Patricia Romero | La fragilidad de los fuertes
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La fragilidad de los fuertes

La fragillidad de los fuertes

La fragilidad de los fuertes

La fragilidad de los fuertes. El equilibrio del triángulo invertido.

Viajo en tren. En sentido opuesto a la marcha como si me resistiera, negándole al viaje su propia naturaleza que es avanzar. Lo cierto es que me incomoda pero mi plaza es una de las cuatro que están dispuestas en torno a una mesita plegable, así que no haré por cambiar de asiento. Siempre me han gustado esos espacios en los trenes. Diminutos salones en los que tomarse un café, apoyar los codos sin restregar la nariz contra el asiento del vecino de enfrente o simplemente mirar de frente sin escrúpulos al compañero de viaje.

Se sienta frente a mí una muchacha, demasiado joven para que una niña de cuatro años la llame mamá. Le acompaña un hombre extraño muy deteriorado para ser el padre de aquella criatura y la pareja de una mujer tan en flor. No encajan, de ninguna forma encajan y, sin embargo, la familiaridad con que se tratan, el afecto que ese hombre destrozado deposita en la cría pone en evidencia que, por rara que pueda ser la historia, se conocen. Son familia. Dejo de construir hipótesis sobre los viajeros, le regalo un rotulador plateado a la niña, como si quisiera disculparme por la intimidad que mi monólogo interior ha quebrantado y les dejo ser lo que quieran que sean.

Prosigo mi marcha. Hacia atrás en el convoy larguísimo que me lleva hacia el sur. Esta vez es el sur.

Hace un par de semanas fue el noreste. Invitada a presenciar un espectáculo de circo moderno que me dejó sin aliento y sobre el que vengo pensando todo este tiempo, un recuerdo que no dejo de marear en la memoria para poder decir algo digno acerca de lo que sentí al presenciarlo.

Ella fue, sin duda, el espectáculo dentro del espectáculo. La equilibrista. Durante los minutos que duró su actuación sujetó el aire, mientras el aire sujetaba cada una de las varas curvas que estratégicamente colocaba en inverosímil equilibrio, en un punto definido del espacio. Comenzó el número ligera, leve, casi fortuita, jugando con un palillo del peso de una pluma; a medida que ella desarrollaba el guión las varas fueron siendo de mayor tamaño, cada vez más largas, cada vez más imponentes, parecían ramas secas de algún tipo de palmera. El aire que sostenía las varas en equilibrio se mezclaba con la respiración de ella que llenaba el ambiente como única banda sonora. Su forma de respirar la sumía en una especie de trance y la conectaba al suelo que pisaba descalza y a todos y cada uno de nosotros que, atónitos espectadores, sin darnos cuenta, conteníamos la respiración.

Me pregunto cuantos de nosotros estaríamos pensando que fracasaría, cuántos que llegaría hasta el final porque algún tipo de truco de circo tenía controlado el final y cuantos, como en mi caso, estaríamos simple y bobamente prendidos de la emoción que se desprendía de aquella forma de inhalar y exhalar aire; de aquella meditación profunda.

Física y Meditación. ¿Por qué no? –Parece factible. Pero el conjunto imponía. Ella imponía. A medida que avanzaba el número hacia el “más difícil todavía”, hacia el “más grande todavía”, una maraña de ramas se cimbreaba en un equilibrio perfecto pero, pese a lo prodigioso del equilibrio de toda la construcción, yo no podía apartar la vista y el espíritu de aquella primera y frágil varita que en el extremo del artefacto parecía impasible ante lo que acontecía siendo parte de algo más.

Ella hacía un esfuerzo titánico. Desconozco el peso de aquellas ramas secas, pero fuera cual fuera la atracción real de la gravedad, en nada podía ser comparable con el peso emocional de su concentración de equilibrista. Terminó de construir sobre su cabeza una bellísima estructura de árbol, una trenza de fibra y aire a la que –ya intuía el público- apenas sostenía un suspiro; la coreografía de su cuerpo, las ramas oscilantes y su jadeo que movía la masa de aire bajo la carpa fue aumentando. A medida que todo en el centro de la pista se intensificaba, más paralizado estaba el público.

