Patricia Romero | Blog Large Image Whole Post
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El síndrome de Hybris

Mary se ha quedado dormida, rendida ante la disputa de Lord Byron y Percy, su marido. Quién podría culparla. Yo también quise evitar el duelo de egos entre tan ilustres pensadores y huí del salón mucho antes. Discutían sobre diversas doctrinas filosóficas, entre otras, la naturaleza del principio vital y la posibilidad de que, descubierto tal principio, pudiera transferirse artificialmente a la materia inerte. Sin embargo, pese al hastío que le provocó a Mary la elucubración de los caballeros, aquellos devaneos depositaron en ella, en su genio literario, una semilla.

Yo, mucho más mundana, me evadí por completo de tan elevadas especulaciones; lo hice prendida del brazo del refrescante aunque tímido doctor Polidori que, sufriendo los constantes desplantes por parte de Byron, no pudo elevar la voz siquiera una vez en toda la velada, para decir que había terminado con cierto éxito y satisfacción personal su “Moderno Edipo”. ¡Pobre!, de sobra sabía él que, oculto entre las sombras, el Moderno Prometeo de Shelley habría de llevarse todos los aplausos. Los que de verdad cuentan: los del público. 

A Mary, en su duermevela, se le cayó al suelo el ejemplar de Paraíso Perdido de John Milton que leía, y mucho me temo que en su frugal sueño, se apoderaron de ella las implacables sombras del juicio con el que Dios condena a Adán y Eva por transgredir las normas… Inmerso en una angustiosa y muy desesperada pena, Adán lleva a cabo uno de los más desgarradores lamentos de la historia de la Literatura: 

«¿Te pedí, 

por ventura, Creador, que transformaras  

en hombre este barro del que vengo? 

¿Te imploré alguna vez que me sacaras 

de la oscuridad y me pusieras

en este maravilloso jardín?». 

Y estas son las palabras precisas y prestadas con las que Mary encabezará la publicación de su Frankenstein o el Moderno Prometeo, en marzo de 1818. Una de las obras más importantes de la literatura inglesa del Romanticismo; aunque eso, ella, lo ignorase todavía. 

Queridas lectoras, tengo la sensación de que, a cada página que leo, una criatura se va formando en el seno del libro, a miembro por página y que soy yo, lectora y cronista, el resultado de esa gestación. Página a página, parte a parte, me voy construyendo desde las entrañas de papel y tinta para despertar como un ser incompleto y afligido.

Frankenstein es una historia en la que el dolor constante de la culpa orada el corazón y el cerebro, porque así se sentía Mary, intuyo; y lo hace gota a gota como una penosa tortura. Frankenstein es un libro de indagación mucho más filosófico que científico, más antropológico y psicológico que el cuento fantástico, o de terror, al que comúnmente se lo reduce. La estética del gótico victoriano lo adapta con facilidad a los apetitos de la época y también lo proyecta a nuestros días tanto en estilo como en contenido. El Frankenstein de Mary Shelley es una obra que abraza el espíritu del Romanticismo a través de la emoción, la observación de la naturaleza, la soledad y la moralidad, convirtiéndose en un pilar fundamental de la literatura romántica. Pero también subyacen a la historia aspectos claves atemporales de la condición humana que nos permiten entender qué significa vivir como humanos, más allá de la biología que nos contiene.

Solo la naturaleza aplaca el dolor de la existencia, observa el Romanticismo. Y sin embargo, es precisamente la naturaleza —la humana— la que busca el avance a través de la ciencia convirtiéndolo en culto y obsesión, para acabar desembocando en el más desgarrado nihilismo, desposeyendo a la vida, a la existencia humana, de todo propósito o significado. Solo la naturaleza aplaca el dolor; lo sublime de lo natural, el sentimiento de asombro ante la grandeza inescrutable de la naturaleza y el temor ante su fuerza indómita. Mary, a través de su creación, trata de explorar lo que hay, en términos absolutos, bajo la piel humana, y hace que nos cuestionemos si hay desgracia en el origen de la Maldad. La criatura de Frankenstein, a la que ni tan siquiera se le otorga un nombre de pila, verbaliza en incontables ocasiones esta duda:

Otras lecciones quedaron grabadas en mí, incluso más profundamente. Conocí la diferencia de los sexos; y cómo nacen y crecen los niños; y cómo el padre disfruta de las sonrisas de su hijo, y de las alegres locuras de los muchachos mayores; y cómo toda la vida y los cuidados de la madre se depositan en esa preciosa obligación; y cómo la mente de la juventud se desarrolla y se adquieren conocimientos; y supe de los hermanos, y las hermanas, y todas las infinitas relaciones que unen a unos seres humanos con otros mediante lazos mutuos. 

Y a la criatura la invadió sin remedio la angustia. Se rindió a la ira, el miedo… la maldad. Y sí, también lo poseyó la culpa.

Mary deja claro muy pronto en la novela que la mirada de Víctor respecto del acto de crear es aberrante y miope. El hecho de otorgar existencia no ha de ser lo único que importe. La criatura, abandonada a su destino queda huérfana, obligada a una vida solitaria por el rechazo que provoca hasta en su propio creador. Surge aquí en términos muy básicos la principal de las hipótesis de la teoría de Rousseau: ¿Es la sociedad entonces la que pervierte a un hombre, bueno por naturaleza?

Pero antes de enzarzarnos en semejante discusión de la que puede que no obtengamos unanimidad en la respuesta, conozcamos algo de lo que hay, en términos filosóficos, detrás de la identidad del yo. ¿Quiénes somos en realidad? ¿De qué estamos hechos? ¿Qué es el yo? ¿Qué convierte a la creación de Frankenstein en un monstruo? Víctor lo construye cosiendo partes del cuerpo de muchos individuos sin que la criatura conozca su propia identidad. La naturaleza compuesta de esta, su carencia de una identidad mental y física singular es un elemento importante de su monstruosidad.

Inventar no consiste en crear de la nada sino en construir desde el caos. Toda invención, cualquier creación, da forma a sustancias oscuras e informes pero no puede hacer que exista la sustancia en sí misma. El amor es inherente a la sustancia. Calor vital le dicen. Algo que el galvanismo no podría imitar, a ningún precio. La moraleja del cuento en lo que a este tema se refiere es simple: La criatura de Víctor Frankenstein debía ser horrorosa porque absolutamente horrorosos debían ser todos los intentos humanos por imitar la fabulosa maquinaria del Creador del mundo.

Si tomamos la noción de Mary de monstruo y le sumamos los conocimientos genéticos actuales llegamos fácilmente a la conclusión de que, siendo seres heterogéneos biológicamente, todos tenemos algo del monstruo de Frankenstein. Y en todos y cada uno de nosotros nace la necesidad de un creador benévolo, indulgente y compasivo que nos ampare y evite que aflore en nosotros la monstruosidad intolerable para la sociedad. Si aceptamos que en parte somos hijos de una creación, engendros que necesitan de la generosidad de un padre para ser aceptados primero y la mejor versión de nosotros mismos después, podemos explorar con menos prejuicios y mayor facilidad la idea de la esencia compuesta de la criatura y la lucha de Viktor con su creación. 

Y como sucede con todas las grandes obras con un claro sesgo visionario, me cuesta evitar, queridas lectoras, que Frankenstein me arrastre hasta un dilema del todo actual: ¿O no es acaso la recién nacida hija de la electricidad, la Inteligencia Artificial, una criatura a un paso de la monstruosidad debido en gran parte a nuestra intransigente arrogancia?

Diferentes individuos, fragmentos de pensamiento que provienen de distintas cabezas, la criatura desconoce su propia identidad y, por ende, desconoce su espíritu, la más pura expresión de su esencia.

Adán, en el Paraíso perdido de Milton fue concebido perfecto por Dios, como una criatura vulnerable protegida por el amor incondicional de su creador.

¡Maldito Creador! El autor Masahiro Mori en El valle inquietante describe cómo los humanos podemos sentir una fuerte conexión empática hacia criaturas que no se parecen mucho a nosotros, ni a formas de vida familiares pero, a medida que las representaciones se aproximan a la forma humana entran en el valle inquietante donde leves desviaciones de nuestras expectativas pueden generar sentimientos de aversión o repugnancia. Víctor, otorgando la fisonomía antropomórfica a su criatura, le priva de la comunión con los demás, convirtiéndolo en un monstruo. Víctor cometió el error de no otorgarle el beneficio de la duda a su criatura. Y le negó la capacidad de desarrollar la inteligencia y la compasión.

Aristóteles sentó las bases sobre la definición de monstruo: desviación de la esencia normal de una especie. La naturaleza humana depende de un proceso de desarrollo que se despliega a lo largo del tiempo y necesita de la compañía y del amor del otro.

Nacer distinto, odioso y terrorífico condiciona inevitablemente esa plenitud y la felicidad. Condenado. Víctor llevó a cabo su experimento y después huyó despavorido. Abandonó a su criatura. Qué clase de monstruosidad es ésta. Abandonó la mente y el comportamiento de un recién nacido y lo arrojó solo al mundo en un cuerpo de adulto contrahecho, a demandar amor con la fuerza de un cuerpo y una mente maduros. Catastrófico. No hay inocencia, sólo ansia, violencia y miedo. Ira y venganza. Maldad. No es culpable intelectualmente pero es perverso por puro instinto de pertenencia, más que de supervivencia.

Hay una relación clara entre el fracaso de Víctor al no sentir empatía, con la cobardía moral de evitar la responsabilidad por las acciones propias o por los resultados que se derivan de la investigación. Y es que Víctor no persigue el conocimiento sino la gloria personal, el poder, la fama. Su ambición lo lleva a convertirse en un monstruo, mucho peor que la criatura que crea. Víctor fantasea con encontrar la piedra filosofal, sustancia con la que los alquimistas sueñan alcanzar la vida eterna. La moraleja: La tecnología, la ciencia, persiguen la gloria y la fama; el poder; no la mejora de la condición humana. Este narcisismo e incapacidad de comprometerse con otras criaturas más allá de lo útiles que puedan resultar y su deseo de gloria son el defecto fatal. La hybris del científico loco.

El castigo a tanta arrogancia, a diferencia del que sufre Prometeo, no será un castigo divino sino las consecuencias inevitables de sus decisiones erróneas.En nuestros días, la cuestión que obsesionó a los filósofos desde la Antigüedad ha dejado de ser teorética, un mero ejercicio de conocimiento, sin proyección práctica, para convertirse en algo urgente, casi desesperado. Si creamos “máquinas humanoides” capaces de pensar como nosotros… ¿Qué nos diferenciará de todo lo creado por nuestra mano y antojo? ¿Qué nos definirá como individuos, como especie? 

Dice la IA de Google de nosotros: Homo sapiens, es una especie de primate bípedo con un cerebro altamente desarrollado, lo que le permite el pensamiento abstracto, el lenguaje complejo, la autoconciencia y la creación de cultura y tecnología. Se caracteriza por su capacidad de razonar, sentir y modificar su entorno de manera intencional.

Como buena romántica, voy a aferrarme a la estela de la escurridiza alma humana… en el ejercicio para evitar caer en el fatalismo, queridas amigas; el problema acecha pero nos concede aún, algo de tiempo. Lo Artificial está asomando y parece del todo imparable pero aún, insisto, tardará algún tiempo en llegar para quedarse. ¿Quienes queremos ser en relación a esas criaturas-máquinas, aberración de nuestros pensamientos, reflejos desvaídos de nuestro sentir… El tiempo pasa y el reloj cuenta, tic-tac… Necesitamos tiempo para asimilar una realidad que nos supera.

Pero tened esto en cuenta: Si abandonamos nuestra dimensión espiritual, la que otorga sentido a nuestras acciones y creaciones, corremos el grave riesgo de convertirnos en la máquina que hemos creado.

Volviendo a la novela, a su fin y final, el alma clara de Mary libera al creador y a la criatura de su Mal. El Polo Norte, que simboliza el gélido entumecimiento de los sentimientos dada la obsesión vengativa de ambos protagonistas es el contexto perfecto en el que se encumbra el carácter del capitán Walton que desde el comportamiento más sencillo posible, ofrece la némesis perfecta a Víctor y también al monstruo; el verdadero sentido de la humanidad, el consuelo y la generosidad de sus decisiones.

Walton, a través de sus actos, redime a la criatura y enfrenta a Frankenstein a su propia hipocresía y vanidad. Psicológicamente, Walton se muestra al principio como un hombre ambicioso y curioso, similar a Víctor en su deseo de conquistar lo desconocido, atravesar el Polo Norte. Sin embargo, muestra una capacidad de autorreflexión, prudencia y generosidad hacia su tripulación que finalmente lo salva de los mismos errores trágicos que cometió Frankenstein. 

La correspondencia que el capitán mantiene con su hermana Margaret nos ofrece una ventana privilegiada a su mente y su evolución como personaje. Cuando conocemos a Robert Walton por primera vez, le está escribiendo a su hermana sobre su apasionada curiosidad, su deseo de conferir un beneficio incalculable a toda la raza humana y su determinación de trazar una ruta segura en los mares sin caminos ¿A alguien más le da mala espina este hombre? ¿No se trata de otra suerte de científico arrogante? Al inicio de la historia, Walton es como un Víctor versión “light”. En vez de esperar a penetrar los secretos de la naturaleza, quiere llegar al Polo Norte; pero en todo lo demás, ambos tienen mucho en común. Walton, al igual que Víctor, es autodidacta. Al igual que Victor, está muy apegado a su familia. Y, al mismo tiempo, Walton es una especie de monstruo. Es solitario; pasa sus días anhelando la compañía de un alma amiga con la que compartir desvelos. Las cualidades de ser solitario y haberse educado a sí mismo son peligrosas y Walton nos ayuda a comprender por qué. A diferencia de Víctor y su criatura, Walton sabe que necesita contarle sus ideas a otra persona, ponerlas en valor; saber si está, o no, en lo cierto.

Y así es como Walton sobrevive a la novela. Pese a haber convencido a un montón de marineros rusos de embarcar en una misión suicida al Polo Norte al final se retracta y da media vuelta para regresar a casa. Y aunque vuelva profundamente decepcionado sin superar el reto al que el conocimiento de las tierras heladas le impelía, aprendió algo mejor. Definió sus límites. Además es el único humano que acaba manteniendo una conversación larga con la criatura. Todos podríamos aprender algo de Walton.

Y todas, queridas lectoras, apelando a la sabiduría helénica, podríamos sujetar con fuerza nuestra hybris, concepto que podríamos simplificar como desmesura o soberbia; anclado al narcisismo, opuesto a la sobriedad y a la moderación. Quizás deberíamos tener más presente en nuestros actos a Némesis, la diosa griega de la justicia, el equilibrio y la mesura. Habría que domesticar hasta erradicar la hybris y orientar nuestra brújula hacia la areté que comúnmente se emplea en entornos profesionales, sobre todo científicos para indicar la excelencia. Para Homero, traducida como el más alto sentido del deber y del honor, el más elevado ideal caballeresco. Los griegos consideraban que la areté era un don divino, que se adquiría por herencia y que no podía ser enseñado ni adquirido.

