Patricia Romero | El cuaderno rojo de Paula Sorsky
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El cuaderno rojo de Paula Sorsky

Ilustración basada en el libro del autor venezolano Juan Carlos Chirinos

El cuaderno rojo de Paula Sorsky

Gracias Fran por ayudarme a materializar la imagen que este relato dejó indeleble en mi memoria.

Gracias Juan Carlos por devolverme la oscura magia olvidada.

Siento una atracción casi incontrolable por la literatura gótica, los cuentos de hadas y las leyendas populares que los alimentan. Las alegorías que nos advierten de la oscuridad del mundo, me fascinan.

Nochebosque, el cuento de JC Chirinos se me enredó en las manos por casualidad. Conocí al autor venezolano de la mano de Philippine González-Camino. Trabajando con él en la editorial, investigué sobre su bibliografía y me llamó la atención ese título y la reseña que encontré, una historia con terrores de niño, “que son los peores -dice el autor en una entrevista con EFE- porque el mundo de los niños es muy cruel y la infancia suele tener esa parte oscura”. Me hice con un ejemplar. Algo desconcertada por el título y la cubierta, sin tener ni idea de donde me adentrarían sus páginas, leí de una vez y hasta el final.

El cuento es breve y Chirinos no pierde el tiempo, nos mete de lleno en el bosque amenazante que mezcla lo humano con lo mágico, la consciencia con lo onírico, servido a dosis adictivas y repartido principalmente entre la incauta protagonista Paula Sorsky a la que su propio subconsciente le advierte en sueños del serio peligro que corre de ser devorada y el niño al que cuida como trabajo de verano y cuya madre cela como una loba. Nada es casual. Avanzas con prudencia por el camino que el autor te señala entre la sensualidad de ella, la crueldad de un niño impúber que causa pavor por su forma de actuar y relacionarse con la niñera y una madre aparentemente ajena pero constantemente acechante.

No sentí jamás durante la lectura ganas sino de advertir a Paula de que huyera, de que dejara a esa criatura aparentemente frágil a merced de las garras de su madre. El relato está tan bien construido que acabas formando parte del sueño y todo se vuelven intuiciones nubladas y parciales ya que nosotros lectores no poseemos el polvo de hadas que Paula, a petición de Osip, unta en sus ojos “para ver” entre la maraña de árboles que ocultan el peligro y el refugio. El rojo se instala, no ya en la caperuza de la jovencita que corre el riesgo de ser devorada por el deseo animal del mundo, sino en la sangre que bombea el corazón de la bestia, en la carne que se desgarra al ser deseada, poseída y canibalizada. El rojo en el que las retinas abiertas por la droga de las hadas, convierten las ramas de los árboles en los dientes del bosque al que se huye y del que apenas se logra escapar sano y salvo. ¿Qué le sucedió al padre de Osip? Paula se aferra a un cuaderno rojo para recordarse. Paula confía en la protección de un peluche, el Sr. Fenris. Puede que Osip en el fondo sea solo un niño, no inocente pero sí inofensivo que vela por su seguridad, que haya visto y percibido demasiado de la realidad que le rodea. El Sr. Fenris es el muñeco de apego de Osip, el anclaje capaz de atravesar ambos mundos, el de la vida cotidiana y el de los sueños para proteger a su dueño. Un peluche inofensivo que se convierte en un oso de zarpas como cuchillas y ojos penetrantes con tal de mantener a salvo aquello que está bajo su protección. Y al igual que la doble identidad del blandito oso de cuna que se vuelve fiero y terrorífico así el mundo, así nosotros, así el sueño, siempre rojo, siempre obedeciendo a pulsiones primitivas nos convertimos en otra cosa distinta de la que aparentamos y que apenas conocemos…estamos tan cerca de las bestias como del hogar.

Este texto hace referencia a Nochebosque de Juan Carlos Chirinos

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