Patricia Romero | La vida es breve…¡Cásate conmigo!
21977
wp-singular,post-template-default,single,single-post,postid-21977,single-format-standard,wp-theme-thm,ajax_fade,page_not_loaded,,select-theme-ver-3.4,no_animation_on_touch,wpb-js-composer js-comp-ver-4.12.1,vc_responsive
 

La vida es breve…¡Cásate conmigo!

La vida es breve…¡Cásate conmigo!

La vida es breve…¡cásate conmigo!

De Brevitate vitae es un famoso ensayo de Séneca en el que el pensador cordobés afirma que la vida, pese a lo que pudiera pa recer, no es precisamente breve sino que los seres humanos así lo creemos porque no sabemos aprovecharla. A menudo vivimos perdidos en certezas ajenas, aferrándonos a miedos y creencias que no nos pertenecen, persiguiendo quimeras o huyendo de ellas porque no estamos preparados para vivir con sencillez nuestro momento.
Queridas lectoras, ¿de qué huís vosotras? ¿A qué piel ajena vivís aferradas? En positivo, ¿qué sueño perseguís, qué idea es la que os acelera el pulso y os hace levantaros cada mañana? y lo másrelevante, ¿dónde os nace esedeseo? Sed honestas con vosotras mismas: ¿Es vuestra vida, vuestra? ¿Os pertenecen los díasque lentamente se consumen, discurriendo hora a hora, como sangre en vuestras venas e impulsos eléctricos en vuestro sistema nervioso?
Verónica y Herta no han querido nombrar a las protagonistas de sus historias; ninguna tiene nombre propio y ese pequeño detalle en sus obras las acerca mucho más de lo que las distancian todos los rasgos que las alejan, juntos. Doy por hecho que ambas sienten miedo y un hastío atroz por la vida y, aunque lo proyecten sobre sus historias de manera muy distinta, ambas mujeres se esconden detrás de sus personajes sin mayor riesgo que el asumido por quien arroja un grito en el silencio de la noche. ¿Acaso suena el árbol al caer en mitad de un bosque, si no hay nadie que lo escuche?
Si hiciera que la voz de la autora romana fuera eco de la voz de la rumana o viceversa, el resultado sonaría algo parecido a esto:
La vida es breve… etcétera ¡Cásate conmigo!
Algo así dirían a coro dos mujeres de vidas deletreadas, exanguinadas en páginas y expuestas a través de su anhelo de libertad.
Dos mujeres sin nombre en la narración que dicen todo de la nadaen la que viven a través de su voz presa e impresa.
La lengua se impone como antídoto contra la monotonía para Verónica. El lenguaje como ejercicio de patria para Herta porque vivir entre amenazas policiales, condiciona. —Te exilia —matiza ella con gravedad.
—¿Cómo se pide perdón por el fin del amor? —pregunta Verónica Ramio.
—¿Cómo vivir en ausencia del amor?—se cuestiona Herta Müller.
—¿Cómo evitar perder mucho tiempo con asuntos estériles? —reflexiona Séneca.
La memoria es un instrumento muy frágil. Escribir repara esa cualidad. Pero la escritura, el lenguaje, también mienten. Siempre lo hacen. Y, aunque todo relato persiga la verdad con sumisión, la literatura es el caldo idóneo para engañar, para inventarse, para ajustar cuentas, para buscar la libertad.
—Escribo —dice Verónica— gracias al aburrimiento que me transmitieron mis padres con teatralidad y sin mensajeclaro, sin quererenseñar nada, sin ofrecer un juicio moral.
Verónica es una escritora que ofrece una mirada mordaz sobre las mujeres y sus relaciones. Narcisismo, pereza, desinhibición. Sarcasmo frente a la vulnerabilidad. Desconexión emocional. Os confieso lectoras que se me hace difícil empatizar con esta mujer caleidoscópica que rompe a conciencia todos los lazos familiares (y así sucede en muchas de las novelas italianas). Utilizando la tragicomedia para llamar poesía a la prosa de la vida cotidiana que se
le atraganta. Con cierto tufillo de desengaño se lea por donde se lea, la italiana pone en evidencia la ferocidad de la vida con rostros muy diferentes, los de mujeres, como decirlo, “poco” ejemplares.
En el otro lado del mundo, la vida para Herta está sepultada en hormigón crudo. Como el cielo o el skyline brutalista de su ciudad natal, tiene la mirada gris y no puede huir de la tristeza y la aprensión.
Al igual que la ciudad de su relato, Herta tiene los ojos cementados.
—¿Cuál es el precio de un árbol?
—pregunta Verónica.
—¿Cuál es el precio de un vestido bonito que han confeccionadotus propias manos y nunca podrás permitirte?—contrapregunta Herta.
En ambas escritoras, el existencialismo se sirve sobre el plato frío del desdén. Bocado frugal el de Verónica; denso y contundente, aunque gélido, el de Herta.