Apelemos pues a esa divina areté. Seamos más Walton y menos Frankenstein queridas lectoras… hagamos de nuestra frankensteiniana carga heterogénea un ser menos monstruoso y más compasivo. Seamos más amables y generosas con nosotras y, por ende, con los demás.

Siempre vuestra,

LCHT

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Amarillo Nápoles

Queridas lectoras,

 “Porque creo que los lectores leen mis libros mejor de lo que yo los escribí” es una frase de la autora de El verano que mi madre tuvo los ojos verdes por la que voy a colarme para transformar la “fealdad” de su relato en una visión lírica del perdón, la maternidad y el amor. La historia de Aleksi y su madre es un ejercicio naturalista. Describir así la culpa, el miedo y la muerte, tan desnudos y descarnados, ofrece un espectáculo feo aunque enseguida se intuya una grieta muy sutil que permite evadir lo real y dar con un mensaje más benévolo porque, —¡qué demonios!— nunca hay una certeza absoluta en lo que los escritores escriben. Cosa distinta es aquello que, si son talentosos en su oficio, invocan en el pensamiento y el corazón de quienes leen. No hay verdad más pura que la que se despierta en el espíritu de un lector que ha caído en las páginas de un libro bien escrito. Y este, señoras mías, es uno de esos casos.

He aquí mi verdad sobre El verano que mi madre tuvo los ojos verdes. 

Amarillo. Más amarillo. Muy amarillo. Amargo. Cálido y primario. Amarillo como el sol, como el oro o un campo de trigo agostado. El color incondicional de la luz que, aun siendo símbolo de optimismo, claridad y energía, también proyecta sombras y evoca traiciones. Es un color de paradojas, alegre y desconfiado, sagrado y estigmatizado. Todo a la vez. El amarillo será siempre el color de la alegría de los inocentes. Y siempre el color de los incomprendidos. 

Queridas amigas, hoy me siento cubierta por una fina capa de óleo amarillo Nápoles.

He imaginado a Aleksi recluido voluntariamente en un sanatorio, primero porque podía permitírselo y segundo porque necesitaba relacionarse con otros que no lo juzgaran para esquivar así la perniciosa soledad que se estaba cebando con él los últimos años. Decía que quería dedicar el tiempo que le quedara a pintar la memoria de su madre. Llenaba lienzos de amarillo y otros colores, casi siempre primarios, salvo el rojo. Nunca empleó el rojo. Creo que ha tenido demasiado atascado el color de la sangre. Creo que es un sentimiento que ni siquiera le pertenece del todo a él. Que le viene de lejos. 

Mi mente, mucho más inflexible que la suya, me hacía juzgarlo y lo que es peor, me llevaba a compadecerlo al intuir que su fin se acercaba; entonces percibí el tono anaranjado del sol de poniente de su vida pegado a mi piel, haciéndome brillar como a El Dorado. Como una colonizadora, yo aspiraba a la riqueza mental de Aleksi sin importarme la memoria o la locura; pero alguien me dijo alguna vez que, ante el comportamiento de un genio, no cabe la esperanza ni el juicio sino sólo la observación modesta de sus actos, sin intentar ahormarlos con estrechez de miras y mediocridad. 

—¿Por qué pintas, Aleksi? —le pregunté.

Me sirvió la mitad del contenido de una de sus grandes botellas de cerveza eslava en una de las tazas de porcelana ucraniana de su bisabuela. 

—Mi bisabuela, —me contó— se llevó una de estas piezas —dijo observándola entre sus dedos como si se tratara de un tesoro sacro— a Siberia, cuando fue deportada con sus padres a uno de los gulag que compusieron aquel macabro archipiélago histórico. Se la escondió bajo la roseta del generoso moño trenzado, bajo los pliegues del vientre, de los senos y, cuando le raparon el cabello y la despojaron de sus ropas, se las ingenió para esconderla en el jergón de paja que le hacía las veces de cama. Que aquella taza de porcelana blanca y flores de girasol sobreviviera al campo de trabajo ruso fue tan milagroso como que lo hiciera ella. 

Cada vez, al brindar con ella por un nuevo año y una buena muerte, mi bisabuela rememoraba cómo fue, una por una, deshecha en llanto, estrellando contra el suelo las piezas de porcelana de la vajilla de su ajuar minutos antes de ser privados de su libertad y de su dignidad; todo con tal de que los perros del Régimen no expoliaran su pasado. Superó como pudo el dolor lacerante de la impotencia y ocultó lo poco que pudo salvar. Mi abuela y mi madre se complacían en imaginar cómo, el hecho de estar bien entrada en carnes, había sido de alguna utilidad para mi bisabuela. 

Así comenzó nuestra herida familiar—el gesto de pesar dobló la espalda de Aleksi, acobardada hacia delante. El rencor y el odio a la madre patria que nos abandonaba y para la que no hallaríamos perdón posible se apoderó de todos nosotros haciéndonos vivir en una insidiosa sensación de desamparo. Este tipo de heridas se infectan, canalizan los humores bajo la piel, aparentemente sana y perduran durante generaciones —la voz de Aleksi en este punto de la historia se tornó sombría. —Tal vez pinte por ella, por el volumen que deja en mí su ausencia, ausencia que se une a la de mi hermana, a la de Moira, a la de mi madre que inmortalizó mi rabia, tornándose bella en el último verano que compartí con ella.

—Pinto porque el amarillo rabioso se me sale de los ojos. Es el color de la luz que envolvió a mi madre todo aquel largo verano. Desde que me enteré de que estaba enferma, que iba a dejarme solo sin ejercer de madre, tomé conciencia de mi propio miedo. Yo solo era un niño, uno “enfermo” y poco común que superaba a su madre en casi todo. Tardaron mucho en definir mi mal y acotarlo en términos clínicos. La pintura me salvó hasta de los calificativos con los que, durante mi niñez y juventud, me desdeñaron los que tuvieron que cuidarme. Dejé de ser un loco enfermo para ser un genio, un talento, un artista cotizado —su rostro se iluminaba con cierto grado de orgullo, casi diría que vanidad. —Pinto impelido por la misma rabia que me hacía despreciar el cuerpo de mi madre; dolía su mediocridad que la afeaba ante mis ojos febriles; la odié por no saber retener a ningún hombre a su lado, quizá, de haber tenido cerca a un hombre, mi mente infantil no se hubiera fragmentado como la luz que traspasa un prisma de refracción. Pero, ¿¡qué demonios voy a conjeturar yo si mi mente no opera con normalidad!?

Tras esta reflexión estuve a punto de perderlo, inmerso en su océano de óleos cálidos. Tenía que recuperarlo. Para seguir hurgando en él, en su herida. Lo arrastré de nuevo a la luz que persiguen los amarillos de sus lienzos, expuestos ante mí, sobre la blanca tersura de la habitación que ocupa en el sanatorio. 

Aleksi, ¿qué fue lo que cambió al enterarte de que tu madre estaba gravemente enferma?

—Aquel día en que madre se sinceró conmigo fue como si en realidad frotara una lámpara mágica. La enfermedad le soltó el pelo, retiró el velo que empañaba sus ojos, se llevó todo ápice de la grasa que tantos años de vulgaridad con cerveza cernían sus miembros como una boa constrictor; brotó de ella una mujer espléndida, finita, frágil e inalcanzable. Entonces, supongo que se convirtió en mi musa. Mi éxito. No puedo tenerle rencor a mi musa, ¿no?

Y aquella pregunta que no esperaba respuesta me selló la boca; por primera vez en mi historia como cronista, se me habían quitado las ganas de seguir indagando para tener una historia que contar.

Los ojos de Aleksi refulgían y su historia, que no está expresa en ninguna de sus obras, latía, protegida, bajo su piel.                                                                

La bisabuela de Aleksi rezaba cada noche en voz baja aunque en la antigua URSS rezar no estuviera permitido. “Aquel paraíso comunista era un país sin Dios—me explicó—, pero la vieja rezaba. Y siempre rogaba por lo mismo: alcanzar una buena muerte.” Resultaba extraño para el Aleksi etiquetado de enfermo, más aún siendo un niño, pero el genio consagrado lo entendió a la perfección. Aquella mujer emparentada con él a través de la madre, había enterrado hijos, había visto morir a amigos, había sufrido el exilio. No temía a la muerte, temía convertirse en una carga para los suyos. Su oración no era por morir, sino por morir bien. A su abuela, a su madre y ahora a él, hijo y padre de su obra, les pasaba un poco lo mismo. No les importaba morir. Sólo querían hacerlo en paz.

Puede que Aleksi se obsesionara entonces por buscar belleza dentro de lo inevitable. Y así se escribiera una historia en la que la muerte une a una madre y a un hijo que no supieron conciliar sus versiones del amor a tiempo. Tuvieron poco tiempo para quererse pero, como sucede con los amores verdaderos, precisamente en lo efímero, son capaces de dignificar la existencia de quienes lo han sentido. Redención. Paz.

Que bajo la crueldad pueda brillar un ápice de poesía y que, entre el odio y el amor o al menos la ternura, exista una leve membrana ciega, es algo que Tatiana Țîbuleac sabe manejar con destreza narrativa. 

La principal obsesión de Aleksy, que habita un infierno, es el rencor extremo hacia su madre, a la que ve como un verdadero engendro moral y físico. 

Ella sola ha escogido, como sus ancestros, una vida de desarraigo en el exilio, con apenas familia y sin amigos. La enfermedad mental del hijo lastra las escasas posibilidades de ser felices hasta que la inminente muerte de ella, toma partido y lo hace, contra todo pronóstico con belleza y amor; el que no se supieron profesar mutuamente todos los años previos. Tuvieron que ser capaces de condensar su existencia en un último verano juntos y ser, al fin, una familia de verdad.

Que el relato se narre en pasado me hace pensar en una historia recreada, puede que inventada por el propio genio heroico de Aleksi. Los personajes mienten, los genios psicóticos lo hacen con maestría, sobre todo si son víctimas del rencor. Es Aleksy quien nos cuenta su biografía, cuando las cosas ya han cambiado espectacularmente para él, al menos en lo material; con su madre, su abuela, y todas las mujeres de su vida —ningún hombre— muertas.

La energía del odio y el amor es la misma.

Se puede amar desde la luz, o desde la ausencia de esta, porque la sombra no existe como tal. Para entenderlo, solo hace falta hacerse con uno de esos prismas de refracción de la luz; hacerlo brillar en siete colores distintos para entender la naturaleza de la luz, del amor e incluso del odio.

—Yo siempre te he querido, Aleksy. De la única forma que sé hacerlo pero te he querido, siempre. —le había dicho la madre más de una vez mirando el sol ponerse en la campiña francesa donde quiso decirle adiós a la tierra.

—¿Y qué forma fue esa de querer, madre? ¿Relegar mi precaria educación a una institución psiquiátrica, reduciendo aún más mi insignificante existencia? —le pregunta ahora buscándola en el cielo porque nunca fue capaz de hacerlo en vida, en los últimos días de su estrecha vida. 

—Desde que naciste Aleksy, tú me quisiste con odio. (Ella le responde a través de las voces que aún puede escuchar en su cabeza. Aleksi ha domado a sus demonios con los pinceles pero ahí están, cobrando cuerpo, materializándose en función de las preguntas que se hace). —Yo te di de mamar hasta la aniquilación; los pechos me sangraban de la rabia con la que me mordías; todo el mundo me aconsejaba que lo dejara, que el daño sería irreparable pero yo desatendí aquellos consejos, desoí el dolor de mi propio cuerpo y te di de mamar para asegurarme de que comías. Era mi forma de quererte, Aleksi. Enseguida supe que todo mi amor y todo mi sustento, que toda mi sangre derramada no sería suficiente, no para ti. 

En toda escritura hay un acto de arrepentimiento, de disculpa, de perdón y también de miedo. 

“Escribí ese libro para mi hijo y también para mi padre”, le contó TT a un colega. “Porque el concepto de maternidad me golpeó. Pensé que no sería capaz de sacarlo adelante, que no sería una buena madre. Y también lo escribí para pedir perdón a mi padre, para decirle cosas que no supe decirle en vida”.

Busquen entre los demonios que las vuelven locas, queridas lectoras; tal vez, entre las luces y las sombras de los juegos chinescos que se proyecten, descubran un genio dormido esperando a su verano para despertar. Maten al padre, a la madre o a quien les haga vivir con el miedo que no les pertenece y que les impide pintar su amanecer de brillante amarillo Nápoles.

Siempre vuestra,

Lady Cherrytree

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La hora del lagarto

Queridas lectoras,

Sentada delante de mi escritorio, con los dedos extendidos reposando sobre una hoja en blanco, completamente quieta y con la mirada tan perdida que parece que a mis ojos les hayan brotado alas de mariposa, me pierdo en busca de la esquiva inspiración que me regale la palabra para hablaros de la sirena. Reparo en que, sobre el volumen de Sampedro, descansa el de Tatiana Tibuleac, El verano que mi madre tuvo los ojos verdes, y me hace sonreír un hallazgo tal vez banal que, sin embargo para mí, se muestra lleno de connotaciones aunque, relativizando, puede que simplemente se trate del estado febril en el que me encuentro al escribir estas líneas. Llamadme loca queridas lectoras pero, ¿no es la madre de Alexi acaso una vieja sirena varada en su vida insignificante? Voy a dejar volar la cuestión junto a la mariposa de mi ensimismamiento porque no quiero romper el encanto que ofrecen las páginas aún por leer para aquellas que aún no le hayáis hincado el diente al libro de la moldava. Dejémoslo en que, en mi delirio, he dibujado a la sirena, esta vez una muy terrenal del siglo XXI, sobre la piel de la madre; así de profundo nadó Glauka en mi mente y en mi pecho. Tanto que aún la tengo produciendo burbujas de oxígeno en mi interior. Todavía muy viva.

Es La vieja sirena un libro que acompaña; un libro que hace bonitos y verosímiles, hechos —reales o no— de la historia de Alejandría en el siglo III d.c., a través de la reflexión filosófica, de lo mágico en el mito y de lo fantástico en el cuento de hadas. Tradición, historia y leyenda, vertebran la cola de la sirena, personaje central en una obra coral de dimensiones colosales. 

Los círculos del tiempo 1: La vieja sirena reinterpreta, de una forma brillante y exigente, el mito que ha evolucionado desde la figura alada de la Grecia clásica a la mujer pez del bestiario nórdico y que Sampedro recupera con un mensaje tan claro como contundente: Para existir en el mundo de los humanos es necesario ser nombrado.

