Patricia Romero | La hora del lagarto
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La hora del lagarto

La hora del lagarto

Queridas lectoras,

Sentada delante de mi escritorio, con los dedos extendidos reposando sobre una hoja en blanco, completamente quieta y con la mirada tan perdida que parece que a mis ojos les hayan brotado alas de mariposa, me pierdo en busca de la esquiva inspiración que me regale la palabra para hablaros de la sirena. Reparo en que, sobre el volumen de Sampedro, descansa el de Tatiana Tibuleac, El verano que mi madre tuvo los ojos verdes, y me hace sonreír un hallazgo tal vez banal que, sin embargo para mí, se muestra lleno de connotaciones aunque, relativizando, puede que simplemente se trate del estado febril en el que me encuentro al escribir estas líneas. Llamadme loca queridas lectoras pero, ¿no es la madre de Alexi acaso una vieja sirena varada en su vida insignificante? Voy a dejar volar la cuestión junto a la mariposa de mi ensimismamiento porque no quiero romper el encanto que ofrecen las páginas aún por leer para aquellas que aún no le hayáis hincado el diente al libro de la moldava. Dejémoslo en que, en mi delirio, he dibujado a la sirena, esta vez una muy terrenal del siglo XXI, sobre la piel de la madre; así de profundo nadó Glauka en mi mente y en mi pecho. Tanto que aún la tengo produciendo burbujas de oxígeno en mi interior. Todavía muy viva.

Es La vieja sirena un libro que acompaña; un libro que hace bonitos y verosímiles, hechos —reales o no— de la historia de Alejandría en el siglo III d.c., a través de la reflexión filosófica, de lo mágico en el mito y de lo fantástico en el cuento de hadas. Tradición, historia y leyenda, vertebran la cola de la sirena, personaje central en una obra coral de dimensiones colosales. 

Los círculos del tiempo 1: La vieja sirena reinterpreta, de una forma brillante y exigente, el mito que ha evolucionado desde la figura alada de la Grecia clásica a la mujer pez del bestiario nórdico y que Sampedro recupera con un mensaje tan claro como contundente: Para existir en el mundo de los humanos es necesario ser nombrado.

Glauka, mujer de un rostro inolvidable pero de muchos nombres enterrados, fue sirena en su vida anterior pero –—¡pssssttt, silencio amigas!-—, eso no se sabe de primeras y no se sabrá, más allá de que lo predique en avanzadilla el título de la obra, hasta que ella alcance el propósito de su destino. El misterio de su esencia quedará a resguardo, porque ella misma —Glauka— desconoce quién es y nosotras solo la fuimos intuyendo hasta que, por fín, se descubre en su desnuda plenitud gracias al amor carnal de Ahram.

—De acuerdo, sirena sí pero, ¿por qué vieja? —me hubiera encantado poder hacerle esta pregunta a su autor y haberle escuchado responder: 

—¡Ah! mi muy querida lady —me hubiera podido decir el amante lesbiano— ¡ahí está otro de los conceptos principales de la novela! Será vieja porque así la nombrará, en última instancia el Tiempo. El tiempo de sirena, vestido de eternidad y tocado de mortalidad. 

Aun siendo un relato de ambientación histórica, ubicado en la  antigua Alejandría, el autor justifica con constante verosimilitud la existencia de ese ser mitológico que presta su carne y su razón de ser para que las ideas de identidad y de tiempo giren en espiral en torno a un eje y tercer concepto inexcusable en la novela: El Amor.

Se va a dar un triángulo de amor en cuya cúspide estará Glauka. En la base, la pasión hecha de carne masculina, dos hombres que le darán a Glauka el significado definitivo de ser: Su identidad y su libertad.

Glauka, Ahram y Krito, serán puestos por el autor mil veces al límite. Hay mucha investigación de las fronteras en esta obra y por lo que he podido averiguar, en todas las escritas por Sampedro. Los tres personajes, bendecidos por el Espíritu líquido del mar, abisal y sin límites, se defienden de fronteras políticas, sociales, geográficas, físicas e ideológicas que, desde Grecia y Roma, pasando por Persia, Palmira y Alejandría, sirven al autor para presentar problemas de igual índole en nuestros días. Si el Amor es el primer gran tema de esta obra, la búsqueda de la libertad y el reconocimiento de la identidad y la diferencia y la dualidad le van a la zaga. 

Glauka, como solista —quise decir protagonista—, aparece ante nosotros como una mujer sin identidad, ni memoria a quien el Amor, encarnado en Ahram, su Ulises, le descubrirá su verdadera naturaleza.

La vida de Glauka, antes de revelarse como sirena, se multiplica en posibilidades. Glauka es un misterio.  Encontrada por una familia de pescadores, su vida se irá llenando de significados a medida que la vayan nombrando. El personaje de Glauka se multiplica como humana siendo muchas mujeres en función de quien la posea y la nombre. Será Kilia para su primera familia, Nur para Uruk, Irenia para Domicia y Glauka, por sus ojos, cuando llega hasta Arham. En la cueva de la diosa de Ahram, allí donde él franquea la frontera (otra vez los límites) de lo mundano acercándose a lo divino, ella se reconoce como la sirena inmortal que fue y atraviesa el límite en sentido inverso, de semidiosa a humana. Y es aquí donde, si no por primera vez, sí de forma mucho más intensa, Sampedro acaricia con su prosa la membrana dúctil del tiempo. ¿Qué es y dónde está? Los humanos, ¿le pertenecemos al Tiempo o es el tiempo, en su faceta infinita, el que pertenece a cada vida? 

