Las vulnerabilidades
Micka brilla, dorada por la última luz de la tarde que aún se filtra por los visillos que han visto tiempos mejores pero que —aún— cumplen su función de cegar la ventana de la habitación número quince. Micka aún puede recordar eso, que le asignaron la habitación número quince el día de su ingreso voluntario en la residencia. Está afanándose en verter —sin derramarlo— el té recién hecho, en la taza Ming Rose que ha ofrecido a su visita. ¡Lo logra! Con la punta de la lengua fuera, desafiante, en rebeldía —¡Ni una gota fuera! —celebra su proeza. La porcelana de la tapa de la tetera tintinea pero Micka desoye ese lamento frágil y se esmera aún más en el servicio del té; como el reducto de elegancia social al que aún puede aferrarse. Aún, aún, aún. Micka ha entrado en esa fase de la vida en la que día a día, ese aún se reproduce en automático como el aliento. Aún.
—¡Resistencia, amigo! —celebra Micka en voz alta.
—Wu, wei querida Micka, wu wei —le corrige con ternura el fantasma de Bruce Lee. Algunos ancianos, al igual que muchos gatos, pueden ver más allá de lo reconocible por ojos mundanos.
—Sí —acepta ella, satisfecha tras la tarea de servir el té a un chino en porcelana china.
—Sí —corrobora él, honrado porque rara vez los fantasmas son invitados a tomar el té en el reino de los vivos.
Con un leve gesto de cabeza, ambos se agradecen mutuamente. Bruce se desvanece poco después y Micka se abstrae, abrazándose al sol, acostándose con él. Cerrando los ojillos cansados. Atrayendo a la noche. ¿Habrá un aún para mañana?
Sed agua mis queridas lectoras, wu wei, mis amigas o lo que Micka trataba de decir: ¡Resiliencia! Que expresara resistencia en su lugar pudiera resultar irónico e incluso cruel si no entramos en profundidad en lo que estos conceptos significan ya que, aunque a simple vista son opuestos, en el fondo pueden llegar a darse la mano.
Está de moda la palabra resiliencia, como hace años lo estuvo serendipia, seguramente debido a la pelicula americana; y como también llegó a estarlo en los años noventa la cherry cola, a la que Micka recuerda como “pereza loca”. ¡Bendita dieta mediterránea que nos protege el buen paladar! Por desgracia y, aunque nuestra dieta basal literaria roce la excelencia en la oferta, esta se nos indigesta como si de un bocado medieval altamente proteico se tratara. Lo que nos lleva a aceptar significados nuevos e importados para vocablos antiguos, que se adaptan de mala manera a nuestro pensamiento, en parte debido a interpretaciones muy ralas.
Si preguntamos a muchos de los que llevan en el pecho tatuada la palabra resiliencia, dudarán de su significado y, en el mejor de los casos, del sentido que para ellos tiene ese significado.
Resiliencia vs. resistencia… A mi me da que los occidentales queridas, estamos más concebidos para la resistencia y el estoicismo al menos en primera instancia. La resistencia combate la vulnerabilidad manteniendo firme la virtud frente a la tormenta. La resiliencia, por contrario, abraza la tempestad, baila con ella y hace que un ser en lucha se vuelva permeable a su acción y cambie, modifique hasta la última de sus células para adaptarse a las nuevas circunstancias hasta ser capaz de volver a restaurar el equilibrio original. Es el Be wáter my friend que Bruce Lee dijese en aquella mítica entrevista del 71, convencido de que lo natural es el cambio y adaptarse. Wu wei. Quizá en Oriente sepan, por tradición milenaria (y férrea disciplina) abrazar desde críos esa idea que les hace vivir en el presente aceptando adaptarse al mundo en vez de esperar que ese mundo en constante cambio de creación y destrucción se adapte a ellos.
Nuestros cimientos, en occidente, son otros… más recios, más rígidos, profundamente arraigados a tierra, y elevados al cielo (para algunos). Inamovibles; tanto así que hay quien considera que todo está escrito para ellos desde mucho antes de haber nacido. El sentimiento de vulnerabilidad diría que prácticamente en el 100% de los casos viene a quebrar esa solidez de pensamiento, al menos una vez en nuestra vida.
La vulnerabilidad desgarra, hace papilla la mente del soberbio, comprime el corazón del crédulo, enerva los nervios del confiado. Entra por las heridas de la enfermedad, la pérdida, la traición y se instala bien adentro, remueve y hurga, desestabiliza el más sólido de los andamios emocionales del ser humano y, dependiendo de su naturaleza, lo deja postrado en el suelo o permite que se levante tendiéndole la mano, convertido en sentimiento de tolerancia al infortunio y en fortaleza.