Glauka, mujer de un rostro inolvidable pero de muchos nombres enterrados, fue sirena en su vida anterior pero –—¡pssssttt, silencio amigas!-—, eso no se sabe de primeras y no se sabrá, más allá de que lo predique en avanzadilla el título de la obra, hasta que ella alcance el propósito de su destino. El misterio de su esencia quedará a resguardo, porque ella misma —Glauka— desconoce quién es y nosotras solo la fuimos intuyendo hasta que, por fín, se descubre en su desnuda plenitud gracias al amor carnal de Ahram.

—De acuerdo, sirena sí pero, ¿por qué vieja? —me hubiera encantado poder hacerle esta pregunta a su autor y haberle escuchado responder: 

—¡Ah! mi muy querida lady —me hubiera podido decir el amante lesbiano— ¡ahí está otro de los conceptos principales de la novela! Será vieja porque así la nombrará, en última instancia el Tiempo. El tiempo de sirena, vestido de eternidad y tocado de mortalidad. 

Aun siendo un relato de ambientación histórica, ubicado en la  antigua Alejandría, el autor justifica con constante verosimilitud la existencia de ese ser mitológico que presta su carne y su razón de ser para que las ideas de identidad y de tiempo giren en espiral en torno a un eje y tercer concepto inexcusable en la novela: El Amor.

Se va a dar un triángulo de amor en cuya cúspide estará Glauka. En la base, la pasión hecha de carne masculina, dos hombres que le darán a Glauka el significado definitivo de ser: Su identidad y su libertad.

Glauka, Ahram y Krito, serán puestos por el autor mil veces al límite. Hay mucha investigación de las fronteras en esta obra y por lo que he podido averiguar, en todas las escritas por Sampedro. Los tres personajes, bendecidos por el Espíritu líquido del mar, abisal y sin límites, se defienden de fronteras políticas, sociales, geográficas, físicas e ideológicas que, desde Grecia y Roma, pasando por Persia, Palmira y Alejandría, sirven al autor para presentar problemas de igual índole en nuestros días. Si el Amor es el primer gran tema de esta obra, la búsqueda de la libertad y el reconocimiento de la identidad y la diferencia y la dualidad le van a la zaga. 

Glauka, como solista —quise decir protagonista—, aparece ante nosotros como una mujer sin identidad, ni memoria a quien el Amor, encarnado en Ahram, su Ulises, le descubrirá su verdadera naturaleza.

La vida de Glauka, antes de revelarse como sirena, se multiplica en posibilidades. Glauka es un misterio.  Encontrada por una familia de pescadores, su vida se irá llenando de significados a medida que la vayan nombrando. El personaje de Glauka se multiplica como humana siendo muchas mujeres en función de quien la posea y la nombre. Será Kilia para su primera familia, Nur para Uruk, Irenia para Domicia y Glauka, por sus ojos, cuando llega hasta Arham. En la cueva de la diosa de Ahram, allí donde él franquea la frontera (otra vez los límites) de lo mundano acercándose a lo divino, ella se reconoce como la sirena inmortal que fue y atraviesa el límite en sentido inverso, de semidiosa a humana. Y es aquí donde, si no por primera vez, sí de forma mucho más intensa, Sampedro acaricia con su prosa la membrana dúctil del tiempo. ¿Qué es y dónde está? Los humanos, ¿le pertenecemos al Tiempo o es el tiempo, en su faceta infinita, el que pertenece a cada vida? 

De cualquiera de las formas es en su cuerpo mortal que Glauka se descubre sirena: su cabello, sus ojos, su cuerpo que sana, fuerte y joven. Su habilidad por establecer conexión con los elementos naturales, con el mar… todo se le vuelven señales que desentrañar.Gracias a su condición humana es que ella experimentará el amor que tanto la cautivó al verlo expresándose sobre los cuerpos de los dos desconocidos que avista en la playa nada más emerger del agua. La sirenita de Christian Andersen también desea ser humana por amor, aunque Glauka persigue el sentimiento, no solo como amor amante y principesco, sino como antídoto existencial contra la indolente eternidad divina; lo sueña, porque no puede anhelar aquello que nunca ha sentido; su eternidad en el océano junto a sus hermanas solo es hastío, un existir por siempre sin sentir o padecer. Todo lo contrario al amor que ella intuye en los cuerpos de la playa. Y lo sueña, lo desea para sí. Quiere huir de esa esterilidad del ser en lo eterno, escoge el sufrimiento, el calvario de su cuerpo mancillado en el falso amor de los hombres y, al final, el deseo, la pasión, el orgasmo físico y el paroxismo del amor verdadero. No en vano es Afrodita quien la ayuda a traspasar el umbral de la eternidad y convertirse en un ser mortal, expuesta a las pasiones humanas. Vive, saborea y descubre el amor en la Tierra de los mortales en todos los sentidos posibles hasta que descubre un nuevo límite a traspasar: Los hombres tienen la manía de morir.  

Glauka suplicará de nuevo el favor de Afrodita pidiéndole que le devuelva su condición de sirena. No podrá recuperar la inmortalidad, le responderá la diosa; ¿Para qué habría de servirle si no la desea? Ella solo quiere unirse definitivamente a él. Un hombre poderoso acostumbrado a la batalla, en mar y tierra que se rinde ante el hechizo de Glauka sin saber que es una sirena, igual que la mayoría de los hombres que aparecen en la novela. Glauka consigue enamorar al hombre pero ella no es, como sus hermanas en La Odisea, un ser seductor y peligroso, a priori porque ella misma desconoce el poder de su naturaleza. Ahram puede acercarse a ella sin temor, en la creencia de estar acercándose a una esclava, una mujer fascinante pero mujer a fin de cuentas. ¡Qué identidad dual la tuya, Glauka! Mujer y sirena. Mortal e inmortal. Esclava y libre. Este rasgo cambiante de Glauka se expresará en toda su magnitud cuando descanse, también enamorada, entre los brazos de Krito.

—Pero, ¿¡tú de qué vas, sardina!? —dijimos muchas, enamoradas como estábamos hasta las trancas desde las primeras páginas, de este atormentado personaje andrógino, culto, sensible, generoso, presto al desasosiego y melancólico— ¿no tienes bastante con el líder fuerte, varonil y devoto de Ahram, el navegante? ¿O con los escarceos de la ladina y bella Zenobia?

La respuesta de Glauka, de haber podido responder a nuestra interpelación, hubiera sido simple y carente de maldad o perversión, Ella amaba una sola cosa: el Amor. Jamás comparó o extrajo juicio. Cada uno de sus amantes, un espejo. No, mejor aún. Fragmentos distintos de un mismo reflejo. Eso es. Ella amaba ya desde las aguas una misma cosa: El amor en sí mismo y sin forma. Por eso amó a un humilde pescador que le daría una hija a la que perdería porque no pueden ser madre las sirenas, y amó a un bárbaro mutilado y a una mujer perseguida y amó a Ahram y a Krito que, en el fondo, también se amaban entre sí. Amor hasta las últimas, amor a muerte.

Sampedro nos lleva hasta la idea de la muerte vista como otro límite que atraviesa, literalmente, la sirena: el  precio de la muerte no le parece demasiado a cambio de lo que la vida supone. La sirena simboliza, en última instancia, la idea de eternidad, pero una eternidad reinventada: no es la infinitud de los dioses, sino la condición finita de los humanos; es la muerte la que permite acceder a la eternidad, porque es el tiempo de los mortales el que dota a los momentos de su valor infinito y sin el tiempo no existiría la eternidad en el Amor. 

Glauka vuelve a ser sirena, una a la que el paso del tiempo mortal y el dolor han envejecido para descender al fondo marino, hasta la tumba de Ahram que será también su sepultura, a esperar la muerte junto al cuerpo inerte de su amado humano y acepta con naturalidad, sin miedo ni arrepentimiento, las condiciones de Afrodita: Tras la  plenitud, llega la muerte y, con ella, el verdadero sentido de la existencia. 

En esta ocasión, quiero dedicar el esfuerzo que me ha supuesto investigar sobre los motivos de José Luis Sampedro para crear a su vieja sirena, el trabajo arduo de sentarme junto a la musa que, a veces, se esconde de maravilla y el ratito, siempre lúdico, de escribir estas letras, a una sola de mis lectoras; gracias a ella, esta historia de trascender en la eternidad del amor llegó a mis manos. Y me sumió en una bendita hora del lagarto.

No nos engañó. Sabíamos, todas nosotras, que era una lectura difícil y exigente.

Hoy, gracias a lectura sugerida por Juani, yo me siento más permeable y una pizca más reconciliada con la raza humana.

Gracias, a todas las que habéis leído esta historia de Amor, por vuestra compañía. No ha sido tarea fácil pero hoy, gracias a la lectura, todas tenemos en la mirada el fugaz reflejo de una mirada glauka para observar el mundo con la inocencia de una nueva sirena.

Siempre vuestra,

LCH

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El manuscrito de fuego

La rehabilitación del edificio ha silenciado incluso las voces de los fantasmas. Y es que el aire de la sierra donde se asienta el antiguo sanatorio militar, se ha convertido en un bien inestimable desde que una cúpula tóxica cubre el cielo de la ciudad. Los que no pue-den pagar un purificador peregrinan allí donde el aire es compatible con la vida. Hay casu-chas bordeando la sierra, un asentamiento espectral al amparo del hospital, más vivo que cuando fue relegado al abandono.

«El guerrero no cesa de presentar batalla; pero se aparta a veces del muro de escudos y permite que otros ocupen su lugar».

Acaba mi turno en urgencias tras horas decidiendo qué tratamiento administrar a cada paciente en función de su probabilidad de sobrevivir. Echado en el sofá de casa, trato de conciliar el sueño. Ella está por llegar y siento su ausencia más que en ningún otro momen-to del día.

«Los guerreros apoyan sus escudos superpuestos para formar una sólida pared de ma-dera y hierro. La protección es potente ya que cada soldado se beneficia de la protección del escudo de su compañero y del suyo propio».

Al despertar siento una especie de presagio físico. No es muy científico, pero describe a la perfección la náusea que siento, después de una siesta insatisfactoria, atascada en la garganta y haciéndose un nudo que me ahoga. Ha anochecido y ella debe estar a punto de llegar. Arrastro los pies por la casa encendiendo luces, como si las ventanas iluminadas le sirviesen de faro. Tengo miedo de que la persona que regrese sobre la bici de mi mujer sea una impostora; miedo de haber perdido la capacidad de reconocerla. Las luces me hacen creer que estamos a salvo.
Desde la casa se intuye la actividad del hospital vibrando con ritmo frenético y mientras observo, ella llega y descabalga despacio de su bici. Tiene unas piernas eternas que ha-blan de la fortaleza de su ser. Mi imaginación se inflama solo con que ella baje de su vieja Kronan. Me sacude la mansedumbre con la que me protejo de la muerte y de las decisio-nes salomónicas del triaje en el pabellón de urgencias. Me devuelve la condición humana con la que salí al amanecer como médico —no como héroe—.

«El guerrero se abraza a aquellos con los que comparte batalla, bebe de la misma bote-lla, come del mismo plato y alimenta su espíritu sabiendo que no está solo».

Cenamos y bebemos algo de vino. Ella alza su copa y busca la mía. Yo parezco un signo de exclamación materializando mi desamparo ante los acontecimientos. Mis brazos caen pegados al cuerpo magros y sin gracia. Cada jornada, supone tragar píldoras que se me adhieren a la garganta y que solo se disuelven al final del turno. No es por tratar de paliar a destajo el sufrimiento de los pacientes, sino por tener que enfrentarme a una admi-nistración sin capacidad de resiliencia o liderazgo.
Hace tres meses que me sancionaron por robo. En realidad, contravine la norma de inte-rrupción forzosa de embarazo en caso de evidencia de exposición tóxica. Nunca lo supie-ron. Los embriones han de ser eliminados antes de nacer si existe la mínima sospecha de que el feto pueda desarrollar la Malformación. Así se controla además el crecimiento de una población condenada a no poder respirar. Ser de una clase desfavorecida como el caso de mi paciente empeoraba las cosas.
Quería llamarla Inma —me dijo la madre llorando—. La rabia me hizo obviar las restric-ciones para ayudarlas. Le practiqué una amniocentesis básica para determinar si el feto había desarrollado la enfermedad. Era una niña, estaba sana y tenía que sacarla adelan-te.
Aquella noche, llegué a casa tarde y alterado. Mi mujer que conocía bien los orígenes del sanatorio me ayudó a buscar una solución. Existían, en el edificio principal, habitacio-nes de aislamiento para los veteranos, achacados de tuberculosis, que debían permanecer aislados.
Encontré el ala de aislamiento y dejé a la mujer en una de las habitaciones con la pro-mesa de suministrarle alimentos y agua; le presté un viejo ejemplar de El manuscrito de fuego que siempre tenía en mi taquilla y un móvil de prepago. El día del parto llegó pronto y con un simple mensaje: “Inma”. Volé hasta el cuarto recogiendo a mi paso cuanto era capaz de recordar que necesitaría para atender un parto. Solo era un médico atribulado por los pasillos. Estaba agachada, salvando el volumen de su vientre entre las rodillas mientras apoyaba la cabeza entre las manos y el pelo le caía húmedo hasta el suelo. Es-taba tan dilatada que la coronilla morena de Inma sobresalía de ella como un sol naciente. A dos indicaciones mías, Inma salió a la luz del mundo. Estaban sanas, pero no salvas.

«El guerrero renegará de los traidores que huyen presas del miedo y de los que están dispuestos a apuñalar por la espalda al amigo».

Un funcionario de cabeza ridículamente pequeña detectó que yo había cogido material que no había utilizado, ni reintegrado al depósito. Con el talante del necio que espera re-compensa, me denunció. Pero poco pudieron hacer más allá que castigarme por robar un poco material para suturas. Nadie reparó en la mujer que abandonaba el hospital, aferrada a una bolsa de basura. Inma llegó a su hogar, envuelta en ropa sucia de hospital. Puede que la sombra de un viejo soldado caído las escoltara.
Al llegar a casa aquella noche, lloré sobre sus largas piernas. Quizá debo respirar pro-fundamente porque el mayor problema no es la escasez de aire. El manuscrito del fuego dice que, si un guerrero puede acabar con diez enemigos y dar muestra de ello, entonces diez de sus hombres podrán con cien y cien de estos, con mil. Ella es mi soldado número uno.

«El guerrero ama hasta el último aliento. Y siempre vuelve a lo que ama, regresa al ho-gar y el corazón de ese hogar habita en el interior de su esposa».

