Patricia Romero | Blog Large Image Whole Post
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Una versión posible del Hilo Rojo del Destino

 

 

Now, I believe in fate

because of you

 

Quizá sucedió todo –lo trascendente- demasiado deprisa.

Una extraña fuerza le hacía huir de los errores que había cometido y le obligaba a correr, precipitarse como si supiera de antemano que moriría de forma prematura. Elia se hundía.

Pero Elia no se moría; y si lo hacía, era como todos los seres, día tras día, pero ningún fin próximo le acechaba; sin embargo, fantaseaba a diario con ese momento. Inventaba treinta formas de morir y esa misma idea le empujaba a apresurarse aturdida en cualquiera de las decisiones que tomaba. Moría treinta veces al día aunque el día solo tuviera 24 horas porque despertar en esta etapa de su vida era un ejercicio siniestro para ella. Tenía treinta años.

Resolvió que acabaría con aquella sensación de una vez por todas. Necesitaba de una dulzura que jamás le darían las manos y labios masculinos. Podría arrancarse la piel a tiras pero el olor acre de aquel amante flácido y ausente jamás se evaporaría de la superficie de su piel y del fondo de sus fosas nasales de no ser por el olor de la piel de una mujer.

Lo primero fue la calidez de los labios de Claudia. Estaban tan suaves y tan vacíos de lascivia que la sedujeron al momento y no pudo reprimir el deseo de acariciarle un pecho; un simple acto reflejo de la necesidad de contacto físico con un ser humano que no le provocase dolor. Creyó Claudia que Elia buscaba su corazón; que después de tanto tiempo escuchando sus atormentados desvaríos y consolarla, por fin Elia cedía a su amor y lo aceptaba; pasando de ser fraterno a ser íntimo. Costó muy poco –nada-, seguir adelante con aquella historia. Era sencillamente atractivo salir de un fracaso y ensimismarse en una relación tan frágil. Ella sabía. Eran muy sofisticadas juntas, como si los intereses compartidos llenasen los vacíos abisales que las ahogaban a ratos. Multiplicaban su inteligencia la una sobre la otra, contra la otra; no sentir la sensación de que la invadieran y poseyeran era tan terapéutico y a la vez tan nostálgico. No tardaría en anhelar el contacto de la piel de un hombre dentro de ella pero seguiría negándoselo un tiempo más porque, al igual que el dolor que provoca un miembro fantasma, el suyo acabaría cediendo y ella no volvería a sufrir, ni a sentir nostalgia. Amar a Claudia era sencillo y le hacía sentir poderosa. No había forma de descubrir en aquel momento, en aquella fase de la relación, que no estaban haciendo lo correcto. Que simplemente eran una distracción la una para la otra.

Creció a su lado. Se sintió grande y crecieron sus ambiciones. No había nada que las distrajera de ser egoístas y felices. Decidieron que no habría hijos; por el carácter de ambas, las dos habrían querido ser el óvulo, el vientre, hubieran chocado como dos trenes de mercancías por escoger el espermatozoide perfecto, el método de concepción adecuado. Aunque lo hubieran dejado al azar, ambas hubieran deseado sacar la cara ganadora de la moneda, la tijera que corta el papel, el palito más largo…y, en el fondo, en el muy fondo de su ser, Elia se hubiera dejado inseminar de forma natural con tal de notar de nuevo la fortaleza de un pene chocando contra las paredes de su vagina. Echaba de menos el vigor de un hombre, su olor. Pero seguía negándoselo. El No-hijos resolvió la pega y todos los anhelos. De golpe.

Escogieron perro. Uno enorme. Para seguir llenando vacíos. Tenía un color imposible, casi metalizado de lo azulado que era el gris. A Elia, los ojos de aquel perro argentino le infundían miedo, uno atroz a que el dogo sabía en todo momento lo que ella pensaba. Eran cristalinos y azules, casi sabios. Gandalf llenaba su salón y aparentemente también sus vidas. No era ella la que asiduamente lo sacaba. Era, por así decirlo, la menos dueña de las dos, pero ponía la parte sensible en la educación del animal, la parte más femenina de ese yin–yin tan forzado a las circunstancias. Seguían queriéndose, eran civilizadas. Pero amar solo su parte no física empezó a fallar. Tal vez no fueran tan talentosas ni tan creativas, tal vez no existieran tantos sueños, ni tantos paisajes por contemplar, ella quería discutir con un macho, y comenzó a fijarse en las mandíbulas del conductor de la línea C que la llevaba al trabajo. En las manos del cartero que le entregaba las facturas, en las caderas del ciclista que pasaba esporádicamente por el campo de visión de su ventana. Se servía lánguida al llegar a casa, no se negaba a Claudia y entregaba su cabeza al puzzle de ojos, manos, caderas, piernas que había cazado visualmente durante el día. Fantaseaba. Era difícil que no se le notara. Ambas sabían; aun así, la vida seguía siendo fácil. No apasionante pero llevadera.

Sucedió algo. Murió el padre. No el suyo. Eso hubiera sido terrible, catastrófico para su ser, devastador para una mujer rendida a la figura paterna, una figura a la que consideraba imbatible. El único hombre que jamás la decepcionaría. Murió el otro padre, el de Claudia, una relación más terrenal y más interesada de la hija hacia el padre como es lo natural. No había ni de lejos idealizaciones y sí la tranquila asunción de quien sabe que de un padre cabe esperarlo todo, por defecto. Incluso la muerte. Elia hubiera interpretado la muerte del suyo como una decepción, la traición definitiva de aquel que nunca la traicionaría; si pudiera pensar las cosas de una forma más mundana como Claudia tal vez no todo dolería tanto, todo sería menos intenso pero mucho menos desconcertante. Se equivocaba. Claudia, pese a su mayor asepsia sentimental no entendió el final de su progenitor, se culpabilizó para llenarse luego de una autocompasión enfermiza. El padre se fue de pronto y sin previo aviso. En mitad de una soberana discusión en la que demandaba respeto de una forma terriblemente autoritaria. Le mató una enfermedad lenta y silenciosa. Una que no dio la cara hasta que fue demasiado tarde. El orgullo impidió a Claudia asimilar qué y por qué sucedía aquello. Se aisló. Lo negó todo y se apagó; interrumpió un duelo necesario y negó cualquier tipo de ayuda. Dejó de pasear al perro.

Y así comienza esta singular historia en la que una de dos mujeres se apaga mientras la otra resiste y se resiste, envueltas en los mismos acontecimientos.

