Patricia Romero | La nana de la Moka Pot
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La nana de la Moka Pot

La vieja cafetera de Palmira. No es mi Bialetti pero la imagen es irreprochable.

La nana de la Moka Pot

Para Palmira, por su foto tomada con urgencia y porque sabe de ese amor incondicional.

Para VB, por su italiana cafetera.

 

Macchinetta sin sentido –dijiste la primera vez que te la enseñé. Tu sonrisa llena de dientes me demostró que me adorabas ¡A mí! Un hombre de expresión perpleja y medio rostro oculto bajo un bigote enorme. Sin duda indigno de ti. Parco en palabras, siempre me pregunté cómo fui capaz de seducirte aquel día, hace ya tantos años.

Siempre fuiste una mujer de las que duelen. Incluso hoy que estás ahí, presa de la tristeza y vestida de luto por mi muerte, llevas aún “aquel otro dolor” prendido en tu pelo, enredando tus pasos y reflejado en la expresión de tu mirada. Ese dolor nunca te correspondió porque era el preludio del intenso aguijonazo que sintieron aquellos que te admiraron tu belleza. Yo nunca rechacé ser presa del dolor que provocabas. Que aún provocas B. Más bien me habitué a él e hice de mi adicción a ti, mi mejor estímulo y aprendí a crear a partir de ti. Concebí una ingeniosa máquina de café, inspirado en tus movimientos y tus formas. Toda mi vida se ha convertido en una declaración de amor constante.

-¡B, escúchame! Estoy dentro de una de mis cafeteras borboteando amor aromático e imperecedero. Si ayer era café lo que albergaba este filtro, hoy contiene mis cenizas como última voluntad de pertenecerle a mi propia historia y a lo que tú representas en ella. Mi existencia hecha polvo, molida y ubicada dentro de mi alumínica obra doméstica. Para toda la eternidad.

 

V había amado profundamente a su esposa, a lo largo de toda su prolija vida. La admiraba en secreto aunque rara vez lo hiciera público ni siquiera con el más leve reconocimiento. Sin embargo sus ojos jamás mintieron. B era una mujer poderosa y femenina y todo el mundo le prodigaba halagos. Como guinda de pastel lucía amplios sombreros y faldas bien armadas que realzaban su talle estrechísimo y a partir esa imagen armoniosa proyectó el diseño de su ingeniosa cafetera. V se fijaba más en los pasteles que en las mujeres pero siempre paseó con sumo deleite los ojos por el cuerpo de su elegante esposa.

Él era, pese a su reserva natural, un hombre optimista. Reconocía que no lo sabía todo y hacía años que había perdido ese ímpetu juvenil por saber de todo, saberlo todo y además demostrarlo. Seguía siendo curioso pero esos apetitos sólo le servían para satisfacer placenteramente el discreto paso del tiempo. Solo quería sentirse cómodo y tomar el mejor café del mundo.

Siempre había presumido de ser un hombre sincero aunque a veces ese talante se le había vuelto en contra.

– A la verdad hay que ponerle filtros V, -le había dicho B mientras le servía su acostumbrado expreso de sobremesa. Casi siempre se quemaba un poco la yema de los dedos al servir la primera taza. Esa imagen también se fijó en la mente de V, su cafetera tendría un asa de baquelita, pensó. Su esposa no se lastimaría más al preparar el café.

–Dará igual que se trate del mejor café del mundo, si lo bebes sin filtrar, los posos te resultarán insoportables. Ella le había dicho aquello con una cadencia lenta en las palabras que acompañaban a la ceremonia de servir el café a su marido. Había un porqué en la dilación. Fue el tiempo justo que V necesitó para tomar un amplio primer sorbo de café y que la boca se le llenara de posos de café.

B le había ofrecido uno de sus estupendos cafés sin colarlo.

Adornada por la sonrisa más hermosa del mundo, su esposa le había dado una lección que jamás olvidaría. A la verdad de cada uno hay que ponerle filtros antes de servírsela a los demás. De lo contrario, no podría soportarse.

Y V, que no era hombre rencoroso y siempre sacaba partido de cuanto la vida le ofrecía sobre todo si la lección se materializaba de una forma tan bella, decidió que su cafetera tendría un buen filtro y la forma de las faldas de su mujer. Tendría que parecer una joya. Su máquina de hacer café expreso en casa recordaría a una joya, una perla, mejor un diamante bien facetado como los dientes de su esposa.