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Retrato en papel manila

Retrato en papel manila
(Solo los reyes tienen corona)

Camino despacio. Hace poco más de una hora que he salido a la calle y más de dos que he tomado el primer café de la mañana. Son las siete y media. Hay suficiente luz como para distinguir los rasgos soñolientos de las primeras personas que ocupan las aceras. Ni siquiera estaba caliente; me refiero a ese primer trago de café que me he echado al gaznate, a hurtadillas en la cocina para que la jefa no se despertara antes de las ocho y treinta, truncando mi paseo diario y el desayuno adecuado para un hombre como yo. Si ella me sorprendiera calzado y bebiendo café, me llamaría viejo majadero, me quitaría la taza fría de las manos y me enviaría a la sala de estar, un espacio que la luz atraviesa filtrada por el visillo, reflejándose sobre una lámina enmarcada que proyecta formas geométricas de luz y colores desleídos sobre la pared. Una iluminación mundana para el paraíso de algunos. Mi doña incluida. Yo prefiero la calle, como metáfora perfecta de la huida que llevo ensayando desde que me jubilé como mecánico técnico de la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles. El día que estampé la firma en aquellos papeles que resolvían mi pasado y auguraban mi futuro, mi vida pareció ser condenada —con la sentencia dentro de un sobre de manila— a reclusión, en una sala donde los cristales de los cuadros proyectan haces de luz sobre el tabique de un piso pagado con los ahorros magros de una vida y el apoyo del banco que nos regaló aquellas láminas enmarcadas para hacernos soñar con el Prado, la Uffizi o el palacio de Belvedere. Imágenes que compiten a diario con los pañitos de ganchillo que teje la jefa por las tardes y que cubren todos y cada uno de los enseres de la sala. De la tele a la máquina Singer de coser pasando por los reposacabezas del sofá. (El día —mismo día— que descubrí que había cubierto con labores de ganchillo el rollo de papel higiénico, la tapa del retrete, las bandejas del frigorífico y el horno, supe que la guerra estaba perdida. La jefa había ensartado mi virilidad en una aguja de crochet y había cubierto el cadáver con uno de aquellos intrincados tapetes de falso encaje. Aquel día asumí que éramos dos ancianos, pese a la juventud de mi espíritu).

Entenderán, o no, que quiera escabullirme a la calle como un chiquillo, con apenas un café frío en el estómago.
No debería tomar más cafeína hasta las once de la mañana, pero es que detesto “el café” del Hogar. Las asistentes sociales piensan que, por viejos, somos tontos, pero yo he bebido litros de achicoria y malta antes de que ellas supieran siquiera lo que era un vaso. Mientras camino en dirección al club del jubilado, mi cuerpo aúlla por un buen café, edulcorado con dos terrones de azúcar y un poco de leche. Paro en el quiosco de la estación y compro el café, me lo sirven en un vaso de cartón demasiado largo para el líquido que contiene y la joven que me atiende, en un tono automático de buzón de voz, me ofrece una rosquilla por un euro más. Consiento y mientras le abono el importe, me debato en si debo o no tragarme la rosquilla y el café dulce. Si, una vez pagados esos dos eurillos, le ahorro a mi hígado y páncreas cansados el veneno glucémico u obedezco los designios de mi cerebro que ha consumido todas las calorías ingeridas anoche con la cena de la jefa, a saber: una lata de sardinillas en aceite revueltas con un tomate, aliñado con ajo y perejil y una infusión de hinojo, con una galleta de avena.

—¡Vamos viejo! no te lo pienses tanto y entra en calor con un poco de azúcar. Hace un frío de mil demonios, déjate de los formalismos nutricionales propios de tu edad y date el capricho, —te dices a ti mismo mientras sales del hall de la estación donde está el quiosco del café.
A las puertas de la estación, un hombre poco más joven que yo clama una limosna. Si fuera generoso, le daría sin dudarlo el café con la rosquilla. Sería una salida fácil y complaciente. Si le doy a este hombre mi desayuno, seré un alma buena y me veré recompensado con un día más de salud.
—¡Al carajo! Hoy quiero sentir animado mi propio pellejo. Confort del tipo «me como un rosco, aunque no deba». Así de pueril soy a veces. Entonces, caigo en la cuenta de que hace cosa de veinte días que, a regañadientes y con las lágrimas de la jefa por delante, después del más reciente ataque de angustia, empecé a tomar unas pastillas de paroxetina que el médico de familia me recetó; el buen doctor le puso el nombre técnico para que yo no descubriera demasiado pronto que se trataba de un antidepresivo pero, con la caja que la jefa me trajo de la farmacia entre mis manos, comencé a jugar con la raíz etimológica de aquel medicamento genérico que venía a sumarse al pastillero de dos pisos que ya tengo sobre la encimera de la cocina, bien a mano. Y me costó poco deducir que una pastilla de paroxetina está concebida para reducir los ataques de exaltación y por lógica las crisis de ansiedad, cualidad del angustiado y a su vez relacionada con el verbo latino angere de las que nos vienen otras palabras como congoja o angina. ¡Angina! Como la del pecho, que me obliga a tragar dos tercios de las pastillas de mi pastillero azul. ¡Ahí estaba la madre del cordero! Era un hombre de edad avanzada, con angina de pecho y deprimido. Tomé las primeras pastillas con la docilidad que impone el tedio. Y por fortuna, la química tiene sus reacciones al margen de lo que el espíritu piense. En menos de una semana empecé a notar cierto grado de tranquilidad, cierto descanso hasta llegar a ser el de hoy. Un tipo comiéndose un bollo y bebiendo café delante de un hombre que pide limosna en la calle. A veces, los fármacos te enseñan quién diantres eres. Me río. Tantos años convencido de ser un buen mecánico de trenes, buen padre, buen esposo y resulta que tal vez sea algo totalmente diferente. Y lo descubro ahora que el margen de maniobra se me acaba; que mi cuerpo y la sociedad cierran filas manifiestas en torno a la palabra “anciano”, que cae sobre mí como una lápida prematura.

Salgo de mi embelesamiento; el sintecho me mira pasándose el dorso de la mano por la nariz congelada y sin saber si debe ponerse a la defensiva o venir a socorrerme. He debido de quedarme mirándolo fijamente pero totalmente abstraído; trato de sonreírle avergonzado. Se relaja. Del bolsillo interior del chambergo saca un paquete blando de cigarrillos y extrae uno entre los labios diestros de fumador empedernido, alargándome con la mano la cajetilla como ofrenda. Le hago un gesto agradecido de renuncia, pero me acerco hasta él con mi rosco mordido en forma de U y mi vaso de café humeante. Me pongo a su lado. Le tiendo mi café, luego la rosquilla a medio comer. Los acepta. Come despacio. Entre sus escasas pertenencias descubro una edición barata del libro 1984. Intuyo que la situación desfavorecida de este hombre trasciende a la justificación fácil y muchas veces errónea o cuando menos incompleta del juego y el alcohol. La vida de este hombre tuvo que ser arrasada por algo inconcebible o alguien perverso. No me atrevo a preguntar, pero sé a ciencia cierta que la vida de este hombre estuvo, en algún punto, sentenciada en el interior de un sobre de manila. Tal vez fuera un finiquito injusto, tal vez un informe médico desfavorable o un divorcio crispado. ¡Qué sé yo! ¡Es tal la fragilidad!

Una frase de George Orwell flota entre el polvo, el humo sucio de los coches y los virus que pueblan el aire de la gran ciudad que el mendigo y yo compartimos: «Lo importante no es mantenerse vivo, sino mantenerse humano».

Aquí estamos, dos viejos injustamente sentenciados, cubiertos por un profiláctico papel manila, más humanos que vivos. Reímos, porque la sabiduría que nos desconsuela así nos lo pide. Reímos tan fuerte que el papel manila se estremece, crepita y se resquebraja. Mientras otro día avanza, por la herida abierta del papel, entra y sale el aire que el otro viejo y yo, intercambiamos con la gran ciudad.

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Y llegó Violette.

Llegó Violette. Aparté mis lápices infantiles, mis hojas garrapateadas y pasto de cajón, para enfrentarme a la tinta china indeleble sobre el papel blanco. Mi madre, que nada otorga y todo lo da, me compró un cuaderno. Cuarenta láminas de 35x50cm. y 240gr. de grosor para técnicas mixtas. Me regaló cuarenta silencios níveos. Y con aquel ejército de hojas llegó un mensaje que ella nunca emitió aunque mis receptores nerviosos lo percibieron con precisión corpórea: —¡Hazlo! —¡Y hazlo bien! —¡No te defraudes, no decepciones! Así me interpela habitualmente el ego, aunque invoque la voz de mi madre.
L´homme semence llegó a caballo del eco de un diálogo con Phil Camino. El clásico libro francés había sido traducido al español en Chile y fue titulado El hombre semen. Nos dio la risa. No reflejaba la delicadeza de quien lo escribió. Lo cierto es que decidimos el nuevo título antes siquiera de negociar con la familia de Violette la publicación del libro en España.
Entonces leímos en profundidad El hombre simiente; Phil el texto original en su lengua materna, yo la traducción de la edición chilena y ambas caímos rendidas ante la entereza y la pasión de las breves palabras de Violette. Atemporales.
Es difícil para una pequeña editorial como la nuestra optar a una traducción de una obra que ha suscitado tanto interés en su país de origen como en otros lugares. Más si, como pretendimos desde el comienzo, queríamos hacer una edición especial e ilustrada. Traducción y dibujos debían pasar previamente el filtro de la atenta mirada de Vito, el agente literario que gestiona los derechos internacionales de la obra y, pasado ese primer corte, la oferta tenía que ser aprobada por la familia de Violette.

Que la traducción la mimaría Phil Camino tenía una lógica aplastante. Española y francesa. Escritora, editora, traductora nativa, quien si no ella iba a plasmar en castellano la belleza de aquellas palabras de principios del siglo XX.
Pero, ¿quién iba a encargarse de las ilustraciones? —Tenía que ser una mujer que captara lo esencialmente femenino y también la dualidad con lo viril. Masculinidad primero ausente y luego materializada en el deseo, la sexualidad y la fertilidad, cosidos a la llegada del primer hombre al valle.
Desde ese momento de conjeturas junto a la mesa de Phil llena de papeles, y hasta el compromiso de encargarme de los dibujos, todo se vuelve borroso y no sé en que momento dije que sí y firmé —con sensación diletante— el primer contrato de ilustradora.

Lo logramos. Lo hicimos con la facilidad con la que a veces suceden las empresas que se llevan a cabo con osadía. Sellamos el contrato de traducción con Vito y entonces, el agujero blanco en forma del cuaderno que me regaló mi madre, se abrió ante mí ocasionándome vértigo y rigidez de cuello. El papel se volvió un espejo y yo apenas podía soportar su reflejo.
Leí mil veces y traté de llegar a Violette a través de sus palabras incluso en sueños. Quería imaginarla. Ya lo habían hecho otros puesto que la obra fue llevada al cine. Pero la Violette que yo veía, incluso en mis propias pupilas dilatadas por la excitación y el riesgo de equivocarme era distinta. Volví a leer sus palabras originales y su versión traducida, hasta que por fin, aquellas delgadas líneas que provenían del pasado fueron convirtiéndose en trazos nerviosos sobre el papel bajo la acción de mi mano.
Quería algo inconcluso, algo permeable al tiempo, casi inconspicuo y sobre todo efímero. Quise el trazo grueso y contundente de la tinta china como las arterias que les cercenaron a los hombres, pero quise también la capilaridad sutil y multiplicada del grafito, como las manos de la mujeres que sostuvieron en pie al pueblo y a los hijos. Quise el rojo, el de la sangre derramada de ellos y bebida por la tierra, el de la sangre sin fertilizar de ellas, también derramada en vano y el rojo de la pasión, la sangre latiendo fuerte en los órganos sexuales por el deseo, el de antes, el de hoy y el de mañana. Todos en las palabras de Violette. La pulsión erótica y la muerte se mueven sobre la tierra con forma de hélice —muy rápido— al punto de ser difícil discernir dónde empiezan y acaban una y otra. Observé cuerpos y venas. Observé la tierra seca y las raíces muertas. Observé distintas líneas de horizonte; y todo lo reproduje al amparo de las letras de Violette.
Sin embargo, lo único que no pude retratar fue el azogue en los ojos de Violette. Y ahí el misterio. Ahí la pena y mi decepción.

A Violette, ángel reciente de mi desvelo creativo.

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La niña que miró a los ojos al fantasma de Ziggy Stardust

Ha colocado y estirado la camisa roja del uniforme, mientras la tabla de planchar chirría igual que lo haría su espalda si estuviera compuesta por vértebras de metal. La luz, mezclada con la lluvia fina, entra por la ventana de la sala, contaminándola del color de la hora más incierta del día.
A un lado, un vestido largo de seda azul cuelga en una percha de la puerta para evitar que arrastre; más de dos veces podría haber sido un vestido de novia, pero las circunstancias lo han transformado en un traje atemporal y del azul de las tormentas, casi gris.
El gris era el color por el que discurría su vida hasta el día que cruzó al otro lado de la carretera y buscó la caída de agua principal del Mynach. Sabía que, si bajaba hasta allí, todo el peso de la corriente, la piedra y la leyenda la aplastarían. Llevaba en las manos una taza de té que se había quedado frío. Primero vertió el líquido marrón que cayó en perfecta línea recta hasta difuminarse en el fondo del precipicio. Luego, fruto de la indolencia más que del descuido, dejó caer también el recipiente. La espuma del río engulló la taza blanca.
Había huido hasta aquel lugar para averiguar qué le pedía la vida y no empeñarse en dar aquello que la vida le rechazaba. Pero aquella localidad había aturdido su disposición al cambio, de nuevo. Se había entregado a una rutina aún más benévola que aquella de la que había escapado.
Aún era joven, pero ya había perdido mucho, tanto que se sentía desposeída de todo. Rota. Y, de todos los futuros posibles, escogió el más incierto.
Todos sus vestidos -casi hábitos- tenían bolsillos y en uno de ellos, siempre el mismo billete de cinco libras plegado en cuatro partes, soltando pulpa de papel a cada paso nervioso entre sus dedos. Llevaba años en su bolsillo y entre sus dedos.
—Creo en ti, le había dicho la madrina innumerables veces. —Yo creo en tu talento, sweetheart, le decía empinándose para darle un beso en las mejillas.
—Y he aquí mi inversión en ti, le dijo un día tendiéndole el billete de cinco libras, cuando era apenas una muchacha de diecisiete años.
La misma tarde, ella salió con sus amigos y le apeteció comerse un hot-dog. Estuvo a punto de gastar las cinco libras, hubiera bastado conservar la bendición de la madrina pero se quedó con el billete, como el primero de una serie de buenos actos.
Años después, la madrina y su esposo se retiraron a Norton, una aldea del antiguo condado de Radnorshire a dos millas de la frontera con Inglaterra, en Gales. Ella pensaba en aquellas tierras, y las dibujaba a su manera en una pequeña librería de Brighton donde los estantes verticales de libros se oponían a la redondez horizontal del valle. Vivir cerca de la madrina, sería una buena forma de empezar de cero.
En el Hafod, donde se hospedaría temporalmente, encontró un empleo de doncella a tiempo parcial que le permitiría descubrir quién era en soledad y qué debía hacer. Con la primera taza de té, la Sra. Meg —propietaria del establecimiento— le contó la leyenda del puente del otro lado de la carretera.
Ella recordaba haber visitado aquel lugar en ocasiones anteriores. Pero ahora se enfrentaba sola a la leyenda de Devil´s Bridge. Sola con una taza de té.