Elia comenzó a sacar el perro de Claudia a regañadientes, no era su perro, no fue su elección. Ella quería un perro pequeño, un chihuahua color canela de collar rojo que atendiera al nombre de “Sr.Topper”. Un dogo argentino gris profundo no podía llamarse Sr.Topper o tal vez sí, le hubiera imprimido carácter, la personalidad rezongona de un chihuahua mexicano. Pero no, el dogo se llamaba Gandalf. Claudia se lo había puesto en honor al mago y ella empezó a llamarlo Gandolfo como revancha por dejarla con el perro e irse, a ninguna parte pero irse, y del todo. Sonaba menos místico, se sentía ridícula ante el aura espiritual de Claudia que todo lo envolvía.

-No eres mágico Gandolfo; eres un cabrón chantajista. Se presupone a cualquier perro la habilidad para detectar la depresión de sus dueños y no se mueven de su lado; sin embargo tú solo quieres pasear. Maldito perro indolente.

Pasó el tiempo, ese tan manido que todo lo cura y sin darse cuenta los paseos se distendieron, se alargaron, la correa se fue soltando y comenzaron a disfrutar de aquello a lo que los hechos les obligaba. Es posible que antes, en presencia de Claudia, ni Gandolfo, ni ella se entendieran.

Vivían al final de un barrio con vistas a la sierra. Divisaba una línea de tren y un trazo oscuro de montaña en la noche como línea de horizonte. Vista idéntica a la que recordaba de su infancia. Las mismas luces titilantes que de niña alimentaron sus sueños de ser grande. Tan grande que se asfixiaba como si un globo se empeñara en inflarse dentro de sus pulmones. Así de grandes habían sido sus esperanzas. Todo era fértil entonces; todo posible. Y aquellas luces, siempre le hicieron confiar en que llegaría. Vibraba con ellas. Temblaba de frío en invierno, pegada al cristal de la ventana de su dormitorio. Ahora, treinta y cinco años después, los paseos con Gandolfo le devolvieron aquellas vistas y aquel sueño menos intenso pero aún con la chispa de posibilidad que le encendía el pecho aunque no llegara a cortarle el aliento como antaño. Seguía aquellas luces nocturnas y prolongaba los paseos hasta sentir agujetas en los pies de tanto caminar y en los ojos de tanto mirar. Cada vez le extasiaban más sus luces. Paseo tras paseo, no se daba cuenta de que Gandolfo se iba haciendo cada vez más pequeño. Todo a su alrededor se fue convirtiendo en un decorado que si guardaba silencio podía ser tolerable pero que la irritaba sobre manera cada vez que le reclamaban la más mínima atención. Tanto más irascible cuanto más legítima era la demanda. Su futuro seguía creciendo con las luces de la infancia, mientras Gandolfo menguaba de la misma forma que lo hacía su pasado. Su presente parecía de cristal. Transparente y frágil.

No quería otra cosa que no fuera que llegase el final del día. El perro como una excusa.

Sin darse cuenta Gandolfo se convirtió en el Sr.Topper de lo pequeño que se había hecho. El collar se le quedó tan grande que un día, harto de disimular, se escabulló por el aro inmenso del collar y huyó. Sin más. Como una liebre. Ella se lo quedó mirando. Inmóvil. Buscando el sentido de aquel gesto animal.

-Ingrato. No tenía claro a qué o quién se lo llamaba.

Gandolfo huía por puro instinto detrás de las feromonas de una hembra perruna que parecían demostrar que lo querían más que ella, al menos aquella noche. Tal vez luego de un rato se arrepintiera pero los perros no piensan en mañana.

Aquella noche, la de la huida de Gandolfo, ella paseó una correa durante más de dos horas. Aquella noche, Elia hubiera querido fundirse con sus luces. Fundirse con su sueño aunque ello supusiera no realizarlo por pura metafísica. No puedes alcanzar lo que ya eres. Menos en su caso que suponía cambiar de estado físico y, por tanto, sucumbir en su actual forma material. Cómo puede un cuerpo humano convertirse en luz, vibrar en la longitud de onda en la que vibra el espectro visible?

Por unos segundos, de vuelta a la realidad, pensó en qué le diría a Claudia respecto a su Gandalf; concluyó que no había forma de evadir con eufemismos lo inevitable: -Me voy Claudia. Gandalf solo se me ha adelantado. Me voy. Podría quedarme y huir permaneciendo a tu lado. Huir en otra persona mientras sigo haciéndote creer que estoy aquí.

A Elia le dolían las palabras según las pensaba. Claudia lo estaba pasando francamente mal y ella se sentía impotente de no poder ayudarla. Sentía pena, culpa, ira pero también, egoístamente, ella debía ponerse por delante, nadie cuidaría de ella mejor que ella. Así explicaría a su mujer ausente la evasión desapercibida de su perro menguante.

-Gandalf ha huido, Claudia. El aglutinante de su pareja, su “elijo-perro” se había esfumado, fundido con las luces en el horizonte.

Elia creía haber dicho en voz alta estas palabras pero no lo había hecho. Es más, estaba aferrada al cuerpo dulce y cálido de Claudia, con el amargo sabor de las palabras no pronunciadas. Se sentía tan sola. Atrapada en el devenir de ideas y emociones contradictorias, echando lágrimas silenciosas sin poder parar. Claudia interpretó aquel llanto como la aflicción por la pérdida de Gandalf.

Elia seguía deseando volver al cuerpo de un hombre. Casi se le había olvidado lo que se debe sentir. Todo su cuerpo producía un discurso feminista pero echaba de menos un pectoral llano y firme, unos glúteos fibrosos y contenidos, menos redondeces, más aristas, menos suavidad, más fuerza contenida; quería llorar en los brazos robustos de un hombre; intuir que, si esos brazos quisieran, podría no escapar nunca de ese abrazo y saber que, pese a ello, jamás la oprimirían tanto como la dulzura de Claudia.

Quería que su útero cobrara sentido literal, quería ser hogar y para eso necesitaba un varón. Después de tantos años volvía a sentir una prisa incontenible por resolver.

Pasaron unos días. Quizá unas semanas. Pocas. No más de un mes. Seguía paseando de noche, sin perro pero con la manía de acariciar el mosquetón de la cadena de Gandalf, que aún llevaba dentro del bolsillo. Llegó a casa. La puerta de acceso al viejo inmueble estaba abierta, algo que le facilitaba mucho la labor; siempre se le resistió esa pesada puerta de hierro y, cuando no era Klaus, el viejo y gigante portero noruego, era Claudia la que tenía que responder desde arriba pulsando el automático. Sus llaves, como si estuvieran conectadas a las idas y venidas de su cerebro nunca funcionaron bien, ni a la primera.