La vida es breve dice Verónica y acompaña su frase de un silencio sostenido en ese etcétera. Creo que espera que, desde la nada del no haberse conocido nunca, Herta le responda con contundencia; Herta que, acostumbrada a hablar con la lengua con la que se manifiesta el alma, insinua todo lo trágico sin manifestarlo y lo hace con una voz de mujer poderosísima.
Una femineidad que abandera sus debilidades y fortalezas en medio de un sistema dominado por la testosterona: violencia explícita e implícita, lenguaje duro y áspero, amenazas directas e indirectas, gritando por su libertad y denunciando todo el mal que la asfixia.
—La vida es muerte —sella.
En ambos libros está la dicotomía en las relaciones entre mujeres y hombres. Sus roles: Los hombres mandan, beben, gritan y golpean… las mujeres obedecen. Se someten.
—¿Cómo se exilia una de ese dolor histórico y generacional?
¿Cómo excluir de esa denuncia a algunos hombres buenos? —gritan ambas al unísono.
La aridez rumana de Herta se afila en una lengua ágil e inteligente en contraste con la expresión suave de su colega italiana, mediteránea y cálida.
No lo puede evitar, Herta la juzga con la mirada: ¡Es una frívola!
Pero en el fondo la atraviesa el fino dardo de la envidia por esa exuberante latinidad envuelta en vestidos bonitos y por su capacidad caliente de relativizar una vida que para Herta es muerte.
—Las preguntas breves no son siempre las más simples —ataca Herta a Verónica. Su mirada enigmática y sus iris azul plomo de cielo en guerra se le clavan como esquirlas de hielo a Verónica en el dulce chocolate de sus ojos.
“A otro perro con ese hueso” quiere responderle la latina. Pero no le sale. No se puede despachar así como así a una Premio Nobel. Y enmudece. Mientras, Herta, que la contempla sin miramientos, ve como la animalidad se apodera de los ojos de la romana, de sus formas suaves y armónicas, todavía más potentes cuando calla. A Herta le agrede esa fiereza contenida, superficialmente domada.
—Las preguntas breves obligan a pensar —susurra.
—¿Perdona? —Verónica la interpela con más timidez que descaro.
—Ese tipo de preguntas, las breves —insiste— al igual que tu magnético cuerpo, acallan todas las respuestas. Todas, incluso las que esconde tu alma latina y, para dejarlo más claro —subraya— las acalla porque necesita ocultar mejor su secreto; uno tan profundo que obliga a pensar.
—¿De qué secreto hablas, Herta?
A Verónica le incomoda la solemnidad de la escritora rumana. Esos ojos azules que parecen atravesarla el pecho con Rayos X.
—El tuyo lo desconozco. El mío es no poder superar que alguien te diga que no eres digna de lo que tus propias manos han hecho. Sabía qué bonitos eran los vestidos que no nos permitían comprar (…) aquellos que los italianos se ponían en cada nueva temporada para llevar su vida fácil, dice la protagonista de su relato. Esa frase acaricia, sin duda, el secreto de Herta. ¿No? Pero Herta ya no puede parar de argumentar; ha abierto las compuertas de su reivindicación:
—La precariedad en la que vivimos cada día en mi país, equivale a la precariedad misma de nuestra vida pues, en sistemas políticos así, nadie hay imprescindible o necesario, nada tiene valor o importancia. La violencia se apodera de todo y reduce todo casi a cero. Hoy podríamos ser nosotros, como mañana podría ser otro cualquiera. Una ausencia que, carente de valor, a nadie resulta relevante excepto a nosotros mismos, intimidades anónimas.
Las palabras de Herta se visten de un sufrimiento denso y pegajoso igual que la brea pero invisible.
Verónica la abraza espontáneamente; Herta no está preparada para recibir ese gesto cómplice, convencida de que la ternura inesperada es más peligrosa incluso que la violencia inesperada.
“En mis ejercicios mentales con palabras me daba cuenta de que lo poético es real y de que el brillo centelleante de lo poético revela mejor que nada la mierda que es la vida”.
Esta cita la firma Herta, por supuesto. Pero como la luz que sigue a la noche… Verónica la disfraza de frívolo descaro y frescura. Un abrazo de consuelo y reconocimiento. En cualquier caso, la reacción de ambas esconde el mismo triste desencanto por la vida. Breve. O quizá mal dispuesta, como pensaría Séneca.
No os devaneis la sesera demasiado queridas lectoras. Vivid. Dejad que lo intenso, lo vivido con presencia, sustituya a lo breve. Que lo sencillo de los días, calme un dolor inexplicable que quizá, solo quizá, ni siquiera os pertenezca.
Permitid que lo que no es vuestro, vuele con la ligereza de las horas.
Siempre vuestra,
LCHT

No Comments

Post a Comment