Mientras, yo seguía obcecada en entender la existencia de aquel palito.

El número alcanzó el clímax y, en el momento álgido de la expectación, ella se separó de la construcción, elevada sobre la transparencia del aire. Aquel árbol titilaba y oscilaba suavemente bajo el efecto que imprimía ella con sus dedos. Comenzó –creo- a sonar una música leve, entonces ella se acercó a mi varita, la diminuta, la más insignificante, suspendida del extremo ya imperceptible en el corpachón de aquel árbol móvil y tan pronto como la tomó en sus manos, toda la estructura se derrumbó convirtiéndose en un amasijo de palos cayendo estrepitosamente contra el suelo. Terminó el acto. Cesó la música, la respiración y el ruido y yo entendí la fragilidad del más fuerte.

Sigo en el tren. Levanto la mirada y veo el vagón repleto de triángulos que oscilan sobre su vértice, sobre el vértice de otros. Y me siento uno de ellos. Y me siento fuerte y sostenida por una fuerza invisible y física. Y me siento bien. Y conectada. La Y también está en equilibrio eterno 🙂

4 Comments
  • Jennifer

    27 julio, 2015 at 6:32 am Responder

    Me encanta como escribes y describes las emociones que sientes al ver las cosas. Por suerte yo también he visto el espectáculo de “la chica de los palos”, me pareció realmente increíble y reconozco que leyendo tu post he vuelto a guardar la respiración como aquel día, enhorabuena por tu forma de transmitir tus sentimientos

  • Ferran Yániz Pérez

    27 julio, 2015 at 12:51 pm Responder

    Increible Patricia.
    Vi el número de la chica de los palos por TV y fue icreible.
    Que delicadeza, que armonía y que paz.
    Parece mentira que un simple palito pueda sostener todo un universo.
    Qué poca importancia damos a lo que aparentemente es insignificante.
    Gracias por tu literatura. Eres grande Patricia!!!
    Un besazo enorme

  • JUAN CRUZ

    27 julio, 2015 at 10:37 pm Responder

    Patricia que cierto y mensaje mas acertado ; – La fragilidad de los fuertes,- realmente es un enfoque muy esperanzador, para un Mundo y sociedad que camina hacia un cambio, necesitamos despertar conciencia hacia lo supuestamente frágil y que resurja de la maraña de pseudo-fortalecezas , internas y externas .

    “no podía apartar la vista y el espíritu de aquella primera y frágil varita que en el extremo del artefacto parecía impasible ante lo que acontecía siendo parte de algo más”. “Y me siento uno de ellos. Y me siento fuerte y sostenida por una fuerza invisible y física. Y me siento bien. Y conectada. La Y también está en equilibrio eterno”……GENIAL

  • biscuter

    30 julio, 2015 at 6:49 pm Responder

    Espero poder asistir algún día este a número.
    Lo describes con mucha intensidad en un concentrado de dos puñados de palabras, y, como un zumo de naranja con pulpa, entra ganas de verlo o beberlo, según los casos.
    El sonido que producen las palabras cuando se lee el título es muy agradable, diría casi familiar. En el espejo de la mente se puede leer al revés y resulta igual de bonito, “la fuerza de los frágiles”: ¿Azar, o perfección?. Y..¿Por que motivo los escribiste en el otro sentido?
    El espectáculo es una alegoría de situaciones que a menudo se dan en la realidad. ¿Cuantas valientes varitas humanas hay en el mundo familiar, social, laboral, mundial que, igual que hormiguitas solas, sostienen y arrastran varas muchos más grandes y fuertes?
    Nadie lo sabe, sin embargo todos sabemos que existen y que están allí y a veces nosotros mismos nos sentimos como si lo fuéramos.
    En fin, gracias Patricia por este nuevo post!
    Y.. don’t stop, please!!

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