De cualquiera de las formas es en su cuerpo mortal que Glauka se descubre sirena: su cabello, sus ojos, su cuerpo que sana, fuerte y joven. Su habilidad por establecer conexión con los elementos naturales, con el mar… todo se le vuelven señales que desentrañar.Gracias a su condición humana es que ella experimentará el amor que tanto la cautivó al verlo expresándose sobre los cuerpos de los dos desconocidos que avista en la playa nada más emerger del agua. La sirenita de Christian Andersen también desea ser humana por amor, aunque Glauka persigue el sentimiento, no solo como amor amante y principesco, sino como antídoto existencial contra la indolente eternidad divina; lo sueña, porque no puede anhelar aquello que nunca ha sentido; su eternidad en el océano junto a sus hermanas solo es hastío, un existir por siempre sin sentir o padecer. Todo lo contrario al amor que ella intuye en los cuerpos de la playa. Y lo sueña, lo desea para sí. Quiere huir de esa esterilidad del ser en lo eterno, escoge el sufrimiento, el calvario de su cuerpo mancillado en el falso amor de los hombres y, al final, el deseo, la pasión, el orgasmo físico y el paroxismo del amor verdadero. No en vano es Afrodita quien la ayuda a traspasar el umbral de la eternidad y convertirse en un ser mortal, expuesta a las pasiones humanas. Vive, saborea y descubre el amor en la Tierra de los mortales en todos los sentidos posibles hasta que descubre un nuevo límite a traspasar: Los hombres tienen la manía de morir.  

Glauka suplicará de nuevo el favor de Afrodita pidiéndole que le devuelva su condición de sirena. No podrá recuperar la inmortalidad, le responderá la diosa; ¿Para qué habría de servirle si no la desea? Ella solo quiere unirse definitivamente a él. Un hombre poderoso acostumbrado a la batalla, en mar y tierra que se rinde ante el hechizo de Glauka sin saber que es una sirena, igual que la mayoría de los hombres que aparecen en la novela. Glauka consigue enamorar al hombre pero ella no es, como sus hermanas en La Odisea, un ser seductor y peligroso, a priori porque ella misma desconoce el poder de su naturaleza. Ahram puede acercarse a ella sin temor, en la creencia de estar acercándose a una esclava, una mujer fascinante pero mujer a fin de cuentas. ¡Qué identidad dual la tuya, Glauka! Mujer y sirena. Mortal e inmortal. Esclava y libre. Este rasgo cambiante de Glauka se expresará en toda su magnitud cuando descanse, también enamorada, entre los brazos de Krito.

—Pero, ¿¡tú de qué vas, sardina!? —dijimos muchas, enamoradas como estábamos hasta las trancas desde las primeras páginas, de este atormentado personaje andrógino, culto, sensible, generoso, presto al desasosiego y melancólico— ¿no tienes bastante con el líder fuerte, varonil y devoto de Ahram, el navegante? ¿O con los escarceos de la ladina y bella Zenobia?

La respuesta de Glauka, de haber podido responder a nuestra interpelación, hubiera sido simple y carente de maldad o perversión, Ella amaba una sola cosa: el Amor. Jamás comparó o extrajo juicio. Cada uno de sus amantes, un espejo. No, mejor aún. Fragmentos distintos de un mismo reflejo. Eso es. Ella amaba ya desde las aguas una misma cosa: El amor en sí mismo y sin forma. Por eso amó a un humilde pescador que le daría una hija a la que perdería porque no pueden ser madre las sirenas, y amó a un bárbaro mutilado y a una mujer perseguida y amó a Ahram y a Krito que, en el fondo, también se amaban entre sí. Amor hasta las últimas, amor a muerte.

Sampedro nos lleva hasta la idea de la muerte vista como otro límite que atraviesa, literalmente, la sirena: el  precio de la muerte no le parece demasiado a cambio de lo que la vida supone. La sirena simboliza, en última instancia, la idea de eternidad, pero una eternidad reinventada: no es la infinitud de los dioses, sino la condición finita de los humanos; es la muerte la que permite acceder a la eternidad, porque es el tiempo de los mortales el que dota a los momentos de su valor infinito y sin el tiempo no existiría la eternidad en el Amor. 

Glauka vuelve a ser sirena, una a la que el paso del tiempo mortal y el dolor han envejecido para descender al fondo marino, hasta la tumba de Ahram que será también su sepultura, a esperar la muerte junto al cuerpo inerte de su amado humano y acepta con naturalidad, sin miedo ni arrepentimiento, las condiciones de Afrodita: Tras la  plenitud, llega la muerte y, con ella, el verdadero sentido de la existencia. 

En esta ocasión, quiero dedicar el esfuerzo que me ha supuesto investigar sobre los motivos de José Luis Sampedro para crear a su vieja sirena, el trabajo arduo de sentarme junto a la musa que, a veces, se esconde de maravilla y el ratito, siempre lúdico, de escribir estas letras, a una sola de mis lectoras; gracias a ella, esta historia de trascender en la eternidad del amor llegó a mis manos. Y me sumió en una bendita hora del lagarto.

No nos engañó. Sabíamos, todas nosotras, que era una lectura difícil y exigente.

Hoy, gracias a lectura sugerida por Juani, yo me siento más permeable y una pizca más reconciliada con la raza humana.

Gracias, a todas las que habéis leído esta historia de Amor, por vuestra compañía. No ha sido tarea fácil pero hoy, gracias a la lectura, todas tenemos en la mirada el fugaz reflejo de una mirada glauka para observar el mundo con la inocencia de una nueva sirena.

Siempre vuestra,

LCH

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