El silencio de Penélope
La lanzadera de Penélope tañe los hilos tensados del tapiz de Laertes, esperando el regreso de Ulises. Mientras, en otro mundo, ajeno a las leyes del tiempo y el espacio, el pincel de una joven artista mancha un lienzo, en afán por plasmar su desasosiego. Sobre el blanco de la tela se puede leer Alcestis en amplias letras griegas y azulísimas, que contrastan con el brillo de la sangre —aún fresca— de las muñecas de la pintora; tan rojo que solo el color cobre de sus cabellos consigue neutralizarlo un poco.
Elegir enmudecer. Ese es el tema que en esta ocasión nos atañe, queridas lectoras. Posiblemente escoger callar sea el acto de voluntad que, desde siempre, permanece atado a las raíces más profundas de la existencia femenina. Todas nosotras, como una sola, a través de los siglos, tierras y océanos, hemos escogido en algún momento de nuestras vidas, guardar silencio; como gesto de salvación; nuestra salvación o la del objeto de nuestro amor. Víctimas o heroínas, lo cierto es que hemos callado mucho más de lo que hemos aclamado a lo largo de la Historia.
El motor de cualquier epopeya, al igual que el del thriller psicológico, descansa a menudo en la discreción de sus personajes femeninos. En La Odisea, la trama, el destino del héroe y el avance de la historia dependen de las decisiones, la astucia y las acciones de las mujeres, diosas y ninfas que aparecen en el camino del héroe.
La esposa de Odiseo, Penélope, comparte la misma inteligencia y capacidad táctica que su esposo. Sin su resistencia, lealtad y obcecado silencio, Odiseo no habría tenido un hogar al que regresar. Su famosa estrategia de tejer y destejer el sudario de su padre, detiene a los pretendientes usando una labor doméstica que los hombres de la época jamás se cuestionarían. El silencio de Penélope no es una muestra de sumisión pasiva, sino una de las herramientas estratégicas más poderosas en el relato. En el mundo homérico, donde el espacio público y la palabra directa pertenecían exclusivamente a los hombres, Penélope utiliza el silencio y el repliegue como arma y escudo. Rodeada por más de cien hombres que expoliaban sus bienes y la presionaban para casarse, una negativa verbal directa hubiera provocado un acto de violencia inmediata. Su silencio —acompañado de la evasiva del telar— le servirán para ganar tiempo sin entrar en una confrontación directa. No dice “no”, pero su falta de respuesta definitiva paraliza a los pretendientes mientras ella conserva el control de Ítaca.
Cuando Odiseo regresa disfrazado de mendigo y acaba con todos los pretendientes, Penélope no reacciona con el júbilo inmediato que se esperaría de una esposa devota. Se sienta frente a él en silencio. Fría y desconfiada. Telémaco la acusa con crueldad de tener un corazón duro como una piedra, pero ese silencio es solo una muestra de prudencia extrema porque sabe que el mundo está lleno de impostores. Su silencio es solo el paréntesis que obliga a Odiseo a someterse a su célebre examen final: Una cama conyugal arraigada a un tronco vivo de olivo no podrá moverse de la cámara nupcial. Esto es algo que solo el Rey de Ítaca, Ulises, constructor de la cama, podía saber.
En los estudios literarios contemporáneos el silencio de Penélope ya no se lee como la “virtud del decoro” de una mujer sumisa, sino como un espacio de exilio interior, secreto y conspirativo. Mientras Penélope calla en el reino que se ve obligada a regir, su mente teje una estrategia tan compleja como las batallas de su esposo.
… ¡En qué clase de broma pesada nos vemos atrapadas las mujeres queridas mías!… Ser más de la mitad de los seres que pueblan este planeta, ser responsables de todos y cada uno de ellos y, aun así, ser llamadas a guardar silencio por los siglos de los siglos, voluntariamente o no, por seguridad o por valentía. Por onnubilación, amor o rencor. Por devoción, rendición u homenaje. Por sabiduría o niebla mental. Silencio. Silencio y conocimiento. Y locura.