Subió el primer tramo de escaleras del portal ya cautelosa, amasando en el vientre una emoción entre el temor, el mal presagio, la curiosidad y la incredulidad. Pareciera como si aquel viejo edificio de la calle de la Cruz, con sus escalones de mármol blanco, los viejos buzones de madera y las enormes mirillas de bronce con forma de roseta, gritaran a la vez. Todos los elementos del edificio, todas las puertas verde inglés parecían un séquito de plañideras. Incluso su quietud parecía falseada. El edificio bien pudiera estar dotado de todos los sentidos humanos y haber preferido ejercer el derecho a atrofiarlos voluntariamente; para qué ver, hablar, oír o ir, pudiendo quedarse allí, así, quieto. Elia percibía así las señales habitualmente pero las desechó, como siempre, negaba toda intuición. Aun así, subió los peldaños despacio, sin tomar el ascensor, como queriendo evitar llegar al tercer piso. En todos los tramos tenía el ritual de acariciar el mosquetón de metal tantas veces como puertas contaba en cada rellano, procuraba recordar a los habitantes de detrás de cada puerta; como si fuera una azafata de vuelo con su contador de pasajeros; era mecánico y, a la vez una suerte de ritual que le aportaba seguridad a ella y protegía a los actores involuntarios que participaban. Llegó al tercero y abrió la puerta; un olor extraño le llegó a la nariz al tiempo que se daba cuenta de que se le había olvidado contar a Claudia con el mosquetón. Lo hizo. Demasiado tarde. El olor sutil se fue haciendo presente de una forma que acabó siendo insoportable. Como guiada por hilos invisibles que tirasen de ella, sin dejar el abrigo, ni sacar el móvil, ni la cartera de sus bolsillos, se adentró por el pasillo hasta el corazón de la casa, el dormitorio y luego el baño. Se abrazó al marco de la puerta aliviada. Claudia no estaba muerta. De vuelta a su exageración literaria, había pintado su propia muerte de novela negra, de guión de serie policiaca. Pero no se había abierto las venas; había fumado, bebido una botella de Chardonnay , había escrito una inusual nota de suicidio: “Sé que anhelas que un tío te haga el amor con furia, enredado en tu lengua y jugando tanto con tu cuerpo como con tu mente; puedo dártelo todo menos eso. Estoy cansada. Cansada de ti, de mi, de ti y de mi juntas, y de ninguna en ninguna parte. Se acabaron mis días a tu lado. No quiero seguir. Estoy agotada. Sin más, llegué a todo cuando llegué a ti, pero a ti te queda un largo recorrido. Necesito ser yo la que huya, “la elegante y majadera que huya” no sin una nota de desdén. Y me llevo tu armario; no es sentimentalismo, necesito tus prendas, las que te envidié primero para luego enamorarme de ti. Un de ti que se convierte en sin ti porque, a tu lado ya no salgo de este atolladero. Te he inventado esta escenita para que me consideres muerta. Deja una luz de la mesilla encendida cuando te hartes de cuerpos y corazones masculinos. Puede que regrese de entre los muertos, más hermosa que nunca, a besarte mejor de lo que ningún hombre jamás hará”.

Elia se puso tan nerviosa que la risa y el llanto se le escapaban de forma casi simultánea. Claudia la había ido abandonando desde las 10:00 de aquella fría mañana de febrero. Desde esa hora temprana, mientras ella trabajaba en la oficina, Claudia había estado emborrachándose y colocándose para agarrar las fuerzas suficientes e irse bajo aquella lluvia incesante de invierno. Se suicidaba de su vida, se quitaba de en medio. No sabía si para siempre porque Elia no sabía cuanto tiempo tardaría en aclarar sus ideas; le apetecía besar a hombres, a todos los hombres que por alguna razón física o intelectual la sedujeran; no los amaría pero quería que sus labios quemaran de besar otros labios; no conseguía reprimir el deseo hacia el macho. Se convertiría en una coleccionista de besos y, aun cuando ya estuvieran fríos como el inerte cuerpo de la Claudia fingidamente suicidada, Elia seguiría alimentándolos. Mientras perdía a Claudia, tal vez para siempre, Elia se moría por seguir besando.

Estaba sola. Sin nadie que le ayudara a limpiar la surrealista despedida de Claudia. Lloró lenta, ya completamente melancólica y aterrorizada, con un miedo vacío directamente proporcional al que dejaban ella y sus cosas. Limpió todo con el sentimiento puesto en Claudia, sin reproches, con pena. Se desnudó, se duchó, se secó y vistió. Se puso el abrigo, vació los bolsillos en la entrada y salió a la calle. Aún hoy se pregunta por qué haría aquello, en aquel momento; el caso es que en el portal, un perro canijo y huesudo, más negro que la noche, la miraba con unos ojos saltones de color marrón; no llevaba collar ni correa. Estaba empapado y temblaba, pero la miró insólitamente a los ojos, dócil pero digno. Lo tomó en los brazos. El animal le marcó la mano con los dientes sin apretar, sin morder, era una simple advertencia de lo que podía hacerle pero no lo haría sin una razón. Repitió el gesto unas tres veces más y después le lamió la inexistente herida. La miró y se relamió. Tenía hambre. Instintivamente Elia le miró el sexo, solo se la quedaría si era una hembra.

La llamó Galadriel como contrapunto a la oscuridad de su manto. En homenaje a Gandolfo. Fueron al veterinario de urgencias. Galadriel no tenía chip pero que estaba sana. La desparasitó, la observó un par de horas y pudo llevársela a casa. A empezar de nuevo, a empezar de cero.

Le compró un collarcito de strass blanco que resaltaba el negro de su pelo. Le acortó el nombre a Gala y paseó con ella por el carril bici al anochecer siguiendo las luces titilantes del horizonte definido por la linde del cementerio y las vías de largo recorrido. Esperaba a que el tren de las doce de la noche pasara como una estrella fugaz; entonces regresaba a casa. Así se fue despidiendo de Claudia hasta que pudo borrar su nombre del buzón del correo. Y llenar los cajones vacíos. Buscó un hombre, muchos hombres a los que besar pero, ninguno con sus noches de sexo desinhibido y potente, llenó el hueco que aquella nota de falso suicidio que Claudia le había dejado.

No se enamoró. Pero fue madre. Fueron madres. Elia en un banco de esperma. Gali se lo montó mejor que ella y se preñó de Hércules, el chihuahua canela de un amigo-de-pasear-a-los-perros-gay.