Hubo una mujer anciana en la comarca. Cuentan que se desesperó al perder a su única vaca al otro lado del río y que un hombre, vestido como un monje, escuchando los lamentos de la mujer, trató de ayudarla elevando un puente sobre el río a cambio de su alma, porque aquel monje era en realidad el Diablo. Pese a todo, la anciana fue más astuta que él y lo burló, conservando su alma y su preciada vaca.
Dicen que el Diablo aún se aposta ladino y a la espera en cualquiera de los cinco tramos de escaleras talladas en piedra diabólica, y que salvan los noventa metros de caída del Mynach. Dos arcadas más fueron construidas sobre el puente medieval de la anciana. Por alguna razón, este nunca se derrumbó, ni fue derribado por fuerza natural o humana.

Ochocientos años después, ella llegó a Devil’s Bridge, una noche de luna nueva en el mes de junio con intención de despeñar su amor y su dolor por la escalera de Jacob, como la Sra. Meg le había dicho que se llamaban aquellas peligrosas escaleras. Asomada al vacío por el más cercano de los puentes, construido de hierro, manoseaba el billete en el bolsillo y se preguntaba si el Diablo querría negociar con ella, a cambio de aquellas cinco libras.

Ensimismada aún con la plancha, Eve se recrea con placidez en su rutina. Estos últimos días se ha fijado que Stan reparte fruta y verduras frescas, con una Ford roja, como su uniforme. Stan siempre hace su última entrega en el Hafod: manzanas verdes, bananas, patatas, zanahorias, guisantes y coles para el roast chicken de la cena dominical. Fuerte y educado, tiene además un rostro amable.
Eve perdió a su padre y el amor de los demás hombres la habían decepcionado profundamente. Sin embargo, el aire principesco de Stan le transmite sosiego.
Un sábado por la mañana en que Stan descargaba sus cajas con los brazos sucios de la tierra de las patatas y ella se apresura a ayudarlo, sus manos se rozaron en el intercambio del cajón de las manzanas.
Él dijo: —¡Eve, tú deberías ser quien me diera a mi una manzana y no yo a ti el cajón entero!
Ella sonrió y añadió en un susurro impostado: —Yo no hablaría del pecado original tan cerca de la morada del Diablo. Rieron con ganas. Hacía meses que Eve no reía tan suelta como las aguas del Mynach.
Stan la invitó a salir aquella tarde y Eve aceptó de buen grado. Si tiempo atrás había decidido ser una mujer triste, vestida de azul tormenta, aquel día le daría a Stan la oportunidad de hacerla sonreír. Daría tregua a tantas tazas con las que veía su pasado hacerse añicos día tras día contra la piedra ennegrecida de aquel puente, propiedad del Diablo al que buscó y tentó con sacrificios. La Sra. Meg le reducía del salario semanal el precio que cubría aquella extravagancia de arrojar la vajilla del hotel por el puente. Ambas lo aceptaron silenciosamente. El día anterior a su cita con Stan, la Sra. Meg había servido el té en la porcelana con la que se inauguró el hotel, y cuando Eve ya estaba asomada al puente, con un gesto cómplice, le cambió la suya por una de las de loza blanca del desayuno. Lo que la Sra.Meg y Eve no sabían es que aquel sería el último sacrificio, la última taza que Eve lanzaría desde el puente. El último homenaje a la rabia y el sentimiento de abandono que le hicieron arrojar la primera tiempo atrás. Tal vez la Sra. Meg tendría que haberle permitido sacrificar una de sus tazas de china de Coalport para que el Diablo se sintiera honrado con la ofrenda.

Condujeron en silencio por las sinuosas carreteras del valle. Tardarían algo más de una hora en llegar al pub en el que iban a encontrarse con unos amigos de Stan. Eran músicos y tocaban para músicos. Se movían entre músicos y era probable que coincidiesen con alguna banda conocida. Escucharían a los Beverly Nightmare en vivo y miraría a los ojos a Joe.
—¡Cuidado con los ojos de Joe, son peculiares!, le había advertido Stan aún en la carretera.
Instintivamente, Eve miró su ropa, quizá no llevara la más adecuada para asistir a una Jam Session de lo que parecía, por el nombre del grupo, una noche de rock; desabotonó un par más de botones su vestido. Stan, que miraba el retrovisor central, percibió el gesto y sintió la esperanza como un cálido calambre que le recorría el pecho insuflándole coraje, sobre todo sintió la valentía de acercarse a ella de una forma más personal. Stan era un hombre honesto. Frenó la tromba de pensamientos que le cruzaron la mente al ver el raso azul resbalar por el muslo desnudo de Eve. Le habló:
—No te preocupes por la distancia; te prometo que estarás de vuelta para servir el desayuno del Hafod a las 7:30.
—No me preocupa Stan, le sonrió Eve.
Había cierta belleza destartalada en ella. Capas de tristeza y soledad apilándose como los puentes del Mynach, debajo de aquellas capas, una niña trémula de inmensos ojos azules lloraba por ver la luz y añoraba una compañía tierna. Dejar de tener miedo al amor y a su abandono.
—Ya hemos llegado. Stan frenó en seco la furgoneta que resbaló sobre la gravilla del parking, y acabó la maniobra con perfecta desenvoltura. Llegaron temprano.
—¿Has cenado V?, le preguntó. A él le gustaba cortarle el nombre de aquella manera. Quitarle las vocales que le otorgaban amplitud, dejarle la afilada y misteriosa consonante. Stan no era un tipo corriente, por más que sus hábitos sencillos parecieran lo contrario.
Se sentaron en la barra; pidieron un sándwich de queso cheddar y pepino con crema agria que compartieron y media pinta de Guinness cada uno. Un viajero leía una vieja copia del Mabinogion frente a una pinta de Strongbow, mientras un grupo de turistas holandeses hacían crujir las tablas del viejo pub.
Sonaron los goznes de la pesada puerta de la entrada y entraron los ojos más fabulosos de la historia de la música. No lo era, no podía serlo, pero el parecido era prodigioso. Eve se volvió hacia Stan con la pregunta en la mirada.
Stan le confirmó la evidencia: —Podría ser David Bowie, ¿verdad? Ese es Joe. Te dije que te asombraría. No debería sorprenderte mirándolo o serás presa fácil para él. He sido testigo de sus cacerías en múltiples ocasiones y, si tiene la más mínima oportunidad, la aprovechará.
Tarde. Eve no podía dejar de mirar a Joe intentando discernir si en la cara del verdadero David Bowie, el ojo más oscuro estaba en la derecha o en la izquierda. Para cuando Eve reaccionó, Joe ya estaba encima de ellos.
—Hola Stan, dijo dándole la espalda y besando la mano de Eve.
Stan enmudeció. Mientras que Eve, sonreía incrédula y divertida. El alma de aquella niña que fue, le rebullía en su interior, efervescente.
—¿Te han dicho cómo te pareces a David Bowie? Stan no daba crédito a que Joe tuviera aquel efecto en todas las mujeres, incluso en una tan especial para él como Eve.
—En realidad soy el fantasma de Ziggy Stardust, pequeña. Joe parecía conocer su anhelo, su neurosis, sus conciliábulos con el Diablo. Pidió un café expreso. Se lo sirvieron una pequeña taza humeante.
A Eve, el pub le daba vueltas. Solo el aroma cálido de Stan la mantenía estable y sentada sobre el taburete de terciopelo rojo, sólo ese aroma podía evitar que el vértigo que sentía la dejara caer.
Los ojos de Joe se hacían más fuertes en los silencios mientras ella trataba de incluir a Stan en la conversación. Joe hablaba de sus proyectos musicales y jugueteaba con su taza de café. Le contó que el color dispar de sus ojos no era de nacimiento sino que, jugando de niño, una piedra le había lesionado el músculo ocular dejando permanentemente dilatada su pupila.
La tela azul del vestido de Eve volvió a resbalar por su muslo rosado y Joe apartó los ojos de ella un segundo para recoger la tela y colocarla nuevamente sobre su pierna. Ella aprovechó el instante de desconexión, se apoyó levemente sobre Stan y se separó de Joe.
Joe, en el gesto de retenerle la mano, tiró la taza de la barra que llegó hasta los pies de Eve. No se rompió. Ella la recogió del suelo y la colocó de nuevo sobre la barra. Una pequeña mella le arañó la piel de la yema del dedo y le brotó una gota de sangre. Joe le cogió el dedo:
—Con esta gota de sangre podrías ser mía. Sangre del alma de una niña para unos ojos heridos provenientes del espacio. Stan retuvo el brazo de Eve para evitar la escenita del besamanos de nuevo.
—No he vendido mi alma al Diablo en los ciento cinco días que lo he tenido cara a cara y no te la venderé a ti a cambio del Amour Fou que me ofreces. Muchas tazas se han roto en Devil´s Bridge antes. Contenían aire, los posos de té y mi miedo.
—Dame un pedazo de papel, le urgió Joe. Parecía que se había vuelto humano. Por un instante, su oscura pupila reaccionaba a los cambios de luz. Ella, inconscientemente, sacó del bolsillo el billete de cinco libras y se lo entregó. Joe anotó algo precipitadamente, estirando sobre la barra el papel moneda.
La gota de sangre cayó sobre el billete de cinco libras de la madrina y sobre la ampulosa caligrafía de Joe: Amour Fou.
—Te escribiré una canción, dijo Joe. —Pocas niñas toman el té con el Diablo y salen indemnes, añadió.

En más de cien días el Diablo no había sido capaz de encontrar el alma de Eve que tantas veces le había ofrecido servida en taza sobre el puente El estrépito del río Mynach se había tragado la voz infantil de Eve y el Diablo —viejo y sordo—pese a estar sediento, entre las negras piedras del puente, no había escuchado o no había sabido escuchar la llamada de Eve. Todavía no, mi joven criatura.
Joe no había podido seducirla tampoco. Las artes de aquellos ojos que parecían provenir de fuera, de un lugar lejos de la Tierra, no habían conseguido engatusarla.
Joe y el Diablo habían renunciado a Eve y fue Stan, un hombre honesto con los pies en la tierra, quien la llevó de vuelta a casa antes de las 7:30 de la mañana siguiente, a la hora precisa para servir el desayuno en el Hafod.

En las noches más silenciosas, Eve aún escucha el salto de agua más pronunciado del Mynach y, con cada gota de agua atomizada por la fuerza de la caída, laten sus emociones y también se volatilizan. Siente plenamente la fragilidad de su nueva situación y de que no podrá perpetuarla, sin riesgos. Amour Fou.
Bajo el agua, piedras blancas como la leche recuerdan los añicos de todas las tazas de té que Eve se tomó con el Diablo antes de conocer a Stan y redimirse en los ojos del fantasma de Ziggy Stardust. Nunca más volvió a ver a Joe. Nunca más rompió una taza.
Pidió la Ford a Stan y recorrió el trayecto que la separaba de la madrina. Ella la esperaba con el té de las cinco servido en unas preciosas tazas de porcelana china. Por servilleta, un billete de cinco libras.
—No lo pierdas, sweetheart; y no le compres amor al Diablo, aunque tenga los ojos del viejo Bowie.

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El cuaderno rojo de Paula Sorsky

Gracias Fran por ayudarme a materializar la imagen que este relato dejó indeleble en mi memoria.

Gracias Juan Carlos por devolverme la oscura magia olvidada.

Siento una atracción casi incontrolable por la literatura gótica, los cuentos de hadas y las leyendas populares que los alimentan. Las alegorías que nos advierten de la oscuridad del mundo, me fascinan.

Nochebosque, el cuento de JC Chirinos se me enredó en las manos por casualidad. Conocí al autor venezolano de la mano de Philippine González-Camino. Trabajando con él en la editorial, investigué sobre su bibliografía y me llamó la atención ese título y la reseña que encontré, una historia con terrores de niño, «que son los peores -dice el autor en una entrevista con EFE- porque el mundo de los niños es muy cruel y la infancia suele tener esa parte oscura». Me hice con un ejemplar. Algo desconcertada por el título y la cubierta, sin tener ni idea de donde me adentrarían sus páginas, leí de una vez y hasta el final.

El cuento es breve y Chirinos no pierde el tiempo, nos mete de lleno en el bosque amenazante que mezcla lo humano con lo mágico, la consciencia con lo onírico, servido a dosis adictivas y repartido principalmente entre la incauta protagonista Paula Sorsky a la que su propio subconsciente le advierte en sueños del serio peligro que corre de ser devorada y el niño al que cuida como trabajo de verano y cuya madre cela como una loba. Nada es casual. Avanzas con prudencia por el camino que el autor te señala entre la sensualidad de ella, la crueldad de un niño impúber que causa pavor por su forma de actuar y relacionarse con la niñera y una madre aparentemente ajena pero constantemente acechante.

No sentí jamás durante la lectura ganas sino de advertir a Paula de que huyera, de que dejara a esa criatura aparentemente frágil a merced de las garras de su madre. El relato está tan bien construido que acabas formando parte del sueño y todo se vuelven intuiciones nubladas y parciales ya que nosotros lectores no poseemos el polvo de hadas que Paula, a petición de Osip, unta en sus ojos “para ver” entre la maraña de árboles que ocultan el peligro y el refugio. El rojo se instala, no ya en la caperuza de la jovencita que corre el riesgo de ser devorada por el deseo animal del mundo, sino en la sangre que bombea el corazón de la bestia, en la carne que se desgarra al ser deseada, poseída y canibalizada. El rojo en el que las retinas abiertas por la droga de las hadas, convierten las ramas de los árboles en los dientes del bosque al que se huye y del que apenas se logra escapar sano y salvo. ¿Qué le sucedió al padre de Osip? Paula se aferra a un cuaderno rojo para recordarse. Paula confía en la protección de un peluche, el Sr. Fenris. Puede que Osip en el fondo sea solo un niño, no inocente pero sí inofensivo que vela por su seguridad, que haya visto y percibido demasiado de la realidad que le rodea. El Sr. Fenris es el muñeco de apego de Osip, el anclaje capaz de atravesar ambos mundos, el de la vida cotidiana y el de los sueños para proteger a su dueño. Un peluche inofensivo que se convierte en un oso de zarpas como cuchillas y ojos penetrantes con tal de mantener a salvo aquello que está bajo su protección. Y al igual que la doble identidad del blandito oso de cuna que se vuelve fiero y terrorífico así el mundo, así nosotros, así el sueño, siempre rojo, siempre obedeciendo a pulsiones primitivas nos convertimos en otra cosa distinta de la que aparentamos y que apenas conocemos…estamos tan cerca de las bestias como del hogar.