Así se gestó la cafetera italiana más famosa del mundo. Corría el siglo XX, los años treinta. Poco más adelante, aquel mismo consejo envuelto en el amargor del café etíope, le serviría para llevar sus cafeteras a las principales casas italianas. Bastó que un gran magnate, con el que la fortuna quiso que se topara en uno de los aseos del restaurante en el que cenaba con B y los compradores de su machinetta aquella noche, dijera que él había adquirido una de aquellas cafeteras plateadas y que hacía un café inmejorable. Al Gran Hombre le hizo gracia la pasión de V y la amplia generosidad de aquel bigotón y le costó poco vestir la verdad de V: “Aquella era sin duda, la mejor cafetera del mundo, solo que el mundo aún no lo sabía”. Una verdad filtrada con tanto esmero que convirtió a V en uno de los empresarios más audaces de la primera mitad del siglo XX. El negocio fue sellado con la sonrisa de B.

Soy V, -dijo él mientras le tendía una mano prácticamente desde el extremo opuesto de la barra.

-Me gusta el café –dijo aproximándose a ella y aspirando el aroma del café solo que ella había ordenado al camarero.

-Se distinguir un buen café en cuanto aspiro su aroma, -continuó. Y así se le presentó V a B una mañana de mayo. La había visto minutos antes en una vieja librería. Después de regresar de Francia, la cabeza le bullía en ideas y carecía de vida social, por eso le entretenía pasear por las estanterías de aquel local. La amistad del librero era sencilla y plácida. Necesitaba un proyecto y un nuevo comienzo.

V no pudo evitar quedarse absorto mirando los lunares que tatuaban la Osa Mayor sobre el hombro de ella. Se quedó prendado de aquel hombro. Y desde aquel primer día le rindió culto al cuerpo de su mujer que hubiera podido llevar a la desesperación a cualquier hombre. Él por fortuna siempre había tenido un elevado concepto de sí mismo y pudo con el firmamento, con la diosa y con la mujer. La enamoró, se casó con ella y fueron felices y también no.

El peor día de su vida ella le habló de una firma de café instantáneo. Él, aparentemente dolido, traspasadas ya las puertas de la vejez, se levantó y llenó una de sus cafeteras siguiendo con reverencia todo el ritual ¡Claro! que sabía preparar el café. Que hubiera dejado que durante décadas se lo preparase B no significaba que el inventor de la maquina más ingeniosa del mundo no supiera prepararse un café perfecto. Se lo había dejado preparar a ella miles, millones de veces si tenemos en cuenta las tazas que extralimitaron durante años la ingesta saludable de café. En definitiva muchísimas tazas de café que ella le preparaba mientras se dejaba llevar por la estética del sonido. La rosca de la cafetera, el agua cayendo en el depósito; el hermetismo del bote refrigerado desprecintando el vacío; el aroma que de tan intenso quería producir sonido, el del crepitar del fuego con el que fue tostado el grano, intensísimo cuando se torrefactaba, más suave y rico en matices cuando era natural, sumándose al del óxido de aluminio de su cafetera. La cucharilla de plata contra el bote de vidrio, y contra las paredes del filtro y otra vez la rosca de la jarrita abrazando el tanque de agua y compactando el café dentro del filtro. El fogón prendido, la llama azul, la espera en silencio. Una gota que se evade, chisporrotea y se evapora al escapar por la junta o la válvula de presión y el agua que asciende lenta hasta que se cuela entre los granitos de café molido llevándose su aroma y su color y ascendiendo por la cánula (como sucedía con las viejas máquinas de las lavnaderas en las que también se inspiró V) , la tapa que hace tap-tap bajo el efecto del aire caliente y por fin, el maravilloso borboteo impregnado del aroma a café. La retirada apresurada del fuego para que no se quemara, que nunca se quemara y sólo se obtuviera el mejor filtrado. Así se abstraía del mundo V al menos tres cuatro veces al día cada vez que su esposa B le hacía un café en su propia cafetera. Pero en aquella ocasión había sido él y no ella quien había realizado el ritual y ella la que escuchaba extrañada. Cuando terminó de brotar el líquido negro y humeante lo sirvió en una única taza de porcelana china jamás enjabonada, nada que añadirle, sin azúcar o edulcorante alguno, sin la más ligera nube de leche o alcohol, fue como siempre salvo que no puso otra taza para el café cortado de ella.

-Esta vez beberé solo Amor, -le dijo.