La preñez de Gali se complicó al tiempo que el embarazo de Elia avanzaba sin complicaciones. Pasó más tiempo en la clínica veterinaria que en la consulta del obstetra. El día que tuvieron que interrumpir la gestación de la perrita para salvarle la vida, ella lloró desconsolada y él la abrazó en las puertas del quirófano. La abarcó como pudo salvando la barriga de gemelos y Elia lo besó. Sin preguntar. Sin pensar en novias, esposa,…solo lo besó porque aquel hombre que salvaba a Gala, salvaba sin saberlo el alma de su suicidada mujer reencarnada en perra. Muerta para ella. Viva y coleando en algún lugar del planeta.

Fue un beso más.

Nacieron los gemelos. Varones.

Gali sigue junto a ellos. Una perrita mestiza con un costurón en la barriga que necesita muchos cuidados y le sobra mala leche. Elia siguió besando al veterinario; y siguió buscando el beso perfecto que le hizo perder a Claudia.

Aún hoy sigue enredando sus hilos. Los gemelos han crecido. Cuando salen por la noche, Elia enciende una lamparilla de mesa en el piso de la calle Cruz. La deja para ellos, para evitar que tropiecen cuando regresen cansados de madrugada; inconscientemente se la prende a Claudia, por si fuera real lo que en aquella nota decía. Por si nunca hubiera muerto lo suyo. Por si regresara del olvido en el que ella misma la sumió. Más hermosa que nunca. Con un beso imposible prendido de los labios. Claudia no podría ser nunca el hombre que anhelaba su cuerpo por mucho que su corazón se empeñara. Elia regresa a la cama y besa al veterinario en los labios. Tiene un hombre que no es Todos los hombres pero le gustan sus besos. Apaga la luz; sobre la mesilla hay un ejemplar del libro que ha hecho tan famoso al tipo ese tan escurridizo que no concede entrevistas (salvo las escritas a través del email). El libro es extraño pero está bien escrito. Algo intenso la conecta con él. Aunque solo ha leído las primeras páginas, siente la necesidad de comprar compulsivamente toda su obra, sugerida en Amazon. Le atraen los títulos.

Al otro lado del planeta, una mujer con seudónimo de hombre escribe obras de éxito. En todas, un personaje femenino se suicida. En todas, una mujer espera que una luz se encienda detrás de una ventana como un faro. Llamándola, guiándola de vuelta a casa.

 

 

 

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boots diary

Diario de mis viejas botas

Tengo una historia que viene escribiéndose desde siempre al revés: Finales como trozos de vidrio que van componiendo la imagen fragmentada de alguien que ansía alcanzar un principio, un comienzo definitivo antes de que sea demasiado tarde.

Con esos pedazos de cristal azogado he aprendido a levantar murallas. Son frágiles, pero la abominación que a veces devuelven los espejos, es suficientemente persuasiva para mantener a raya al enemigo.

También he construido presas al filo de mis ojos para evitar el desbordamiento de las lágrimas. Y así, convertida en estado de sitio humano, voy colocando andamios donde la vida tendría que sostenerse por sí sola.

Me gustan –en términos literarios- los regresos, pero siempre me estoy yendo. Yéndome por las ramas. Huyendo. Y lo peor de todo es que mis pies apenas se mueven. No me llevan a parte alguna.

Siempre me levanto de madrugada con la mera intención de salir corriendo. Sin embargo, un leve recuerdo cotidiano me devuelve a mi vida gris de secretaria y me apresuro a preparar el desayuno con las zapatillas de running y el short aún puestos. No salgo a correr, huyo en mi pequeña cocina americana mientras las galletas de chocolate se deshacen en mi café de adulto. Trato de invocar a la mujer valiente que mis amigos dicen que soy mientras me saco las deportivas, me visto y me calzo las viejas botas para ir al trabajo. Me importa un bledo que no sean femeninas o estén destrozadas por el paso del tiempo y las estaciones. Su voz –mi voz interior- me promete que algún día dejaré de escribir finales y comenzaré por el principio y ahí me instalaré, en un comienzo en el que quedarme. Me pongo en pie. Arreglo mi parte maltrecha con otro puntal lacerante pero útil y salgo de casa, armada de espejos hasta los dientes.

En el coche sólo recuerdo la letra de una canción y, aunque la música no se pueda tararear con palabras, viene a decir que no ha nacido quien me baje de estas botas, quien desenfunde mis piernas de estos dos vestigios de la mujer que soy, cuando soy.

-¿Las botas? Ellas son la verdadera razón de esta historia que es la siguiente:

…Recuerdo a una mujer.

-Te regalas, -solía decirle. Bailarina dentro de una Dance Box. Los resortes de la sensualidad y la atracción se ponían en marcha nada más sonar los primeros acordes de la música. Ensayabas en casa. Pero la pequeña caravana en la que actuabas, ejercía de caja de resonancia, ofreciendo un concentrado de música, movimiento y sudor de efecto tan contundente como las pastillas de caldo en un guiso. Sólo tus botas de vaquera puestas. Terminabas y te ibas. Ponías en marcha el motor y apenas dejabas que tu último admirador descendiera del vehículo. A veces se dejaban olvidados los huevos dentro, a veces el maltrecho corazón. Y era peor que perder las llaves. Mil veces peor que ser descubiertos por sus mujeres pensando en ti, en la intimidad de sus camas aburguesadas y lánguidas. Un día, uno cualquiera como aquellos en los que yo que me reía a tu lado de los despieces viriles que ibas dejando al paso de tu caravana, fui yo la que vio la parte trasera de tus botas. Te vi partir. Para siempre. Me las dejaste en prenda. Dijiste que estaban malditas. Que conducirías tu vieja caravana descalza hasta que te sangraran las plantas de los pies antes de volver a calzar aquellas endemoniadas botas siempre prestas a huir. Que preferías morir a seguir siendo sierva de Su viaje. Morir; inmenso precipicio entre tener demasiado y no tener nada de nada. Caer al vacío y, por no tener, no tener ni vértigo, ni miedo. El miedo inherente a la vida se esfuma cuando mueres. Es curioso que los occidentales interpretemos lo opuesto a morir, la vida- como tener, tener mucho, tenerlo todo, y si no, perseguirlo hasta la extenuación. Hasta conseguirlo cuando ya no quedan fuerzas para saborear casi nada. Asi que, ante ese pensamiento te plantaste y me plantaste tus botas de ida. Y te marchaste.