Este texto hace referencia a Nochebosque de Juan Carlos Chirinos

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La nana de la Moka Pot

Para Palmira, por su foto tomada con urgencia y porque sabe de ese amor incondicional.

Para VB, por su italiana cafetera.

 

Macchinetta sin sentido –dijiste la primera vez que te la enseñé. Tu sonrisa llena de dientes me demostró que me adorabas ¡A mí! Un hombre de expresión perpleja y medio rostro oculto bajo un bigote enorme. Sin duda indigno de ti. Parco en palabras, siempre me pregunté cómo fui capaz de seducirte aquel día, hace ya tantos años.

Siempre fuiste una mujer de las que duelen. Incluso hoy que estás ahí, presa de la tristeza y vestida de luto por mi muerte, llevas aún “aquel otro dolor” prendido en tu pelo, enredando tus pasos y reflejado en la expresión de tu mirada. Ese dolor nunca te correspondió porque era el preludio del intenso aguijonazo que sintieron aquellos que te admiraron tu belleza. Yo nunca rechacé ser presa del dolor que provocabas. Que aún provocas B. Más bien me habitué a él e hice de mi adicción a ti, mi mejor estímulo y aprendí a crear a partir de ti. Concebí una ingeniosa máquina de café, inspirado en tus movimientos y tus formas. Toda mi vida se ha convertido en una declaración de amor constante.

-¡B, escúchame! Estoy dentro de una de mis cafeteras borboteando amor aromático e imperecedero. Si ayer era café lo que albergaba este filtro, hoy contiene mis cenizas como última voluntad de pertenecerle a mi propia historia y a lo que tú representas en ella. Mi existencia hecha polvo, molida y ubicada dentro de mi alumínica obra doméstica. Para toda la eternidad.

 

V había amado profundamente a su esposa, a lo largo de toda su prolija vida. La admiraba en secreto aunque rara vez lo hiciera público ni siquiera con el más leve reconocimiento. Sin embargo sus ojos jamás mintieron. B era una mujer poderosa y femenina y todo el mundo le prodigaba halagos. Como guinda de pastel lucía amplios sombreros y faldas bien armadas que realzaban su talle estrechísimo y a partir esa imagen armoniosa proyectó el diseño de su ingeniosa cafetera. V se fijaba más en los pasteles que en las mujeres pero siempre paseó con sumo deleite los ojos por el cuerpo de su elegante esposa.

Él era, pese a su reserva natural, un hombre optimista. Reconocía que no lo sabía todo y hacía años que había perdido ese ímpetu juvenil por saber de todo, saberlo todo y además demostrarlo. Seguía siendo curioso pero esos apetitos sólo le servían para satisfacer placenteramente el discreto paso del tiempo. Solo quería sentirse cómodo y tomar el mejor café del mundo.

Siempre había presumido de ser un hombre sincero aunque a veces ese talante se le había vuelto en contra.

– A la verdad hay que ponerle filtros V, -le había dicho B mientras le servía su acostumbrado expreso de sobremesa. Casi siempre se quemaba un poco la yema de los dedos al servir la primera taza. Esa imagen también se fijó en la mente de V, su cafetera tendría un asa de baquelita, pensó. Su esposa no se lastimaría más al preparar el café.

–Dará igual que se trate del mejor café del mundo, si lo bebes sin filtrar, los posos te resultarán insoportables. Ella le había dicho aquello con una cadencia lenta en las palabras que acompañaban a la ceremonia de servir el café a su marido. Había un porqué en la dilación. Fue el tiempo justo que V necesitó para tomar un amplio primer sorbo de café y que la boca se le llenara de posos de café.

B le había ofrecido uno de sus estupendos cafés sin colarlo.

Adornada por la sonrisa más hermosa del mundo, su esposa le había dado una lección que jamás olvidaría. A la verdad de cada uno hay que ponerle filtros antes de servírsela a los demás. De lo contrario, no podría soportarse.

Y V, que no era hombre rencoroso y siempre sacaba partido de cuanto la vida le ofrecía sobre todo si la lección se materializaba de una forma tan bella, decidió que su cafetera tendría un buen filtro y la forma de las faldas de su mujer. Tendría que parecer una joya. Su máquina de hacer café expreso en casa recordaría a una joya, una perla, mejor un diamante bien facetado como los dientes de su esposa.

Así se gestó la cafetera italiana más famosa del mundo. Corría el siglo XX, los años treinta. Poco más adelante, aquel mismo consejo envuelto en el amargor del café etíope, le serviría para llevar sus cafeteras a las principales casas italianas. Bastó que un gran magnate, con el que la fortuna quiso que se topara en uno de los aseos del restaurante en el que cenaba con B y los compradores de su machinetta aquella noche, dijera que él había adquirido una de aquellas cafeteras plateadas y que hacía un café inmejorable. Al Gran Hombre le hizo gracia la pasión de V y la amplia generosidad de aquel bigotón y le costó poco vestir la verdad de V: “Aquella era sin duda, la mejor cafetera del mundo, solo que el mundo aún no lo sabía”. Una verdad filtrada con tanto esmero que convirtió a V en uno de los empresarios más audaces de la primera mitad del siglo XX. El negocio fue sellado con la sonrisa de B.

Soy V, -dijo él mientras le tendía una mano prácticamente desde el extremo opuesto de la barra.

-Me gusta el café –dijo aproximándose a ella y aspirando el aroma del café solo que ella había ordenado al camarero.

-Se distinguir un buen café en cuanto aspiro su aroma, -continuó. Y así se le presentó V a B una mañana de mayo. La había visto minutos antes en una vieja librería. Después de regresar de Francia, la cabeza le bullía en ideas y carecía de vida social, por eso le entretenía pasear por las estanterías de aquel local. La amistad del librero era sencilla y plácida. Necesitaba un proyecto y un nuevo comienzo.

V no pudo evitar quedarse absorto mirando los lunares que tatuaban la Osa Mayor sobre el hombro de ella. Se quedó prendado de aquel hombro. Y desde aquel primer día le rindió culto al cuerpo de su mujer que hubiera podido llevar a la desesperación a cualquier hombre. Él por fortuna siempre había tenido un elevado concepto de sí mismo y pudo con el firmamento, con la diosa y con la mujer. La enamoró, se casó con ella y fueron felices y también no.

El peor día de su vida ella le habló de una firma de café instantáneo. Él, aparentemente dolido, traspasadas ya las puertas de la vejez, se levantó y llenó una de sus cafeteras siguiendo con reverencia todo el ritual ¡Claro! que sabía preparar el café. Que hubiera dejado que durante décadas se lo preparase B no significaba que el inventor de la maquina más ingeniosa del mundo no supiera prepararse un café perfecto. Se lo había dejado preparar a ella miles, millones de veces si tenemos en cuenta las tazas que extralimitaron durante años la ingesta saludable de café. En definitiva muchísimas tazas de café que ella le preparaba mientras se dejaba llevar por la estética del sonido. La rosca de la cafetera, el agua cayendo en el depósito; el hermetismo del bote refrigerado desprecintando el vacío; el aroma que de tan intenso quería producir sonido, el del crepitar del fuego con el que fue tostado el grano, intensísimo cuando se torrefactaba, más suave y rico en matices cuando era natural, sumándose al del óxido de aluminio de su cafetera. La cucharilla de plata contra el bote de vidrio, y contra las paredes del filtro y otra vez la rosca de la jarrita abrazando el tanque de agua y compactando el café dentro del filtro. El fogón prendido, la llama azul, la espera en silencio. Una gota que se evade, chisporrotea y se evapora al escapar por la junta o la válvula de presión y el agua que asciende lenta hasta que se cuela entre los granitos de café molido llevándose su aroma y su color y ascendiendo por la cánula (como sucedía con las viejas máquinas de las lavnaderas en las que también se inspiró V) , la tapa que hace tap-tap bajo el efecto del aire caliente y por fin, el maravilloso borboteo impregnado del aroma a café. La retirada apresurada del fuego para que no se quemara, que nunca se quemara y sólo se obtuviera el mejor filtrado. Así se abstraía del mundo V al menos tres cuatro veces al día cada vez que su esposa B le hacía un café en su propia cafetera. Pero en aquella ocasión había sido él y no ella quien había realizado el ritual y ella la que escuchaba extrañada. Cuando terminó de brotar el líquido negro y humeante lo sirvió en una única taza de porcelana china jamás enjabonada, nada que añadirle, sin azúcar o edulcorante alguno, sin la más ligera nube de leche o alcohol, fue como siempre salvo que no puso otra taza para el café cortado de ella.

-Esta vez beberé solo Amor, -le dijo.

Ella pensó que estaba verdaderamente herido por el comentario sobre el café soluble, pero irritarlo y hacerle discutir había sido su mejor baza de conversación para romper los largos periodos de silencio en los que últimamente se sumía V, meterse de alguna forma con su idolatrado café había surtido efecto al menos en una docena de veces en los últimos meses. Se disculpó y le observó beber la taza de la discordia. Otros eran los motivos de V. Al terminar, él dejó caer la taza –su taza- siempre aclarada, jamás enjabonada contra el suelo y la contempló estrellarse y hacerse tres gruesas esquirlas; la miró a ella pidiendo disculpas por no explicarse. Ella no entendía pero como en tantas otras veces le dejo desarrollar su silencio, como mera espectadora. Él le pidió un beso y se marchó a reposar. Nunca se levantaría. Pese a la cafeína, aquel sueño fue eterno.

Al amanecer ella leyó una nota. De ser el café un veneno aquella hubiera sido una nota de suicidio perfecta pero a nadie mata una taza de café, ni cien, ni mil a lo largo de una vida. La nota decía:

Ingerir productos negros es como comerse a la Muerte. Yo me he estado bebiendo a la muerte taza a taza y a diario. Mi preciado y caro café. Y hoy he dejado de tener ganas de tomarlo y ha sido la poética forma que la Muerte ha tenido de decirme que ha llegado su turno y mi hora. Ella ya no desea jugar más a que yo sea el vencedor y aún así me ha permitido una última taza. Le agradezco el aviso y la deferencia.

Fue su nota de no suicidio. Su carta de amor eterno. Su beso cafeinómano.

A la vida se le dice sí V, lo zarandeaba B en el lecho donde yacía inerte.

A los olivos, a las respuestas, a la tierra esquilmada, a la venganza, al duelo, a las lluvias a todas las cosas que duelen hay que darles tiempo. Y al lado negro del amor, también. Como el sentido del tacto, el más etéreo y profundo de los cinco, experimentar el Amor es un lujo que hay que saber apreciar. Hay quien llega a viejo engullendo amores como si se tratara de comida rápida; tragar cuanto más mejor sin importar la calidad ni los sentidos. El amor de V y B, aún en el lecho de muerte de él ya anciano fue una historia de amor real y amarga como una buena taza de café solo y sin azúcar. La desaparición de él no significaba la muerte del amor de ella que recompuso la taza, pegó los fragmentos y se acostumbró al amargor del café solo sin edulcorar. Acarició unos cuantos años más aquellas cicatrices de la taza de su marido y recordó su historia, el talento de V. Algunos miles de tazas después, ella también la dejó caer…y sus hijos juntaron los fragmentos de la taza a las cenizas y las instalaron en una bonita urna de cristal junto a la cafetera de veinte tazas ennegrecida por el óxido que contenía los restos de V.

 

Una dama enseñó a V el secreto de beberse el intenso sabor amargo del Amor y le condujo con la fragilidad de un gesto de su mano por el camino por el que se aproximaba su futuro y él le hizo a ella un homenaje inmortal e inventó la Moka Pot. Una cafetera de aluminio, metal que le había dado de comer durante años y que conocía a la perfección. Italia y luego el resto del mundo le agradecerían el ingenio y el Amor.

Y así huelen los hogares donde borbotea una Moka por la mañana. Felicidades cotidianas, sin misterio ni necesidad de explicación; pies descalzos, lencería de cama fresca. El olor a café, el café de V y B. El recuerdo de la primera cita que hizo posible –quizá- todo lo demás.

 

La primera vez que te ví B, sufrí un latigazo de rechazo involuntario. El instinto tratando de evitar la rendición absoluta de mi cuerpo y de mi alma a tu imagen. Te amaría ya hasta el mismo día en que desapareciese de la Tierra y, si después el buen Dios existiera y me otorgase la Vida Eterna, también te amaría. Nunca fui creyente. Y aún así, tras conocerte, añoré sentir Fe en la Eternidad.

Recobré mi mitad de asombro, mitad de enfado. Me había habituado a aquella tienda, en parte porque todo en ella, hasta las rarezas seguían una lógica en sus apariciones. Entrar en aquella vieja librería, después de regresar a una Italia desconocida, el tintineo de la puerta, el crujir de las viejas maderas, el olor a papel envejecido y cubierto de polvo, formaba parte de un concierto constante que aplacaba mi nostalgia e incertidumbre. Lo previsible.

Entonces en aquella mañana azul de mayo, ¿quién diantres eras –tan bella- en aquella tienda? ¿por qué desmoronaba tu presencia mi refugio?

Te ví buscar con ansiedad un volumen antiguo. Casi ninguno de los libros ocupaba estanterías convencionales, ni el lugar en que se los buscaba. Se apilaban en carritos, bañeras, canastas como si aquel mercado de pulgas fuera a desaparecer de la noche a la mañana. Plagado de gatos, solo blancos o solo negros como fichas de damas y un arlequín, también blanco y negro sobre viejos volúmenes de historia medieval encuadernados en cuero. Fuego de velas y humedad extraña proveniente de los muros que parecieran hundir su vieja ferralla muy profundo en tierra pantanosa. Y aun así, todo parecía sostenerse en equilibrio antes de ti. Demasiado joven y elegante. Por eso me sorprendió tanto hallarte allí. No encajabas; ni en la pequeña ciudad, ni en aquella librería ajena a los tiempos.

Parecías absorta y sin embargo movías los ojos con agilidad buscando donde el librero te había dicho que encontrarías lo que fuera que buscabas. Y buscabas de forma precipitada, con la ansiedad de quien tiene que seguir camino y, a la vez de quien no puede evitar seguir buscando. Lo encontraste y te sentaste descuidada sobre una pila de libros, 3 o cuatro gatos se arremolinaron en torno a ti. Buscaste febril como si supieras de antemano en qué página buscar; y leíste encorvada como una niña sobre un trozo de pan con chocolate. Yo te observaba, mientras disimulaba paseando el mil veces recorrido tenderete. Aquella consulta acabó siendo tan intensa que remató con la actitud pueril de repasar las líneas con el dedo leyendo en voz alta aquello que deseabas memorizar.