Disparar cinco veces contra el rostro de un ser vivo, de una persona, conocida e incluso en otro tiempo amada no es el resultado de un acto de enajenación mental transitoria. Hay cruda y pura maldad detrás. Y es que estar en posesión de la verdad puede trastornarnos y obligarnos a actuar fuera de los límites de lo que moralmente podemos tolerar y considerar normal. Ser elevadamente conscientes, no tiene por qué convertirnos en buenas personas. La verdad puede ser torturante y hacernos enloquecer. Transgredir las normas aceptadas y tolerables.
Entonces, matar al marido y decidir guardar un obstinado silencio, ¿es fruto de la maldad, de la verdad o de la locura? El silencio protege a Alice, mucho más allá de lo que la expone al mundo del que ha decidido exiliarse. Pero ese silencio que la conecta, por el ejercicio intelectual del autor, con la buena esposa griega… para esta cronista la separa antinómicamente de las heroínas porque el ejercicio de Alcestis (como el de Penélope) fue del todo desinteresado para con su esposo. Había razones muy poderosas y nobles que superaban sus propias historias personales. Había honor, había un Reino, había un designio de los dioses. Alcestis significa poderosa en griego; fuerza, valentía y vigor en la actuación de una princesa, juguete en manos de los dioses y del ego de su marido que consiente en que su amante esposa de su vida por él. Heracles la rescatará del inframundo y la devolverá a la vida, silente. Representa la máxima lealtad, el sacrificio por amor y la devoción conyugal.
Alice Berenson no representa lo mismo, más bien es el rencor por los sentimientos traicionados. Enquistados y reiterados a lo largo de toda su vida.
A los tres días, Alcestis, purificada tras el gesto de Heracles, volverá total y plenamente a la vida. Alice, no. Alice sucumbirá al silencio oscuro. Mínimamente vengada o reconfortada por los hechos. No hay heroicidad en ella. Ni en su gesto de callar.
¡Y es que tú no callaste, querida! Tú hablaste a gritos a través de tu ensordecedor silencio; velada detrás de la locura y la desconfianza, disfrazada de heroína en tus pinturas. Alice, tú no eres Alcestis y por supuesto no eres Penélope. Eres más bien el fruto del ejercicio literario de un autor de thriller psicológico que domina las artes de la ocultación a través de lo que los personajes callan, pura estructura del género del suspense. Pero esa ocultación dista mucho de ser el silencio como arma de las grandes heroínas de la historia.
Queridas lectoras, hasta aquí el silencio; mi palabra en este ejercicio del relato. La ingeniería literaria, al igual que la pictórica, permite que casi cualquier cosa se ahorme a nuestra forma de ser, pensar y hasta sentir. Os pedí que escogierais una palabra, la que quisierais. Con la historia La paciente silenciosa aún reverberando en nuestras cabezas, todas reflejasteis en esa elección el sentimiento que os había dejado el libro.
El engaño, la manipulación, la deslealtad o infidelidad —dijisteis— sentimientos a menudo orquestados por hombres —añado yo—, los grandes hombres de la Historia (como grandilocuentemente son llamados a veces), traen como consecuencia el silencio de las mujeres, fruto de la parálisis del victimismo o del trauma más profundo. Algunas veces, las más afortunadas, consiguen convertirlo en arma táctica para vencer la guerra tras la batalla.
Mi palabra es silencio. Antítesis, oxímoron y paradoja. No hay silencio cuando hay palabra. No existe la palabra silenciosa. Y en torno a esa idea he tejido mi particular tapiz… uno que desharé a no mucho tardar para volver a emplear el mismo hilo y construir el relato sobre otro tipo de silencio. ¿Gratitud, Delphine? ¿Qué gratitud puede despertar la vulnerabilldad extrema, querida?
Que el cuerpo físico decida al final de una vida, en una suerte de ironía, nublarte la memoria, desordenarte el puzzle de palabras que tan esmeradamente has ido confeccionando durante toda tu vida… también es una forma de enmudecer. No os preocupéis. No he saltado de libro en libro antes de tiempo. Pero es que no podía dejar de decirlo aquí, en esta suerte de glosario de mujeres calladas en que he convertido esta cronica.
…
Siempre vuestra,
LCHT


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