Ella pensó que estaba verdaderamente herido por el comentario sobre el café soluble, pero irritarlo y hacerle discutir había sido su mejor baza de conversación para romper los largos periodos de silencio en los que últimamente se sumía V, meterse de alguna forma con su idolatrado café había surtido efecto al menos en una docena de veces en los últimos meses. Se disculpó y le observó beber la taza de la discordia. Otros eran los motivos de V. Al terminar, él dejó caer la taza –su taza- siempre aclarada, jamás enjabonada contra el suelo y la contempló estrellarse y hacerse tres gruesas esquirlas; la miró a ella pidiendo disculpas por no explicarse. Ella no entendía pero como en tantas otras veces le dejo desarrollar su silencio, como mera espectadora. Él le pidió un beso y se marchó a reposar. Nunca se levantaría. Pese a la cafeína, aquel sueño fue eterno.

Al amanecer ella leyó una nota. De ser el café un veneno aquella hubiera sido una nota de suicidio perfecta pero a nadie mata una taza de café, ni cien, ni mil a lo largo de una vida. La nota decía:

Ingerir productos negros es como comerse a la Muerte. Yo me he estado bebiendo a la muerte taza a taza y a diario. Mi preciado y caro café. Y hoy he dejado de tener ganas de tomarlo y ha sido la poética forma que la Muerte ha tenido de decirme que ha llegado su turno y mi hora. Ella ya no desea jugar más a que yo sea el vencedor y aún así me ha permitido una última taza. Le agradezco el aviso y la deferencia.

Fue su nota de no suicidio. Su carta de amor eterno. Su beso cafeinómano.

A la vida se le dice sí V, lo zarandeaba B en el lecho donde yacía inerte.

A los olivos, a las respuestas, a la tierra esquilmada, a la venganza, al duelo, a las lluvias a todas las cosas que duelen hay que darles tiempo. Y al lado negro del amor, también. Como el sentido del tacto, el más etéreo y profundo de los cinco, experimentar el Amor es un lujo que hay que saber apreciar. Hay quien llega a viejo engullendo amores como si se tratara de comida rápida; tragar cuanto más mejor sin importar la calidad ni los sentidos. El amor de V y B, aún en el lecho de muerte de él ya anciano fue una historia de amor real y amarga como una buena taza de café solo y sin azúcar. La desaparición de él no significaba la muerte del amor de ella que recompuso la taza, pegó los fragmentos y se acostumbró al amargor del café solo sin edulcorar. Acarició unos cuantos años más aquellas cicatrices de la taza de su marido y recordó su historia, el talento de V. Algunos miles de tazas después, ella también la dejó caer…y sus hijos juntaron los fragmentos de la taza a las cenizas y las instalaron en una bonita urna de cristal junto a la cafetera de veinte tazas ennegrecida por el óxido que contenía los restos de V.

 

Una dama enseñó a V el secreto de beberse el intenso sabor amargo del Amor y le condujo con la fragilidad de un gesto de su mano por el camino por el que se aproximaba su futuro y él le hizo a ella un homenaje inmortal e inventó la Moka Pot. Una cafetera de aluminio, metal que le había dado de comer durante años y que conocía a la perfección. Italia y luego el resto del mundo le agradecerían el ingenio y el Amor.

Y así huelen los hogares donde borbotea una Moka por la mañana. Felicidades cotidianas, sin misterio ni necesidad de explicación; pies descalzos, lencería de cama fresca. El olor a café, el café de V y B. El recuerdo de la primera cita que hizo posible –quizá- todo lo demás.

 

La primera vez que te ví B, sufrí un latigazo de rechazo involuntario. El instinto tratando de evitar la rendición absoluta de mi cuerpo y de mi alma a tu imagen. Te amaría ya hasta el mismo día en que desapareciese de la Tierra y, si después el buen Dios existiera y me otorgase la Vida Eterna, también te amaría. Nunca fui creyente. Y aún así, tras conocerte, añoré sentir Fe en la Eternidad.

Recobré mi mitad de asombro, mitad de enfado. Me había habituado a aquella tienda, en parte porque todo en ella, hasta las rarezas seguían una lógica en sus apariciones. Entrar en aquella vieja librería, después de regresar a una Italia desconocida, el tintineo de la puerta, el crujir de las viejas maderas, el olor a papel envejecido y cubierto de polvo, formaba parte de un concierto constante que aplacaba mi nostalgia e incertidumbre. Lo previsible.

Entonces en aquella mañana azul de mayo, ¿quién diantres eras –tan bella- en aquella tienda? ¿por qué desmoronaba tu presencia mi refugio?