Reconocí el párrafo, leías a Dante. Terminaste y cerraste el ejemplar, dejándolo con reverencia en el lugar del que previamente lo habías sacado y, dándole las gracias al viejo que se divertía de forma evidente dada la anomalía de la situación, te marchaste. Te saludó con la mano extendida y me miró invitándome a salir detrás de ti. Yo estaba atónito y casi lívido. Ofendido incluso. Como un autómata, prácticamente sin mirar, agarré el volumen y te seguí. Me fui sin pagar pero con la consabida promesa de que regresaría a saldar con creces la deuda si aquella maniobra me salía bien.

Te ví en una cafetería al doblar la esquina. Pediste un café y un emparedado de queso y tomate. Sentada en la barra casi imploraste al camarero para que te dejara un lápiz; algo con lo que garabatear sobre un trozo de papel, obviamente querías librar a tu mente del peso de lo memorizado. Garabateaste las palabras que previamente habías leído en la librería en un arte elíptico por aprovechar al máximo aquella brizna de papel en blanco y la escasa mina del lapicero que el camarero te había prestado. Apoyado sobre la barra a poco más de un metro de ti, extraje el libro y te lo alargué todo lo que dio de sí mi brazo. Casi rozaba tu antebrazo. Cuando reconociste la tapa del libro me miraste asombrada.

Soy V, -te tendí mi mano.

-Me gusta el café –añadí.

Te levantaste del taburete alto que alargaba aún más tus preciosas piernas. Pagaste al camarero y con un gesto casi infantil recogiste el volumen. Al pasar por mi lado me regalaste tu mirada seria y tu primer “insensato” adornado de una sonrisa repleta de dientes. La fiereza de tus ojos taladraron mis retinas y se instalaron allí donde el alma me habita, ocupándolo todo.

Volviste al día siguiente a aquel café y allí estaba yo. Esperando ya tu Amor magnánimo.

-¡Un expreso por favor!

Era 1932. Había regresado de Francia, lleno de ideas tras aprender a trabajar con aleaciones y en concreto con aluminio. Podría considerarme un empresario, un hombre de bien y de provecho. Algo lacónico. Me dejé bigote. Traía en los ojos prendido la fiebre del éxito y para colmo de males, me habías enamorado. Adorabas el café y yo tenía una intuición. Tú me irías diciendo cómo, destilándolo en cada taza de café que preparases para mi, alcanzar la gloria. Fue el acuerdo tácito que sellamos con nuestro amor. Tú me harías el hombre que mi destino me obligaba a ser. Solo tenía que estar en la cafetería y esperar que aceptaras mi primera invitación a pasear. Llegaste. Eras una mujer fantástica con la Osa Mayor tatuada sobre el hombro. La dueña de mi talento y mi destino. V.

 

 

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Jolene

El cuchillo que brilla en esa mano

remite a otros terrores,

restituye el trayecto azaroso del odio.

Cambia después ávidamente de sentido:

No es a mi a quien pretende

amedrentar, es a aquel

que aplazó con su muerte el turno de la mía.

J.M. Caballero Bonald

To those incredible eyes

 

Me llamo Jolene. Nací en Inglaterra. Pero la abuela de mi madre era de Cachemira. Yo he heredado su fisonomía, sus rasgos raciales. Tengo el pelo negro, la piel morena, los ojos oscuros, un carácter inflamable. Y soy una anomalía. Un enojoso desliz, atractivo y difícilmente tratable, como cualquiera de las mujeres de mi estirpe y no me estoy refiriendo a mi piel sino a mi condición. A las mujeres como yo, que se auto gobiernan, se saltan reglas y se enfrentan a roles masculinos, se las considera una anomalía en la mayoría de los círculos en los que se desenvuelven.

Si una mujer llega a tener algún poder, ese don la cambiará. Pero si muchas mujeres lo poseen, ese poder será el que cambie y se adapte a las circunstancias. Hay una fuerza imponente vinculada a las hembras de mi familia, un don que nos pertenece ya desde tiempos de las colonias inglesas en la India, que se sepa o que -al menos- yo haya sido capaz de reconstruir. Tal vez fuera incluso anterior a la propia tierra que delimitan el Indo y el Ganges y residiera latente bajo la tierra de Oriente. Todas hemos sido tocadas por esa fuerza, no todas lo hemos descubierto ni desarrollado a lo largo de la historia de las Macaulay, mas algunas hemos llegado a transgredir las reglas en aras de ese don. ¡Oh sí! ¡Ya lo creo! Algunas lo hemos pasado francamente bien gobernando nuestras vidas bajo el efecto de ese poder.

“De una mujer se espera que sea extraordinaria, se le obliga siempre a dar lo mejor de sí, siempre. Imperan los años de hombres mediocres. Que no os gobiernen. Dejadles creer que nos dominan” Esta era una nota leve y contundente que mi madre guardaba manuscrita entre las páginas de un libro; copiada del sánscrito, y traducida al hindi y al inglés por la misma empuñadura femenina. El papel estaba viejo y pulposo, plegado y replegado infinidad de veces. En el fondo yo sabía que tarde o temprano aquella nota sería el legado de mi madre para mi y  pese a todo.

Soy la menor de dos hermanos. Pero mi hermano murió el mismo día en que yo nací. En realidad, nací después de que él ya se hubiera muerto. Enfermó de repente y falleció. Muchos días de mi vida he creído que el azar se equivocó de hermano, que debía haber muerto yo, que nunca debía haber nacido; sin embargo, fue la vida de mi hermano la que se extinguió prematuramente. Y, aunque yo tendría que haber sido el cordero, sobreviví. Y la anomalía viviría –conmigo- una generación más.

Me pusieron de nombre Jolene. Mi madre se levantó al baño revuelta y con ganas de llorar pensando en que la indisposición que sentía se debía al dolor del duelo. No se acordaba de su vientre vivo. Se puso de parto y yo salí sin mucho esfuerzo; al menos el dolor intenso por la muerte del hijo varón atenuó el dolor de mi nacimiento; nací sin más, detrás de litros de líquido amniótico que drenaron todas las lágrimas de mi madre. -¿Por qué te llevas a mi niño? Aquellas fueron las primeras palabras que ella dirigió a mi cara sonrosada y contra mis ojos llenos de toda la vida. Nunca me perdonó que no le permitiese llorar la muerte de su hijo varón. De alguna forma, relacionó su partida con mi llegada y me llamó Jolene para no olvidar. Mi alma en el mundo requería la llamada temprana de su otro hijo, como si hubiera un contador de almas con vigencia en tiempo real y mi madre no estuviera autorizada a traer dos en lugar de una, a cuidar dos en vez de una. A la tragedia de la pérdida, se le sumaba el rechazo a criar a una hembra. Yo no pedí nacer. Pero allí estaba, entre las manos ensangrentadas de mi madre que no podía llorar porque todas las lágrimas se le fueron por el canal del parto, el mismo día del funeral de mi hermano. Menuda forma de comenzar una vida. Fue la primera vez que ví y sentí la sangre. Su visión contra la porcelana de los sanitarios del baño a los que mi madre se aferró para parirme, empujar sin gritar, empujar con una mano bajo el vientre, en cuclillas, agarrada con la otra al borde de la bañera para evitar desplomarse, sin lágrimas porque se le iban a borbotones al tiempo que asomaba mi cabecita cubierta de pelo negro; un leve quejido cuando cortó el cordón con las tijeras de manicura. Recuerdo sí, el día que mi madre me parió; no es frecuente, lo sé. Pero ya dije que yo era –sin duda- una anomalía.

Odio la salsa kétchup. En realidad ni siquiera soy capaz de recordar su sabor, pero el simple hecho de imaginar las botellas conteniendo la salsa roja, me obliga a dar un rodeo en el supermercado, cambiar de canal si emiten un anuncio. Me basta con imaginar la ridícula imagen de la familia feliz echándose el chorreón de tomate saltarín de muchas de las propagandas para sentir la fobia, la ira, el terror y el olor de la sangre. La de mi madre. La naúsea, la rigidez en los miembros. Y no poder reprimir el bombardeo de imágenes fijas que reproducen el recuerdo de mi madre siendo golpeada con la botella de vidrio de kétchup por mi padre. La sangre le caía como lágrimas; segunda vez en su vida que mi madre no podía llorar lágrimas y lloraba con sangre; le sigue inmediato el recuerdo de ella empuñando el cuchillo de cortar el pan con el que apuñaló a mi padre. Que fuera en un acto de legítima defensa exoneró a mi madre. Mi padre era un capullo visceral y machista pero puede que no mereciera morir o tal vez sí pero yo hubiera preferido no tener que presenciarlo, no cargar con un recuerdo indeleble tan funesto. Una madre le debe ese derecho al hijo; el derecho a no presenciar el asesinato de su progenitor. Por muy merecido que lo tenga.

Mi padre maltrató a mi madre. Desde que tengo uso de razón la menospreciaba y humillaba. La noche de su deceso, se le fue demasiado la mano. Y ella, simplemente no pudo más. Explotó. Como los tomates para la salsa kétchup.

Decían las lenguas chismosas que mi madre estaba, como el resto de las hembras de su casta, maldita. El mismo gen salvaje que las embellecía, las convertía en asesinas, ¿Mi madre una asesina? –Yo nunca di pábulo a esas habladurías. Guapa era un rato, pero, ¿Poseída por un espíritu malvado? Habladurías de gente embrutecida y  corroída por los celos. Mi madre era, pese a su drama íntimo, una mujer poderosa, rara, fuerte. Carismática. Era un enigma y eso provocaba recelo.

Pasé todos los años posteriores a la muerte de mi padre engañándome; consciente de que algo había en su herencia aparte de aquella nota manuscrita procedente de tiempos remotos. Cuando ella murió accedí a papeles ocultos en el trasfondo de su alacena; más notas en los libros, imágenes, en alguna de ellas rostros curiosamente familiares, pertenecientes a las que se sucedían en mi cabeza cuando algo me sugestionaba… la historia fragmentada de mi familia y la leyenda de las Macaulay. Mis ancestros.

Al parecer en mis antepasados existieron mujeres con historias difíciles de creer cuyos actos fueron enterrados en el olvido. Jane Macaulay. Ella salió una noche a dar caza a la bestia que mataba a su ganado…

-Traigo un cerdo, -dijo al regresar, embadurnada en sangre e irrumpiendo en la cocina y dejando helados al padre, al marido y al hermano del marido. Un trío de sencillos hombres de campo. Dejó caer ante ellos el cuerpo inerte del animal sobre el suelo. Alimaña abatida –sí- solo que tenía dos patas. Mi tatarabuela se había cargado a un tipo que rondaba el valle matando el ganado de los granjeros para ahuyentarlos de las tierras de un lord poderoso. Nadie la culpó pero todos la temieron…  Lillian Macaulay, Dotty, Eleanor, Beth, Mina, Marie, … todas las Macaulay que soy capaz de recordar acabaron con las faldas, las manos, el rostro y el cabello manchado de sangre ajena. Siempre masculina. También Deb Macaulay, mi bisabuela, se cargo con la aguja del pelo a un soldado ebrio mientras intentaba violar a una muchacha un poco lerda que atendía la barra del pub del pueblo. Se acercó a él por la espalda mientras la infeliz reía, lloraba y ponía ojos de más loca aún; el imbécil borracho interpretó que aquellos ojos se debían al temor y apenas notó el susurro de la Macaulay en su oído: -¿Por qué no besas mi culo indio? Al mismo tiempo, Deb le ensartaba el fino acero del pasador del cabello en el cuello. Más sangre.

Mi abuela, mis tías, frenaron la maldición y las habladurías; los hechos quedaron ocultos tras un escudo de misterio y el tiempo lo convirtió en leyenda. La verdad camuflada detrás de las flores que cultivaban y vendían, de las sábanas que bordaban y planchaban, y de los pasteles que horneaban. Se volvieron dóciles. En apariencia supeditadas a sus hogares y esposos.

Hasta mi madre. Nadie, al morir mi padre, recordó el gen que se activaba en las Macaulay cuando éstas alcanzaban la madurez sexual y que las convertía en asesinas desde el instante preciso en que de su útero se desprendía el primer jirón de endometrio. La primera menstruación les activaba un deseo ávido de sangre masculina. Ninguna de las Macaulay debía nunca someterse al designio de un varón. Y, durante las últimas décadas, todas habían soportado demasiado.

Mi padre escogió un mal día para atizar a mi madre con la botella de kétchup en la cara; en el paroxismo del dolor más indescifrable, con el pómulo partido, mi madre notó dentro de sí a su madre, a sus tías, a su abuela, a la abuela de su abuela que, desde la matriz contraída por el dolor de la cara, de los partos y de la reciente menstruación le decían: -Mátalo. Se acabó el silencio que nos ahoga. Acaba con él.

Siguió cortando la hogaza de pan sin molestarse en retirar el hilo de sangre que rodaba como una lágrima por su mejilla izquierda. Siguió cortando pero el pensamiento y las voces se volvieron tan intensas que le nublaron el juicio y el cuchillo pasó de serrar el pan a clavarse en el pecho de mi padre. Fue tal la fuerza y la ira con la que asestó la primera puñalada, que el pecho de mi padre cedió como la mantequilla.

Fue en legítima defensa decían los papeles policiales y el informe del forense. Dos hombrecillos de aspecto cerúleo y demasiadas ganas de acabar la jornada aceleraron el papeleo, sin duda sobrepasados por los acontecimientos, nada habituales en aquel condado pequeño de vistas al mar. Cerraron el expediente con el cuerpo de mi padre aún caliente y las voces de las Macaulay apoderándose aún de la cabeza de mi madre y sus carcajadas reverberándole en el pecho.

Yo tenía once años; estaba a unos meses de cumplir doce. Notaba calor, palpitaciones, un ahogo como si dos manos gigantes apretaran mi pecho desde las clavículas hasta el estómago; sentía una corriente eléctrica que discurría por mis nervios agitando mi cuerpo y erizándome los poros de la piel, como si se llenaran de mal presagio; sentía un éxtasis desconocido en la carne que se estremecía, notaba el latido del corazón en el interior de las venas y en los oídos como si fuera la propia sangre la que latiera y chocara contra las paredes flexibles de mis venas y arterias. Tenía vértigo y unas ganas irrefrenables de hacer pis, de vomitar y, de repente, la presencia intensa de mis órganos femeninos, internos y externos, como si esa parte íntima e ignorada hasta entonces se desperezase de un sueño eterno de princesa durmiente. Muchas horas después de la necesaria detención de mi madre, descubrí en el aseo de la comisaría que el blanco de mis bragas se había teñido de color oscuro.

La cabeza se me lleno de ideas, pensamientos. Tenía la certeza de que ese conocimiento nuevo había estado latente en mi desde hacía años y que ahora, sencillamente se despertaba.

Traté de contárselo a mi madre; buscar refugio en su regazo. Ella se mordía las uñas con la mirada extraviada:

-Mamá, me ha pasado algo.

Mi madre no atendía.