Recuerdo lo que me decías cuando frívolamente nos probábamos las cremas de Mary Kay en el chiscón que teníamos por aseo en el piso que compartíamos: -Los niños son esenciales. Por eso no tienen arrugas. Están definidos, nada perturba ni altera su identidad, no son menos, ni están por hacer, son esenciales. Son esenciales, -recalcabas.

Esenciales y tersos, puntualizaba yo para quitarle hierro a una sentencia tan filosófica tuya que de seguro nos sumiría en un silencio demasiado fértil para ambas. Acabaríamos con la botella de whisky de tu estantería y yo daría tumbos hasta mi cama en la habitación de al lado.

Quiero azúcar. Ese día sería la risa y el azúcar en lugar del alcohol. Éramos hedonistas cuando estábamos juntas. El alcohol, la comida, el sexo…hubiéramos devorado al mismísimo Dorian Gray, si se nos hubiera puesto a tiro en ese momento.

Quiero un hojaldre bañado en azúcar.

–No debo, pero lo quiero.

–Me seduce de lejos su aroma y su forma. No me puedo resistir.

Parecía que hablabas siempre de un hombre, de los labios carnosos de un hombre. Uno en exclusiva. Los tenías por decenas pero, cuando hablabas de comida, pareciera que estuvieras recorriendo el cuerpo de un solo hombre. Siempre el mismo.

Y nos comíamos aquel pecado de azúcar y carbohidratos sin importarnos la hora de la madrugada. Lo devorábamos con frenesí, con la aparente inocencia de un niño cuando en realidad parecíamos discípulas de DG en una de sus orgías.

Te mudaste. Dejaste nuestro piso compartido de estudiante y bailarina exótica. Y te fuiste. Me dejaste tus botas en prenda junto a un cuaderno de tapas negras de hule sobre el que habías pintado un corazón con laca de uñas roja.

Te gustaban tanto los corazones! Los coleccionabas. De todos los materiales y todos los estilos; la primera vez que me los enseñaste di por sentado que, secretamente, todos tenían un nombre de hombre grabado. Un hombre distinto a los clientes de tus bailes. Nunca me lo revelaste pero siempre fui consciente del efecto que provocabas en ellos. Te idolatraban, física e intelectualmente caían rendidos a tus pies; hubieran dado su reino y su cordura si tú les hubieras prestado la más mínima atención…pero tú no prestabas atención a sus señales. Demasiado centrada en unos labios como hojaldre. Era como si áquel amante habitara dentro de ti y tú en él.

…Suena una canción: …These boots are made for walking… abro la portezuela de la pequeña caravana…no hay hombrecillos haciendo cola para verme…tan solo un muchacho con los ojos tan dilatados como si se los hubieran ungido con belladona. Con total supremacía fumo un cigarrillo, prácticamente contra su rostro; él se restriega los ojos para substraerse un poco a la atracción. Soy una figura épica ante sus ojos, una guerrera de leyenda.

Despierta…

-No me lo digas, te has quedado dormida con las botas puestas, -suenas dentro de mi cabeza como si estuvieras a mi lado.

Y así operaban tus botas sobre la piel desnuda de mis piernas que absorbían la esencia de aquellas tardes oscuras de viernes y en invierno.

Llegará el verano y toda la melancolía quedará envuelta con el par de botas limpias y embetunadas entre las páginas del diario de la semana.

Aún no estoy lista para partir. Queda todo el otoño, todo el largo invierno pero llegará la estación del cambio y desearé profundamente que las botas que un día eligieron por ella un nuevo destino, marquen, como una brújula, también el mío.

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El Mar de Frida

Llego a la costa, al Castillo del Mar, con intención de reconciliarme con él, con ella, con su género líquido y con mi cuerpo agotado. Pero sé a ciencia cierta que el mar volverá a lastimarme y que mi cuerpo seguirá doliendo.

Así como se rechaza a quien nos descubre algo demasiado secreto y certero para ser digerido cuando se trata de una voz ajena, así le dí una vez la espalda al mar cuando, años atrás, me auguró una soledad que marcaría el resto de mis días. Después murió un ser queridísimo y también me lo dijo. El mismo mar de antaño, con su belleza imponente, hoy me mira de nuevo con toda su azuledad.

Un azul índigo tan intenso como el de la angustia mil veces retratada de Frida. La casa de Frida. El cuerpo de Frida. Frida de vida, Frida de muerte. Frida que nació fortuita, como todos lo hacemos y que murió cada día que vivió. Cada vez que perdía a un hijo, cada vez que sentía que se diluía un trazo del amor de Diego y que calmaba su sed de venganza en las lenguas y la piel de sus amantes. La siempre enamorada Frida. La fervorosamente entregada al Genio. Cada mañana se extinguía su cuerpo aparatoso, moría a cada espasmo de dolor inflingido por una espina retorcida, una pelvis hecha añicos y un pie molido. Todo ese dolor físico, toda la impotencia del amor apenas correspondido fluía hacia sus pinceles. Y se hizo arte. Se deshizo y rehizo a sí misma en cientos de telas y masonites.

Destilaban amor y odio, vida y muerte, ella y sus retratos, su pie, aplastado e inútil pero también velero en el mar. Su corazón usurpado, arrancado de su seno, apátrida en tierras áridas, deshaciéndose en un mar de sangre, siempre enamorado.

El mar de Frida fue un mar poco amable. Azuledad. He de suponer que la enfrentaba al pánico de morir en un día soleado. O demasiado pronto. Antes de Querer Todo a Diego, a quien celaba y cielaba, con saña y energía telúrica.

Mar de sábanas, de las camas en las que estuvo postrada una eternidad. Mar de lágrimas.

Me quedo su retrato, Recuerdos. Asaetada, torera, disfrazada. La de antes y la de después. Sobrecoge el pedacito de mar sobre el que navega un barco velero, pie inútil que huye. Veo el corazón de Frida como un manantial del que fluyen ríos rojos. Agotándose pero manando eternamente. Me sobresalta la fuerza que tuvo que invadir el corazón de Frida. Un sentimiento imparable que la obligó a crear y estar triste al mismo tiempo. Una niña triste y chocante hasta el final de sus días.

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Umbilicus

Umbilicus

Todos tenemos uno. Todos menos AH que odiaba tanto a las mujeres que hizo que le borrasen el suyo para no tener que recordar a diario que había nacido de una madre, memoria que le producía sumo sufrimiento. En realidad tuvieron que arreglarle con cirugía una hernia que borró el cráter oblongo de su enorme panza. Lo cierto es que el odio se tornaba en deseo e inseguridad cada vez que una hembra apetecible se le ponía a tiro de cámara. La sensación patológica de ser rechazado por un ángel le atormentaba. Mejor jugar a ser dios. Mejor no tener ombligo al que sentirse atado.

