En las fauces del lobo
Queridas lectoras,
Antes de internarme en túneles por los que deambulan insidiosos asesinos ciegos os pregunto: ¿Es Margaret Atwood una de las mejores escritoras de este siglo? —Yo no albergo duda. La forma en que oculta su voluntad escritora bajo el ejercicio narrativo es, sencillamente proverbial. Brava ella por permitir que sus personajes, Iris, Laura, Richard, Alex, respiren solos.
Sin embargo, dentro ya de las fauces del lobo y en la piel de Iris, una mujer devorada por el arrepentimiento, os confieso que, si alguna vez quisiera que mis hijas o nietas leyeran mis memorias, jamás revelaría en ellas “mis crímenes”; He de reconocer que posiblemente la literatura sea la forma más estética que existe de expiar la culpa por un delito, real o no. Y creo además que, cuanto más daño ha sufrido una víctima a manos de su verdugo, con más empeño se abrirá paso la verdad hacia la luz, en una suerte de justicia poética, de la forma que sea; llamadlo karma, juicio mundano o universal, venganza o sentencia. La verdad, de una forma u otra, siempre se revelará. Pero yo no sería capaz de enarbolar esa arma en pos de la verdad.
Esta cuestión de la verdad y la naturaleza poco fiable de la memoria reside en el corazón de El asesino ciego como leitmotiv de su latido.
Iris Chase es una mujer octogenaria en el ocaso de sus días que siente la necesidad de enfrentarse a los secretos de su pasado para poder hacerlo transitable y expiar una culpa enquistada que la devora. Y es que, en el final de sus días, ¡¿a quién demonios puede importarle disfrazar la verdad con mentiras piadosas para poder digerir una vida?! Iris no necesita ya endulzarse el relato que se cuenta a sí misma. De sí misma. Y así es como arranca la historia detrás de la historia. Dos hermanas con dos actitudes bien distintas ante su destino, inmersas en una sociedad decadente en que las mujeres llevan todas las de perder, da igual cuánto se rebelen o en qué sentido lo hagan. Solo quizá hablando de entre los muertos, desde sus tumbas, puedan comerse, al menos, el plato frío de la venganza…. ¡Esperad, que me exalto, me adelanto y me pierdo en el entramado de túneles de esta novelaennovela!
Todo el texto pone en evidencia que la memoria no es una realidad fija ni objetiva, sino que se trata más bien de una construcción, influenciable y dúctil que puede ser moldeada a capricho. La conclusión, aunque triste, es que no hay credibilidad en la memoria. Y lo cierto es que la falta de fiabilidad de los recuerdos suele ocupar un lugar destacado en la ficción histórica e incluso pone en cuestión si se puede confiar en el relato histórico de la humanidad, disfrazado de objetivo.
No es de extrañar que un “asesino ciego” persiga esa verdad esquiva, aunque no sea precisamente imparcial; pero, ¿cuál es su identidad? ¿Es uno solo? Dejadme argumentar queridas lectoras que yo creo que esta identidad no le pertenece a un único personaje sino —al menos— a seis diferentes, todos ellos asesinos, todos ciegos.
Empiezo con tres. Tanto Álex, como el desconocido amante escritor y el niño esclavo son asesinos ciegos. Forman parte de la clase trabajadora, están en la base de la pirámide social y son exprimidos por el capitalismo hasta quedar ciegos, convertidos en asesinos a sueldo y/o sacrificados en aras del egoísmo y la ambición.
Los Griffen son también asesinos ciegos; Richard, seguido de la sombra ejecutora de su hermana, es un depredador frío que destruye a toda la familia Chase. Su ceguera puede que no sea física, pero sin duda lo ciegan los viles apetitos de la carne y el ego. El poder en todas sus manifestaciones que persigue y ejerce a costa de los más vulnerables.
