sus decisiones.
Walton, a través de sus actos, redime a la criatura y enfrenta a Frankenstein a su propia hipocresía y vanidad. Psicológicamente, Walton se muestra al principio como un hombre ambicioso y curioso, similar a Víctor en su deseo de conquistar lo desconocido, atravesar el Polo Norte. Sin embargo, muestra una capacidad de autorreflexión, prudencia y generosidad hacia su tripulación que finalmente lo salva de los mismos errores trágicos que cometió Frankenstein.
La correspondencia que el capitán mantiene con su hermana Margaret nos ofrece una ventana privilegiada a su mente y su evolución como personaje. Cuando conocemos a Robert Walton por primera vez, le está escribiendo a su hermana sobre su apasionada curiosidad, su deseo de conferir un beneficio incalculable a toda la raza humana y su determinación de trazar una ruta segura en los mares sin caminos ¿A alguien más le da mala espina este hombre? ¿No se trata de otra suerte de científico arrogante? Al inicio de la historia, Walton es como un Víctor versión “light”. En vez de esperar a penetrar los secretos de la naturaleza, quiere llegar al Polo Norte; pero en todo lo demás, ambos tienen mucho en común. Walton, al igual que Víctor, es autodidacta. Al igual que Victor, está muy apegado a su familia. Y, al mismo tiempo, Walton es una especie de monstruo. Es solitario; pasa sus días anhelando la compañía de un alma amiga con la que compartir desvelos. Las cualidades de ser solitario y haberse educado a sí mismo son peligrosas y Walton nos ayuda a comprender por qué. A diferencia de Víctor y su criatura, Walton sabe que necesita contarle sus ideas a otra persona, ponerlas en valor; saber si está, o no, en lo cierto.
Y así es como Walton sobrevive a la novela. Pese a haber convencido a un montón de marineros rusos de embarcar en una misión suicida al Polo Norte al final se retracta y da media vuelta para regresar a casa. Y aunque vuelva profundamente decepcionado sin superar el reto al que el conocimiento de las tierras heladas le impelía, aprendió algo mejor. Definió sus límites. Además es el único humano que acaba manteniendo una conversación larga con la criatura. Todos podríamos aprender algo de Walton.
Y todas, queridas lectoras, apelando a la sabiduría helénica, podríamos sujetar con fuerza nuestra hybris, concepto que podríamos simplificar como desmesura o soberbia; anclado al narcisismo, opuesto a la sobriedad y a la moderación. Quizás deberíamos tener más presente en nuestros actos a Némesis, la diosa griega de la justicia, el equilibrio y la mesura. Habría que domesticar hasta erradicar la hybris y orientar nuestra brújula hacia la areté que comúnmente se emplea en entornos profesionales, sobre todo científicos para indicar la excelencia. Para Homero, traducida como el más alto sentido del deber y del honor, el más elevado ideal caballeresco. Los griegos consideraban que la areté era un don divino, que se adquiría por herencia y que no podía ser enseñado ni adquirido.
Apelemos pues a esa divina areté. Seamos más Walton y menos Frankenstein queridas lectoras… hagamos de nuestra frankensteiniana carga heterogénea un ser menos monstruoso y más compasivo. Seamos más amables y generosas con nosotras y, por ende, con los demás.
Siempre vuestra,
LCHT


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