Todos tenemos uno. Todos, incluso una sombra asesinada. Una bala perdida rasga el aire atravesando a la sombra que confiada se proyectaba desde la base de aquel o aquello que la poseía. El proyectil le hace un lunar, orada una mirilla sobre el negro uniforme de su existencia, dibuja una circunferencia perfecta en su tejido de ausencia y la luz se cuela y proyecta afilada hasta el infinito. La sombra no sangra, pero desaparece convertida en luz. Fin.

Todos tenemos uno. Todos diferentes y, aun así, todos reductibles a una sencilla clasificación: Agujero o nudo. Más o menos profundo, más o menos esférico, más o menos prominente. Y, al igual que el capricho de nuestro ombligo al nacer y cobrar forma exclusiva, rúbrica indeleble de nuestra madre si no eres AH, hay cuestiones en nuestras vidas que nos ponen, de un lado o de su opuesto. Una de dos, agujero o nudo.

“Verás, el mundo se divide en dos categorías, los que tienen revolver cargado y los que cavan. Tú cavas”. –decía Blondie en El Bueno, el Feo y el Malo.

Están aquellos que creen en los ángeles y los que niegan su existencia.

Hay a quienes les gusta el pico de la barra de pan y a los que no. A los que les gusta comer un plátano a mordiscos y los que utilizan un cuchillo para rebanarlo. Los que dejan que el café se quede helado y los que se abrasan la lengua antes de permitir que se enfríe. Luego está el coco, un fruto que nunca será de medias tintas, o lo adoras o lo desprecias toda la vida.

Están los que leen el periódico desde la contraportada y los que escogen la primera plana.

Los que compran pijamas de diseño y los que prefieren una camiseta desgastada para dormir.

Están los que coleccionan mariposas clavándolas sobre un lienzo y los que no matarían ni a una mosca.

Y luego están, por supuesto, los que despeluchan los cepillos de dientes y los que se deshacen de ellos en perfecto estado. Solo depende de los secretos que sus propietarios guarden y de lo hábiles que sean ocultándolos.

La lista que nos convierte en perfectos opuestos se podría hacer eterna y cada vez más singular pero hay una clasificación, sin duda la más personal, que me inquieta más que todas las demás:

-Existen los seres –escasísimos- que saben tocar un Stradivarius y luego está el resto. Cuatro cuerdas que separan a un genio del ruido. En las raras y contadas ocasiones que he escuchado uno, mi ombligo se convierte en el vórtice de un torbellino imparable. Reducida a ser solo un ombligo, girando en espiral hasta que la música cesa.

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La fragilidad de los fuertes

La fragilidad de los fuertes. El equilibrio del triángulo invertido.

Viajo en tren. En sentido opuesto a la marcha como si me resistiera, negándole al viaje su propia naturaleza que es avanzar. Lo cierto es que me incomoda pero mi plaza es una de las cuatro que están dispuestas en torno a una mesita plegable, así que no haré por cambiar de asiento. Siempre me han gustado esos espacios en los trenes. Diminutos salones en los que tomarse un café, apoyar los codos sin restregar la nariz contra el asiento del vecino de enfrente o simplemente mirar de frente sin escrúpulos al compañero de viaje.

Se sienta frente a mí una muchacha, demasiado joven para que una niña de cuatro años la llame mamá. Le acompaña un hombre extraño muy deteriorado para ser el padre de aquella criatura y la pareja de una mujer tan en flor. No encajan, de ninguna forma encajan y, sin embargo, la familiaridad con que se tratan, el afecto que ese hombre destrozado deposita en la cría pone en evidencia que, por rara que pueda ser la historia, se conocen. Son familia. Dejo de construir hipótesis sobre los viajeros, le regalo un rotulador plateado a la niña, como si quisiera disculparme por la intimidad que mi monólogo interior ha quebrantado y les dejo ser lo que quieran que sean.

Prosigo mi marcha. Hacia atrás en el convoy larguísimo que me lleva hacia el sur. Esta vez es el sur.

Hace un par de semanas fue el noreste. Invitada a presenciar un espectáculo de circo moderno que me dejó sin aliento y sobre el que vengo pensando todo este tiempo, un recuerdo que no dejo de marear en la memoria para poder decir algo digno acerca de lo que sentí al presenciarlo.

Ella fue, sin duda, el espectáculo dentro del espectáculo. La equilibrista. Durante los minutos que duró su actuación sujetó el aire, mientras el aire sujetaba cada una de las varas curvas que estratégicamente colocaba en inverosímil equilibrio, en un punto definido del espacio. Comenzó el número ligera, leve, casi fortuita, jugando con un palillo del peso de una pluma; a medida que ella desarrollaba el guión las varas fueron siendo de mayor tamaño, cada vez más largas, cada vez más imponentes, parecían ramas secas de algún tipo de palmera. El aire que sostenía las varas en equilibrio se mezclaba con la respiración de ella que llenaba el ambiente como única banda sonora. Su forma de respirar la sumía en una especie de trance y la conectaba al suelo que pisaba descalza y a todos y cada uno de nosotros que, atónitos espectadores, sin darnos cuenta, conteníamos la respiración.

Me pregunto cuantos de nosotros estaríamos pensando que fracasaría, cuántos que llegaría hasta el final porque algún tipo de truco de circo tenía controlado el final y cuantos, como en mi caso, estaríamos simple y bobamente prendidos de la emoción que se desprendía de aquella forma de inhalar y exhalar aire; de aquella meditación profunda.

Física y Meditación. ¿Por qué no? –Parece factible. Pero el conjunto imponía. Ella imponía. A medida que avanzaba el número hacia el “más difícil todavía”, hacia el “más grande todavía”, una maraña de ramas se cimbreaba en un equilibrio perfecto pero, pese a lo prodigioso del equilibrio de toda la construcción, yo no podía apartar la vista y el espíritu de aquella primera y frágil varita que en el extremo del artefacto parecía impasible ante lo que acontecía siendo parte de algo más.

Ella hacía un esfuerzo titánico. Desconozco el peso de aquellas ramas secas, pero fuera cual fuera la atracción real de la gravedad, en nada podía ser comparable con el peso emocional de su concentración de equilibrista. Terminó de construir sobre su cabeza una bellísima estructura de árbol, una trenza de fibra y aire a la que –ya intuía el público- apenas sostenía un suspiro; la coreografía de su cuerpo, las ramas oscilantes y su jadeo que movía la masa de aire bajo la carpa fue aumentando. A medida que todo en el centro de la pista se intensificaba, más paralizado estaba el público.