Y sobrevolando todas las líneas del relato, en un plano casi metafísico, está la principal asesina ciega: Iris Chase. La que cierra los ojos ante la injusticia. Su ceguera, sin duda la más trágica por voluntaria, es la que la convierte en asesina indirecta de su hermana Laura. Una vez muerta esta, Iris le regalará la autoría del libro que ella misme escribe y que se convierte en testimonio y venganza contra los Griffen y el olvido. Un secreto al descubierto, apenas velado tras la ficción.
Técnicamente, este tipo de estructura narrativa en que las tramas se bifurcan, enredan y abrazan, recibe el nombre de narración anidada. Es compleja. Despiadada con el lector. Y es donde Margaret demuestra su maestría escudándose tras una prosa endemoniadamente ágil y diáfana.
Pasad queridas, entrad en el laberinto. ¡Cuidado con las fauces del lobo que hacen las veces de umbral! No os enganchéis la ropa, ni os arañéis la piel en sus colmillos.
En la superficie del “túnel” que vamos a explorar, la madre de Iris y Laura muere prematuramente, el padre alcoholizado se distancia de la familia y se recluye en una torre de marfil mientras la gran Depresión económica sigue escalando, devorando fábricas, retrayendo a patrones, consumiendo a la mayoría de los trabajadores y radicalizando a unos pocos, de entre los cuales surge Alex, el amante furtivo.
Ya en la penumbra incierta de un segundo nivel, en el subsuelo de la novela, hay otra novela supuestamente escrita por Laura antes de morir. Narra la historia de una relación amorosa entre una mujer y un escritor desconocido que, en las diversas camas que ocupan, le relata a ella (profundizando a un tercer nivel) un cuento de ciencia ficción y fantasía que, a la postre, habla de un hombre enamorado de una mujer de un mundo diferente que acaba sacrificándose.
De vuelta en la superficie, tras la IIGM, Laura revela a su hermana que estuvo embarazada y que los Griffen la obligaron a abortar. Iris, dolida al conjeturar que Alex fuera el padre de esa criatura malograda, confiesa que ella también fue amante de Alex, que también él es el padre biológico de su hija Aimee. Y que pereció en la guerra. Ante la crudeza de la verdad descubierta, Laura le roba a Iris las llaves del coche y se lanza por un puente. Tras su muerte, Iris descubre que su marido Richard obligó a Laura a mantener relaciones sexuales con él, chantajeándola con la vida de Alex. Entonces Iris publica el libro El Asesino Ciego con el nombre de Laura.
La línea argumental principal de la novela avanza entre recortes de prensa, recuerdos amarillos y cálidos de la niñez hasta que Iris desvela que fue ella la autora original de la novela publicada con el nombre de su hermana y que en ella se relatan los recuerdos de su aventura con Alex. La publicación de ese libro atrae el interés por la vida de Laura y lleva a Richard al suicidio para escapar del escándalo que se produjo y que arruinó su carrera política. Winifred, la hermana-sombra, aún ejecutora de los intereses de su hermano, se lleva a Aimee, arruinando así la relación madre-hija para el resto de sus vidas. No hay crimen sin consecuencias… Ya lo hemos dicho antes queridas, justicia poética.
La novela termina con Iris visitando el lugar donde murió Laura y reflexionando sobre su propia vida. Ha estado lidiando con la culpa y el arrepentimiento por las circunstancias que rodearon la muerte de su hermana e incluso la enrarecida relación que mantuvieron en los últimos años. Iris muere en 1999, dejando un manuscrito a su nieta Sabrina con la esperanza de que pueda contar la verdadera historia de la familia Chase; porque el silencio duele (recordad lectoras que a las doncellas sacrificadas de Sakiel, sus verdugos les cortan las lenguas). ¡Brava! Margaret por otorgarle al dolor que provoca ese silencio, un color. ¡El amarillo!
El color amarillo aparece cada vez que Iris recuerda, vinculando esa memoria a la inocencia y la esteril intención de Iris por reconstruir el pasado de su familia de una forma que resulte tolerable para el alma. Así aparece Laura, de amarillo, en la fotografía del picnic en la fábrica de botones, contrastando con la mano azul entrando en cuadro.