Te ví buscar con ansiedad un volumen antiguo. Casi ninguno de los libros ocupaba estanterías convencionales, ni el lugar en que se los buscaba. Se apilaban en carritos, bañeras, canastas como si aquel mercado de pulgas fuera a desaparecer de la noche a la mañana. Plagado de gatos, solo blancos o solo negros como fichas de damas y un arlequín, también blanco y negro sobre viejos volúmenes de historia medieval encuadernados en cuero. Fuego de velas y humedad extraña proveniente de los muros que parecieran hundir su vieja ferralla muy profundo en tierra pantanosa. Y aun así, todo parecía sostenerse en equilibrio antes de ti. Demasiado joven y elegante. Por eso me sorprendió tanto hallarte allí. No encajabas; ni en la pequeña ciudad, ni en aquella librería ajena a los tiempos.

Parecías absorta y sin embargo movías los ojos con agilidad buscando donde el librero te había dicho que encontrarías lo que fuera que buscabas. Y buscabas de forma precipitada, con la ansiedad de quien tiene que seguir camino y, a la vez de quien no puede evitar seguir buscando. Lo encontraste y te sentaste descuidada sobre una pila de libros, 3 o cuatro gatos se arremolinaron en torno a ti. Buscaste febril como si supieras de antemano en qué página buscar; y leíste encorvada como una niña sobre un trozo de pan con chocolate. Yo te observaba, mientras disimulaba paseando el mil veces recorrido tenderete. Aquella consulta acabó siendo tan intensa que remató con la actitud pueril de repasar las líneas con el dedo leyendo en voz alta aquello que deseabas memorizar.

Reconocí el párrafo, leías a Dante. Terminaste y cerraste el ejemplar, dejándolo con reverencia en el lugar del que previamente lo habías sacado y, dándole las gracias al viejo que se divertía de forma evidente dada la anomalía de la situación, te marchaste. Te saludó con la mano extendida y me miró invitándome a salir detrás de ti. Yo estaba atónito y casi lívido. Ofendido incluso. Como un autómata, prácticamente sin mirar, agarré el volumen y te seguí. Me fui sin pagar pero con la consabida promesa de que regresaría a saldar con creces la deuda si aquella maniobra me salía bien.

Te ví en una cafetería al doblar la esquina. Pediste un café y un emparedado de queso y tomate. Sentada en la barra casi imploraste al camarero para que te dejara un lápiz; algo con lo que garabatear sobre un trozo de papel, obviamente querías librar a tu mente del peso de lo memorizado. Garabateaste las palabras que previamente habías leído en la librería en un arte elíptico por aprovechar al máximo aquella brizna de papel en blanco y la escasa mina del lapicero que el camarero te había prestado. Apoyado sobre la barra a poco más de un metro de ti, extraje el libro y te lo alargué todo lo que dio de sí mi brazo. Casi rozaba tu antebrazo. Cuando reconociste la tapa del libro me miraste asombrada.

Soy V, -te tendí mi mano.

-Me gusta el café –añadí.

Te levantaste del taburete alto que alargaba aún más tus preciosas piernas. Pagaste al camarero y con un gesto casi infantil recogiste el volumen. Al pasar por mi lado me regalaste tu mirada seria y tu primer “insensato” adornado de una sonrisa repleta de dientes. La fiereza de tus ojos taladraron mis retinas y se instalaron allí donde el alma me habita, ocupándolo todo.

Volviste al día siguiente a aquel café y allí estaba yo. Esperando ya tu Amor magnánimo.

-¡Un expreso por favor!

Era 1932. Había regresado de Francia, lleno de ideas tras aprender a trabajar con aleaciones y en concreto con aluminio. Podría considerarme un empresario, un hombre de bien y de provecho. Algo lacónico. Me dejé bigote. Traía en los ojos prendido la fiebre del éxito y para colmo de males, me habías enamorado. Adorabas el café y yo tenía una intuición. Tú me irías diciendo cómo, destilándolo en cada taza de café que preparases para mi, alcanzar la gloria. Fue el acuerdo tácito que sellamos con nuestro amor. Tú me harías el hombre que mi destino me obligaba a ser. Solo tenía que estar en la cafetería y esperar que aceptaras mi primera invitación a pasear. Llegaste. Eras una mujer fantástica con la Osa Mayor tatuada sobre el hombro. La dueña de mi talento y mi destino. V.

 

 

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