Mientras, yo seguía obcecada en entender la existencia de aquel palito.

El número alcanzó el clímax y, en el momento álgido de la expectación, ella se separó de la construcción, elevada sobre la transparencia del aire. Aquel árbol titilaba y oscilaba suavemente bajo el efecto que imprimía ella con sus dedos. Comenzó –creo- a sonar una música leve, entonces ella se acercó a mi varita, la diminuta, la más insignificante, suspendida del extremo ya imperceptible en el corpachón de aquel árbol móvil y tan pronto como la tomó en sus manos, toda la estructura se derrumbó convirtiéndose en un amasijo de palos cayendo estrepitosamente contra el suelo. Terminó el acto. Cesó la música, la respiración y el ruido y yo entendí la fragilidad del más fuerte.

Sigo en el tren. Levanto la mirada y veo el vagón repleto de triángulos que oscilan sobre su vértice, sobre el vértice de otros. Y me siento uno de ellos. Y me siento fuerte y sostenida por una fuerza invisible y física. Y me siento bien. Y conectada. La Y también está en equilibrio eterno 🙂

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El sabor del helado de pistacho

Los helados de pistacho me provocan la misma sensación de felicidad que las galletas que descubro y que tienen el mismo sabor que las de mi abuela. Es una felicidad intensa que siento en el cielo de la boca, que baja por la garganta cuando trago y se instala en el estómago llenándomelo de mariposas que ascienden hasta la cabeza y me salen por la nariz. Simple felicidad.

El otro día sin ir más lejos me descubrieron un cafecito en el que acompañando a un buen expresso y por cincuenta céntimos la unidad, ofrecían unas galletitas de aspecto inmejorable. Víctima de una potente sinestesia, la visión de aquellas pastas en su tarro de cristal provocaron en mi boca una explosión de sabor indescriptible.

Así es como deben saber los recuerdos, -me dije.

Una de recuerdos, -exclamé.

-Perdón, -dijo la muchacha con un acento muy liviano y una voz tan frágil como su aspecto.

Repetí la comanda: -Una pasta de limón por favor, -señalé con el dedo el tarro lleno por si cabía alguna duda. Y un café solo, -añadí apresuradamente.

La muchacha, con una delicadeza exquisita atendió mi petición y me sirvió un café negro y una galletita. Todo a juego. Todo diminuto.

Me senté, azucaré el dedal de café, moví con la cucharilla de juguete, se desbordó la bebida en el platillo también de juguete, levanté la taza y comprobé que el aro tostado que dejaban impreso las gotas del café derramado era perfecto antes de llevarme la taza a los labios y probar la intensidad del café. Obviamente me demoraba en darle un mordisco a la galleta. ¿Cumpliría o no las expectativas de aquel recuerdo saboreado ante el simple contacto visual con aquel bote lleno de galletas de limón?

Si no cuento la importancia de la relación con mi abuela y cómo la encarnan esas galletitas todo lo anterior os parecerá desmesurado y fruto de una emoción excesiva.

Pasé muchos veranos con mi abuela, y muchas horas de esos veranos en su cocina, viéndola guisar de una forma prodigiosa. Ella cortaba, sazonaba, cocía sin alardes, pero estaba bendecida con un don en cuanto la llama del gas flameaba bajo sus pucheros, o el fuego de leña se cebaba con los tocones de madera seca dentro del gran horno de hierro que presidía la cocina, la sala más grande de la casa con diferencia.

Hay una historia en torno a esa casa de pueblo, a esa cocina y a la gran mujer que fue mi abuela, que me ronda la sesera desde hace años y quizá estas palabras sean la proclama idónea de que escribiré ese texto y le daré forma porque la existencia de mi abuela bien merece que yo saque mi alma de aquella alacena gris donde guardaba las galletas caseras y le rinda homenaje.

Publicaré un post que se llamará así, Mi alma en la alacena, y será no sé si comienzo pero sí fragmento, de una buena historia. Estad atentos; no puedo prometeros sino un buen analgésico para ese tipo de dolor que difícilmente se combate en el presente porque nace del recuerdo.

Ah sí! Por supuesto! Las galletas cumplieron con creces las expectativas de mi memoria.

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Mamá

-Mamá, ¿me traerá el ratoncito Pérez un peluche? -¿¡Un león!?

-Cariño, el ratoncito Pérez es muy pequeño y, con su tamaño, lo único que puede transportar es una moneda…

La niña se queda pensativa; está en el parque, sentada sobre el césped, rodeada de niños. Instintivamente, mueve su diente con la lengua y con el dedo. Toda ella está muy quieta, de no ser por el imperceptible movimiento que imprime al afligido dientecillo, podría ser una estatua del jardín, de lo concentrada que está. No deja de pensar en que, más temprano que tarde, el ratón le traerá un regalo, uno pequeño para que pueda con él. El diente se mueve un poco más…pero resiste abrazado a la sonrosada encía infantil. Se levanta y se reintegra al grupo de niños que corretean.

La mamá se queda observando los dientes de león salvajes que salpican la pradera. Dientes – de – león ¡Qué gracia!

La mamá piensa que va siendo hora de comprar la puertecita por la que el ratón entrará al cuarto a llevarse un diente y dejar una moneda o un león pequeño.

Sí, yo soy la mamá! Orgullosa porque a su hija se le mueve el primer diente de leche.

Con la nostalgia del Libro aún en los todos los sentidos arranco el post así, con un cuento a medias, a medias de la verdad y la ficción para contaros que de la Feria, este año me traje, además de la Puerta roja del Ratoncito Pérez, un mundo en libros fantásticos, todos con un background singular para mí. Algunos álbumes ilustrados, de mi amiga Paula Carbonell, de la gran ilustradora Carmen Queralt, uno sobre Frida, La Gran Frida, Frieducha, mi elixir en noches exaltadas. Algunos autores, Houellebecq, Nothomb y Lahiri, indispensables para mí estos días. Y dos grandes novelas gráficas Informe sobre Ciegos, de mi adorado Sábato y una versión de Drácula. Ambas editadas por Libros del Zorro Rojo, ambas ilustradas por Luis Scafati.