El amarillo funciona como un halo de la inocencia truncada y de aquello que se intenta preservar o idealizar a través del recuerdo; un filtro de nostalgia frente a la crudeza gris y violenta del discurrir convulso del siglo XX.
Si buscamos en otras obras de Margaret Atwood y muy conectado con la opresión femenina, el amarillo simboliza el colapso de la salud mental, el encierro y la lucha de la conciencia femenina contra estructuras que buscan enloquecerlas o silenciarlas. Por no hablar de los azules y rojos…filtros de color tras los que se oculta la verdad, siempre esquiva y subjetiva.
También en El asesino ciego Margaret explora el rol de las mujeres durante la época en que la novela está ambientada. Laura, que es una mujer políticamente activa, desafía constantemente las normas impuestas a su género en un tiempo en que las mujeres debían ser “buenas” y mantener la boca cerrada; bocas sin lengua para recibir al esposo, complacerlo, probar la comida, cantar nanas…
Iris forcejea contra sí misma y esas expectativas impuestas contra natura por la encorsetada sociedad de la época pero se adapta durante décadas a ellas. La novela se desarrolla en un contexto de cambios políticos y sociales en Canadá, el ascenso del comunismo y el impacto de la II Guerra Mundial. Los personajes, principalmente los femeninos, se ven gravemente afectados y la novela explora las formas en que tal agitación política puede moldear las vidas y llevarlas a la extenuación y la ruina.
Todas las historias tratan de lobos.
Al menos, todas las que vale la pena contar; todo lo demás son tonterías sentimentales.
Esta cita de Margaret refleja la idea de que las historias más convincentes y duraderas son las que exploran los aspectos más oscuros y primarios de la naturaleza humana. Los lobos simbolizan sin duda el salvajismo y peligro, la complejidad de la vida digna de ser —cuando menos— explorada y contada.
La década de los 30 en el XX, bajo la fina capa de frivolidad y oropel que la doraba, dejó a su paso un reguero de matrimonios pactados, amores clandestinos, contrabando y delito, en un esfuerzo por sacar partido a las desgracias de la Guerra. La conmoción social y política, el colapso de la familia… formaron parte del paisaje desolador que dejaba a su paso la Gran Depresión, como una manada de lobos hambrientos en la estepa.
Resulta curioso que, pese a estar ambientada en Canadá, Margaret mencione en la novela más de una vez el desastre de la Guerra Civil española. Y es que, como dato curioso, la escritora escribió gran parte del libro en 1999, año en que visitó una exposición del fotógrafo Robert Capa sobre la Guerra Civil; de alguna forma la impactaron tanto esas imágenes que decidió dejarlas reflejadas en su historia. Distinta estepa pero mismos lobos.
El asesino ciego es una historia en la que seiscientas doce páginas son necesarias para lanzarse a un río turbulento con los bolsillos llenos de piedras o, en su defecto, precipitarse al vacío, envuelta en la carrocería de un coche, en aras de la verdad desvelada. En esencia, es el retrato de la tristeza femenina llevada a extremos por la desesperación. Un homenaje póstumo a una familia truncada por la desesperanza que se esconde en el revoleo de las aguas turbulentas de un río, tras un impacto fatal.
Qué es más doloroso a la postre: ¿Abrazar el silencio o abanderar la verdad? ¿Vivir una vida falseada envuelta en secretos y mentiras o morir devorada por lobos?
Quizá debamos ser mujeres que corren con lobos* y resucitar en nosotras a la mujer salvaje, depositar la confianza en el instinto y recuperar nuestra esencia femenina y creativa, que lleva siglos amordazada. No ser presa, ni depredador. Ser libre. Y correr. No huir. Solo correr como locas salvajes.
Siempre vuestra,
LCHT
*Mujeres que corren con lobos es un libro de Clarissa Pinkola Estés en el que la autora aborda el arquetipo de la “mujer salvaje” a través de los cuentos y leyendas.


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