En mi pasada crónica mencioné La Odisea y a Penélope. Ahora me vienen a la memoria Odiseo y su arco. El arco de Odiseo, otorgado por los dioses para la venganza de un Rey frente a la violación de la hospitalidad, no se doblega ante nadie; solo Odiseo puede encordarlo; en una mezcla de fuerza, destreza y conocimiento. En la película de Nolan, Odiseo tensa el arco en una postura de absoluta reverencia; se doblega, rodilla en suelo y, en humilde actitud física, logra la proeza, imposible para cualquier otro mortal.
En otro de los cantos, Homero hace que Odiseo, despidiéndose de Calypso en Ogigia, se suba a una balsa precaria, rindiendo su control al mar de Poseidón. Solo la fe en Zeus lo mantendrá con vida.
En ambos casos, la vulnerabilidad extrema de un hombre, le otorga la fortaleza suficiente para sobrevivir y prevalecer.
En Las gratitudes, el texto “equivocado” encarna la mayor de las vulnerabilidades posibles: ser mayor hoy, en nuestra cultura, dista mucho de parecerse al lugar que ocupaban los ancianos en el pasado. Y sí, podemos convencernos con aquello de que antaño los viejos tenían apenas cincuenta años… pero también es cierto que se dejaba de ser niño a los siete u ocho años. Mismo recorrido.
Para Micka, esa vulnerabilidad insalvable se agrava con la pérdida de la certeza en las palabras, aunque la habilidad de la autora para que las palabras aturdidas de Micka irradien simpatía y dobles sentidos más intensos convierten el texto en una suerte de alegría por el que merece la pena dar las gracias aunque en realidad sea un verdadero drama, una pequeña tragedia individual en la que una mujer independiente y bastante sabia va siendo desposeída de su esencia, empobrecida en su vida física hasta la extinción.
—Wu wei my friend —le susurra el fantasma de Bruce a Micka a sabiendas de que esta tarde no ha sido invitado al “sé” de la tarde. Y es que Micka ya no está dispuesta a escucharlo, ni verlo y tampoco le va la idea estoica de Epícteto, ni siquiera cree ya en el fantasma de las Navidades pasadas de Dickens.
—¡Paparruchas! —se le escapa mientras se sirve una taza de “mé” para ella sola, sin importarle en absoluto que el líquido dorado anegue el platillo decorado con pequeñas rosas rojas.
Sumida como está en la vulnerabilidad, ¿cómo podría Micka sentirse agradecida? El empeño de sus últimos días, el aún no, todavía no, de sus últimas jornadas pasa por encontrar a la familia que la acogió cuando, siendo apenas una niña, no hubo esperanza para la suya propia. Poder expresar lo que no había podido en años ahora se torna irónicamente difícil. Sin embargo, dueña de una ternura a prueba de hachas y aguas torrenciales, Micka ilumina su pequeña habitación con una dorada luz vespertina que celebra la vida. La suya y la de los personajes que interactúan con ella, desgranando el sindiós de su discurso. Y es en una suerte de cadena de favores con los dos amigos que la visitan que Micka logra, lápiz en ristre, transmitir su gratitud y guardar acto seguido silencio para siempre. Gratitud y compasión. Agradecer con palabras, decir lo importante, antes de que llegue el silencio póstumo.
En los mentideros públicos de hoy, hasta las IA más entrenadas, conjeturan respecto al mensaje de Delphine de Vigan a través de Micka en Las Gratitudes…que si el duelo, la muerte, la vejez, la soledad, la gratitud, la ternura… ¡Paparruchas! …¡Queridas mías! No nos hace llorar una anciana. Nos hace llorar su vulnerabilidad, que no es sino reflejo de la nuestra, la que fue, la que es, la que será. Puede que haya a quien simplemente le de lástima la existencia de esa pobre anciana que pierde lo más atesorado en su vida, las palabras, convencido, pobre incauto, de que estará libre de ser doblegado una o mil veces en la vida. La cuestión final es: Cuando toque, ¿seremos estoicamente resistentes o resilientes al más puro estilo taoista? En el fondo, y sin excepciones, son las únicas dos salidas posibles. Y puede queridas lectoras, que tradiciones y extensión de tierra mediante, ni siquiera sean tan diferentes o excluyentes. Virtudes ambas para transitar todos los “aún” que nos queden. Brindo por nosotras y un amplio “aún” dorado, grande como un sol en el horizonte para todas. Si es con una taza de té exquisitamente servida, mejor aún.
Sed agua y resistid mis queridas lectoras.
Siempre vuestra,
LCHT


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