Cualquiera de estos nuevos volúmenes que se suman a mi particular ejército de soledades merecería que les dedicara tiempo y tratara de expresar lo que siento cuando los leo aunque, visto desde otra perspectiva, me pregunto si soy yo digna de merecer escribir sobre ellos. Es respeto. Uno muy profundo hacia quienes escriben y lo que escriben.

Siento como si en mi habitación, donde los deposité el sábado por la tarde y donde aguardan a ser leídos y ubicados en su estante, latiera un tesoro de incalculable valor. Soy adicta a los libros, a su aroma, a su tacto, a la generosidad de su silencio elocuente y a su amistad eterna.

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La Feria del Libro 2015 y Tocotó

Qué nosequé tendrá la Feria del Libro de Madrid que resiste a los años y a los cambios llegando a su 74 edición de forma tan popular y concurrida como las anteriores.

Me gusta mucho el cartel de este año. Y es que me declaro enamorada de ese nosequé que tiene la Feria: su gente y sus libros.

Otro cartel singular es el de 2009. Su autor J.A. Moreno escogía una frase de Francis Bacon para representar la feria. Esencial. Todos los que amamos la lectura hemos sido sujetos de esa frase alguna vez; hemos catado y devorado, alguna vez asimilado -con suerte- un libro. Uno de mis títulos esenciales fue adquirido en la Feria de 1998. Pasé calor hasta dar con ella pero al final de muchas casetas, la autora Zoé Valdés me sumergió en el delirio de sus Traficantes de Belleza y ese libro llenó con sus páginas uno de los mejores veranos de mi vida.

En otoño de ese mismo año comencé a trabajar en una gran editorial y desde entonces, muchas veces me he referido a los que pertenecemos al sector editorial como Traficantes de belleza. En verdad poco o nada tienen que ver editores, libreros, autores, … con los personajes nostálgicos de Zoé Valdés pero aquel libro señaló mi vida llenándola de una u otra forma de belleza. Y para siempre.

No he faltado desde entonces a ninguna cita con El Retiro. Como paseante y lectora por supuesto, pero como integrante de la Feria también. Años deliciosos junto a mi admirada Isabel Casariego. Estar cerca de ella haciendo Feria, celebrando mi cumpleaños entre los 4 metros cuadrados del stand, entre libros bellos, raros y curiosos, transportados con esmero en un Polito de los antiguos. Siempre algún toque coqueto de decoración que marcaba la diferencia incluso antes de que aquellas joyas literarias exhibieran sus páginas abiertas para el deleite de lectores y observadores. Eran días sin duda festivos aunque las tres semanas desde finales de mayo hasta mediados de junio se mezclaran pareciendo un interminable lunes o un inagotable domingo. Quedarán en mi memoria aquellos días pegajosos de calor, húmedos cuando descargaba la tormenta y abarquillaba las hojas de los libros expuestos.

Hasta 2010 no regresé al interior de la Feria, pero esta vez como autora de Mani Orejas de Luna. Un cuento editado por Eva Metola en Narval. Inolvidable la experiencia. El Dragón Lector nos brindó a Adolfo y a mi el espacio para dedicar los ejemplares de un álbum precioso a quienes se acercaban curiosos. Éramos ambos autores novatos pero sin duda había cierto encanto en el ambiente y tardamos muy poco en superar el pánico a no firmar ejemplares. Mi familia vigilaba desde una distancia prudente de la caseta por si tenían que acercarse “a hacer bulto”. No fue necesario. No nos faltaron los niños y papás encantados con nuestra historia-adivinanza.

Y quiere 2015 y mi pasión por la literatura infantil que, una vez más, de la mano en esta ocasión de La Fragatina y La Mar de Letras, junto a la ilustradora Carmen Quiralt, lleve al corazón de la Feria a Tocotó, una ranita “musicona” que ha cobrado vida gracias a la escritora Paula Carbonell, corazón amigo en el momento que menos lo esperaba.

Pero es que el mundo del libro que me atrapa es así. Como el verdadero amor: No sabes cómo, cuándo ni por qué lo sientes pero no hay manera de evadirse de él. Ese nosequé enamorado, tan bien interpretado por el cartel que ilustra la 74 edición de la FLM.

Un lujo pertenecerle desde hace 17 años.

A aquellos que queráis llegaros a saludar a Tocotó en persona, estaremos firmando Carmen y servidora en la caseta 120 de La Mar de Letras. Encantadas os firmaremos un ejemplar 😉

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Hola y bienvenidos

Un post. Uno de bienvenida. De recién llegada mejor pero, ¿qué diantres es un post? –me pregunto. ¿Va de cartas? –Esto dista mucho de parecerse a una carta con un remitente particular.

Si lo importante de la redacción de un post son las formas, yo no me siento nada en forma. De poco sirve que esté sola aporreando el teclado porque estoy escribiendo un endemoniado post que le llegará a un puñado de lectores que, para colmo, no son anónimos sino que sois vosotros, MIS vosotros.

Si nos olvidamos de las formas y dejo de pensar –pensar demasiado y como un torbellino sin control- centrándome en el contenido, tal vez descubra que este post y las entradas o artículos que estén por llenar este espacio voluntariamente compartido con vosotros esté hecho de la misma materia con la que se confeccionan los sueños. Sueño con escribir y que os agrade lo que escriba. Una vez y otra vez y otra más. Que os entretenga, que os emocione, que os haga pensar, que os consuele y os relaje. Que queráis leer mis cuentos a vuestros hijos. ¿Ambicioso, verdad?

Puede que quede en simple intento. Pero también puede suceder que encuentre la verdadera razón por la que compro cuadernos y bolígrafos casi compulsivamente y desde siempre y acabe escribiendo de una vez por todas y sin excusas.

Todos aquellos que día a día sumáis mi inventario nocturno previo al sueño y que, durante años venís acompañando mi locura; los que acabáis de llegar, también aquellos a los que las circunstancias o la voluntad os han apartado, e incluso los que estáis en las estrellas, -vosotros- estáis todos invitados a pasear por este salón de pasos perdidos por el que deambularán mis ideas, historias y emociones. Habrá invitados, por supuesto.

Gracias Laura; impensable que yo hoy me sienta casi escritora sin tu empuje y conocimiento. Gracias Juan C, por enseñarme la metáfora del cambio…y a tantos y tantos otros –gracias- resumidos para evitar que sea la lista sea absurda.

Pero este sí, gracias eternas a MAS que siempre será más porque, desde cerca y en presente, me ayuda con suma paciencia a concebir mis sueños, con los pies en la tierra.

Os invito a pasear entre mis textos, mis historias, mis desvelos.

Pasad. Gracias por venir.

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