-Mamá, insistí; estoy sangrando.

Me miró como una autómata. Rebuscó en el bolso, extrajo un pañuelo, lo humedeció con su saliva y me restregó la punta del pañuelo por la mejilla.

-Sólo es una salpicadura. Lo dijo con tanta indolencia que al instante supe que mi madre no estaba allí.

-¡Mamá! Me ha bajado el periodo. La regla mamá. Me he hecho mujer. Le sujeté con firmeza la mano que seguía restregándome mecánicamente la cara.

Me clavó los ojos. Y no eran los suyos.

-¡Una mujer, otra mujer!, y no fue su voz. Fueron muchas. –¡Hija!; ahora sí era ella. Parecía un lamento, un suspiro ahogado. Volvió a su bolso. Me dio algo para que me aseara y un pañito.

De nuevo se apoderó de mí esa sensación de vértigo, tan incómoda como placentera y, con una certeza afilada, supe que mi madre no era tan inocente como se leía en los papeles de atestado. De nuevo me invadió el calor que enrojecía al límite del color púrpura mis orejas y me hacía sentir mareada. Traté de no dejarme llevar por él. Lo racionalicé. Frené el ritmo cardiaco. Respiré profundamente y conté tres lentamente. Uno, dos, tres,… me vacuné mentalmente contra el dolor que sentía en el útero y que me obligaba a deprimir el abdomen y hacerme un ovillo. Traté de mantener el ritmo pausado de mi respiración y no pensar en los monstruos que se formaban en mi cabeza.

Nos mandaron a casa. Sentí alivio y rabia. Alivio de volver a casa con ella y no sentirme más desvalida aún. Rabia porque mi madre era culpable de homicidio no premeditado y ninguno de los mediocres policías la habían descubierto. La muerte de mi padre seguía sin importarme demasiado pero la culpabilidad de mi madre que mis tripas y mis sesos habían descubierto, se me hacía indigerible. Vomité al llegar a casa. Ella se acostó. Parecía un fantasma. Estaba derrotada y dolorida. Pálida. Se movía como una pavesa. El pómulo se le había inflamado cerrándole prácticamente el ojo. Y aquel ojo hinchado, amoratado era la única evidencia de su carnalidad. Por lo demás, bien pudiera ser un espectro.

Yo también me acosté y dejé que los pensamientos volvieran a apoderarse de mí. Me había hecho mujer mientras esperaba en la comisaría a que procesaran el expediente de mi madre y la exculparan. Yo era apenas una cría pero estaba sola frente a una escena del crimen aún por resolver. Recreé de nuevo todas las circunstancias de la noche anterior. Mi madre pudo clavar el cuchillo a mi padre y dejarlo con vida. Así, advertencia nada sutil de que dejara de meterse con ella y que, desde luego, ni pensara en tocarme a mi un solo cabello de la cabeza. Hubiera sido más que suficiente y el pobre infeliz hubiera conservado su ruinosa y ebria vida. Pero no le bastó. Después del primer golpe brutal, mi madre giró la hoja del chuchillo dentro del pecho de mi padre y extrajo la hoja de sierra. El esternón hizo el ruido de una carcasa de pollo asado cuando se trincha en la mesa. Se destrozó bajo el efecto de los dientes del cuchillo. Y recuerdo los ojos de ella. -¿Eran verdaderamente de ella? Desde luego la animaba una fuerza ajena. Nunca antes la había visto así y nunca más le volvería a suceder. Enmudeció. Como un aparato eléctrico que recibe una sobrecarga; igual que una bombilla incandescente que brilla fulgurosa con una sobretensión, hasta que se abrasa el filamento y se extingue su luz.

Y lo supe de golpe. Un dardo directo al entendimiento. A mi madre, en el momento del crimen, se le habían juntado todas las hembras de su estirpe a través de una marea roja participada y furibunda. Implacable.

Y ahora yo –recién estrenada mi edad sexual- me incorporaba al siniestro perfil de la mujer Macaulay.

Pasaron otros doce años. Alcancé mis veinticuatro.

Observaba la fina cicatriz transparente en el rostro del cadáver de mi madre. Como la sonrisa del gato de Alice in Wonderland, se apoderaba del rostro de mi madre, llenando de ironía el rictus sin alegría de su boca fina y lívida. Seguí su trazo deslizando mi dedo por la carne seca y fría del rostro de mi madre y comprobé que mi historia se reconocía en la geografía de ella. Una media luna que me fascinaba por los recuerdos a ella bordados. Mi madre muerta volvió a asesinar a mi padre una vez más en mi memoria.

Ella, tras el homicidio, tardó poco en ceder a la locura, gripada como un motor viejo sobre revolucionado y terminó sus días internada en una casa de reposo, retirada y aislada del mundo.

Las manchas indelebles de las paredes de su cuarto, poco más grande e igual de austero que una celda de convento le arrancaban secretos y algunos recuerdos lúcidos, muy de tarde en tarde y casi nunca en mi presencia. Ella los anotaba en un cuadernillo de hule rojo, cada veintiocho días. Luego se le olvidó escribir. Las últimas palabras ya no eran inglesas. Poco después dejo de hablar, de centrar la mirada, de comer, de respirar. Todas las hembras que habían animado el cuerpo de mi madre tras el asesinato que la inició fueron abandonando su cuerpo esquilmado. Una única alma cada vez. No más de una en la familia Macaulay. Nunca en un mismo cuerpo. Un don. Y una maldición terrible.

Limpié de nuevo la misma cocina, el mismo cuchillo, para poder vender la casa de mi madre muerta.

Sentí una contracción en las tripas, el mareo que nace de las vísceras, la arcada, la efervescencia del deseo en los senos y las bragas teñidas de rojo.

Yo nunca mataré a un hombre, me dije. Nunca, -me oís-, grité a la vieja casa, a los viejos cacharros de la cocina de mi madre, elevando la voz como si los espíritus de mis mujeres residieran todavía en la casa. -¡Ilusa! parecía que me devolvía la voz de aquella casa haciéndose eco de la mía contra las paredes. Yo no sabía lo cerca que estaría de hacerlo. Pero en aquel instante repetí hasta casi creerlo que jamás asesinaría a ningún hombre.

Me gustaba pasar desapercibida pero llevaba más de ocho semanas retenida en un pueblo pequeño del litoral occidental inglés y supeditada a una rutina pegajosa y lenta, demasiado atractiva para abstraerse de ella. Necesitaba evadirme por las noches, huir de los sueños densos que se amotinaban sobre la cama de mi maldita madre asesina y difunta. Acudía casi a diario a un viejo y oscuro pub; el más alejado dentro de lo que encontré en los alrededores. Por mantenerme oculta; -¡Maldita seas Jolene!, ¿oculta de qué? ¿de quién? Jolene, la anomalía. Era mi don, el que me quería ajena de todo. Extranjera, huidiza, por si acaso.

En aquel lugar podía beber, camuflarme en la esquina de la barra y entregarme a pensar sin estar alerta. Pasar desapercibida y dejarme llevar por los devaneos de mi mente. No quería más. Un sándwich de pepino y mantequilla y un vaso de bourbon doble con hielo. El viejo pub estaba en el fondo de una vaguada, al final de un sendero asfaltado que lo habilitaba precariamente para los coches, mal iluminado y peor señalizado; Detrás de la aislada casa de campo, la orilla del río. Apenas un farolillo sobre un cartel pintado indicaba su presencia y su función: The Van&Band. Los ingleses somos buenos con los juegos de palabras y los dobles sentidos. En el aparcamiento de gravilla apenas dos o tres camionetas de faena, un par de turismos y una vieja autocaravana rosada. Me gustaban el local y la caravana. Más de una noche fantaseé con la idea de adquirirlo y quedarme allí, regentando el Van&Band y convertirlo en un lugar de culto; vivir acampada dentro de la vieja caravana.

La pequeña barra del bar de madera oscura se proyectaba hacia el fondo, abriéndose paso hacia un diningroom modesto pero acogedor.

-Siempre me han fascinado esos cuadros con escenas de caza, -pensaba.

-¿Quién jodidamente enfermo se habría regocijado en pintarlos?

Había una chimenea encendida, una diana de dardos y, -una noche-, una mirada clavada en mí. Era un hombre extraño. Sus intensos ojos pardos brillaban en la oscuridad del local. Parecía el mismísimo Diablo pero con el rostro más atractivo que había visto en mucho tiempo. Fumaba. Mientras me miraba sin tregua, entrecerraba los ojos y aspiraba el humo de su cigarro mientras con su mano derecha tamborileaba sobre la mesa. Se llevaba el cigarrillo a los labios con la izquierda, era zurdo. Sin duda artista. Llevaba los brazos tatuados, llenos de símbolos irlandeses. Pasé junto a él en dirección del aseo, al fondo de la estancia. Me observó como quien mira un cuadro. Yo no desvié los ojos de la escena de caza. Imaginé que me seguiría hasta la puerta del retrete. Que me empujaría contra la pared húmeda del y que poseería mi cuerpo para poder quedarme yo con aquel alma desconocida. Sexo por almas. Parecía que esa frase podría definirme. Pero no sucedió así. Una punzada de desengaño me rasgó la espalda ascendiendo hasta la nuca como una corriente alterna. Entré al baño y me refresqué las muñecas y el cuello. Había emociones que me hacían sentir ebria como si hubiera bebido un vino fuerte en ayunas. Salí y, al pasar de nuevo junto a su mesa, me retuvo agarrándome la muñeca. De nuevo la electricidad en sentido contrario, desde el brazo hasta el final de la columna, como un preludio. Me regocijé; me deleité congelando el momento preciso antes de girarme y mirarlo a los ojos. No pude sostenerle la mirada. Sabía que mis ojos eran fuertes, los había puesto a prueba muchas veces antes, pero subestimé los suyos. Eran de una intensidad tan asombrosa que hacían vibrar el aire a su alrededor desdibujando contornos, incluso los más próximos. Hoy me cuesta recordar su rostro. Solo quedan sus ojos increíbles clavados en los míos.

No hubo preámbulos:

-Necesito que mates por mí, -dijo.

Acto seguido, en mi mano, que retenía con fuerza, colocó un arma pequeña y fría, negra. Cargada.

De haber sido una persona corriente se me habría helado la sangre en aquel instante, pero no lo soy. No lo era. La mía hirvió empuñando la Beretta y esperando instrucciones. No pensé en nada que no fuera satisfacer la demanda de aquel hombre y, al tiempo, por fin matar, conscientemente.

-¿A quién?, -pronuncié. Y mi pregunta parecía no contener mi voz. Era más hueca y  grave. Como empujada con fuerza desde dentro de una caja de resonancia.

-Ves a aquel tipo de la barra, -señaló discretamente con la mano que sostenía un nuevo cigarrillo recién encendido y siguió hablando: -Terminará su copa, mirará contrariado a ambos lados, dejará un billete arrugado sobre la barra y, sin esperar el cambio, se levantará y se irá sin despedirse.

Sal tras él, espera a que camine unos pasos tras la casa. Irá a mear cerca del río. Míralo a los ojos y, sin mediar palabra, pégale un tiro a quemarropa. Cerciórate de que ha muerto. Remátalo y arrástralo hasta la orilla del río. Empújalo. Deja que la corriente haga el resto.

No dije nada. Me limité a esperar a que aflojara la presión que ejercía sobre mi muñeca y después a que el infeliz hiciera exactamente lo que me dijo el hombre de ojos increíbles.

Salí tras él como si fuera su sombra y, a punto de rebasarlo, lo sujeté del cuello, acerqué mi boca a su oído y, al tiempo que apoyaba la pistola sobre su sien, le dije: -No sé quién eres. El disparo sonó seco. El hombre se desplomó y calló al río. Me ahorró el trabajo. Me quedé hasta ver desaparecer bajo el agua su cabeza oscura. Regresé al bar. El ruido de la música impidió que alguien se alarmara. Llegué hasta la mesa del tipo desconocido. Le entregué el arma. La cogió por el cañón, aún caliente. Sabía que había disparado. Sonrío.

-Buena chica.

Se levantó y se marchó.

Acababa de matar a un hombre. Y tenía los mismos sentimientos que si hubiera matado a una rata a petición del chico del instituto que me gustaba. Matar un roedor a cambio del deseo, la admiración y el temor del chico popular de la escuela. Matar sin inmutarme.

Una punzada en la sien me espabiló. Aún estaba en el aseo. Me había desvanecido, fruto de mis mareos y náuseas. Estaba sí, en el pub; había visto los ojos más increíbles del mundo clavados en mi y había deseado que aquel hombre me siguiera hasta los baños no solo con la mirada. Hasta ahí la realidad. Lo demás lo habían soñado todas las mujeres que me poseían en cada ciclo. Cada veintiocho días.

Salí del baño. Cruce la sala. Había una tormenta fabulosa fuera, con una carga eléctrica preciosa. Se colaban flashes azules por las ventanas. Los vidrios se estremecían.

Me acerqué de nuevo a él buscando la salida. Me sujetó la muñeca. Suavemente.

-Dame una palabra, la primera que se te ocurra, dijo.

-Tormenta, dije.

-Otra, añadió.

-Sangre, repliqué.

Sonrió. Me senté. Conectamos. Pasaron las horas y la tormenta cesó ya casi cuando amanecía. Él clausuró nuestra cita improvisada con una canción apenas susurrada, la letra incluía mis palabras sugeridas espontáneamente horas antes.

Yo sentía la necesidad de llorar y que mis lágrimas llegaran a su boca y se fundieran con su voz. Aquella canción, desangrada en mi oído me contagió de unas ganas irrefrenables de besar la piel desnuda de sus mejillas. Húmeda, limpia y salada.

…La última nota pronunciada por su garganta rota de humo la dejó prácticamente sobre mis labios…

-¿Qué haces? -pregunté.

-Voy a besarte, dijo.

(Cerca, muy cerca, con apenas un grado de separación entre los dos)

-Las cosas no funcionan así, le dije mientras me retiraba levemente. Sin rechazo.

-Yo te odio, -mentí. Me has atraído, arrancado de mi anonimato necesario y seguro. No soy la mujer que buscas. No me gustan los besos. Te arrancaría la lengua con mis dientes si pudiera reprimir el asco que me provoca el mero contacto con otra piel.

Demasiado tarde, sus labios ya rozan los míos. Llega el vértigo, el calor y la náusea…solo que esta vez se convierte en el latido propio del deseo. Y no cesa.

-Podría aborrecer todas las bocas, todas las lenguas menos la tuya, -no me oye porque no pronuncié las palabras.

Un pensamiento fugaz cruzó mi mente: -Podría hacer dormir a la sangre y dejar de ser una anomalía durante un tiempo.

Soy otra mujer tres veces distinta de aquella.

Tres veces y volver. Una tregua. Todo iría bien hasta contar tres.

Una, dos, tres, …

Apártate o morirás.

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